El renacimiento de la esperanza

Betsy Piti Jardines (escoba en mano) junto a jóvenes universitarios pertenecientes a las Brigadas Juveniles de Trabajo Social. Foto: Abel Rojas Barallobre

Cuando hace 13 años los azares y las desventuras de la vida juntaron en la misma suerte a unas 60 familias en un local roñoso y deshabitado, en 12 y Línea, Lawton, Betsy estuvo allí. Un antiguo degolladero de reses —que ya para ese entonces, pertenecía a una dependencia de Servicios Comunales— sirvió como refugio y parapeto para quienes tenían el sueño de un techo sobre sus cabezas.

Poco a poco la comunidad creció y las adaptaciones fueron cimentando lo que hoy es el barrio Antonio Maceo. Pero nadie lo llama así. Todos lo conocen como «El Matadero» (nombre fatídico imposible de desprender. En esta ciudadela habitan unas 450 personas distribuidas en más de 150 espacios habitacionales.

Betsy Piti Jardines está al frente de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) aquí. El mote de «presidenta» para acá y para allá no lo pierde; sus vecinos la sienten como una líder natural y cercana por su condición de fundadora y, además, por esa capacidad de saberse cada palmo de las inquietudes y preocupaciones de su gente. La mayoría la busca para contarle sus nudos gordianos con la esperanza de que ella los alumbre, los alivie, los cure. Sospecho que hay quien la ve como chamana, más que como cacique.

Betsy conversa con pobladores de «El Matadero» tras una jornada de trabajo voluntario. Foto: Abel Rojas Barallobre

«El principal problema es la vivienda. La mayoría padece de hacinamiento, mala estructura… Este sitio estuvo cerrado demasiado tiempo y poco a poco hay quien le ha ido dando a su pedacito los requisitos indispensables para ser habitable, pero a algunos los tendrán que reubicar.

«Los trámites de legalización se han demorado; ahora están más ágiles. Ya 93 núcleos han resuelto parte de sus situaciones, estamos batallando por lo que nos falta», dice Betsy sin parar de barrer y recoger escombros bajo el sol adusto de un ya recurrente domingo de trabajo social; mientras, a sus espaldas, una docena de estudiantes universitarios laboriosos fungen como refuerzos e impulso en pintar bustos, chapear y embellecer el ambiente.

Que ya se perciben los influjos iniciales de la transformación en este asentamiento que estuvo anquilosado, es cierto. Betsy cree que «ahora se ven más los logros, estamos más unidos, hay más organización y empuje para cambiar las cosas».

A lo que Liduvina Flores Laborí, vicepresidenta del consejo popular Lawton, en Diez de Octubre, añade que se trata de «una revolución comunitaria, con la participación de todos los pobladores y la mira en la igualdad de beneficios… No hay resta, aquí se suma».

La comunidad Antonio Maceo no es la única que siente el movimiento telúrico de la metamorfosis barrial que se ha desatado en el país, en una nueva etapa, tras el 8vo. Congreso del Partido Comunista de Cuba. El cónclave llamó a revitalizar el accionar de las organizaciones de masas en todas las esferas de la sociedad y a actualizar su funcionamiento, rescatando el trabajo en la base, así como en las fábricas, los campos y en las comunidades, en defensa de la Revolución y en la lucha contra las indisciplinas sociales y el delito.

Son 65 las demarcaciones en la capital identificadas como vulnerables, a partir de un estudio de las características sociodemográficas, su constitución irregular, las limitaciones geográficas y las incidencias entre sus habitantes. En todos la vibra de lo nuevo y lo necesario alcanza no solo al plano físico y constatable en la vida cotidiana, sino también se aspira a abrazar con belleza, utilidad y esperanza el alma de los lugareños.

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El Ministerio de la Agricultura (Minag), con su Grupo Empresarial de Logística (Gelma) en la delantera, apoya las transfiguraciones en El Matadero, como parte del concepto de responsabilidad social que tienen los organismos de la Administración Central del Estado y su impacto en el Plan de Transformación Integral de los Barrios.

La habilitación de un mercado agropecuario y su abastecimiento frecuente ha permitido que los ciudadanos no tengan que desplazarse largas distancias para adquirir productos alimenticios.

También el Minag proyecta la reanimación cultural y recreativa con la construcción de parques y el remozamiento de otras instalaciones, a la par que interviene en la solución de diversas problemáticas sensibles. «Los sentimos parte de nosotros; asisten a todas nuestras reuniones y actividades, nos motivan a soñar y a trabajar en conjunto», afirma Liduvina Flores.

Para Alejandro Sánchez Fernández, estudiante de Historia en la Universidad de La Habana, la incorporación de los ministerios al acompañamiento en los barrios constituye un aliciente y un espaldarazo material importante para los líderes comunitarios, los que no siempre podían responder por sí solos a los planteamientos de sus electores

Para Alejandro Sánchez Fernández, estudiante de la Universidad de La Habana, las experiencias vividas en el trabajo integral comunitario le han hecho crecer como revolucionario y como ser humano. Foto: Abel Rojas Barallobre

El joven insiste en que «las personas están viendo un cambio real, sostenible —que apenas comienza porque falta entrarles a obras más fuertes, como el combinado deportivo de la localidad—, y en ello mucho tienen que ver el Minag y Gelma, los que extienden su fuerza grande y viabilizan soluciones, donde las autoridades municipales, consciente o inconscientemente, esgrimen obstáculos».

Alejandro es uno de los coordinadores de las Brigadas Juveniles de Trabajo Social, otro de los escenarios que han encontrado las juventudes, especialmente los universitarios, para reforzar su vocación de vínculo con el pueblo.

La que acciona en Lawton posee la peculiaridad de estar integrada por miembros que residen en este amplísimo territorio; de esa forma se conecta más fácilmente con la gente y se logra que el trabajo no sea temporal, sino que se mantenga como parte indispensable de la dinámica comunitaria.

En estos casi dos meses de intensa labor, las experiencias vividas por Alejandro le han hecho crecer como ser humano y revolucionario, conocer mejor la sociedad en que se encuentra y complementar los saberes de la academia.

Aunque no es su primera proximidad con el voluntariado (pues antes ya estuvo en el enfrentamiento a la COVID-19, en la atención a personas vulnerables y en el diagnóstico de los desajustes en el Servicio de Atención a la Familia tras el Ordenamiento), él siente que estar al tanto de los problemas de los sectores más desfavorecidos es una forma de entender las distintas realidades y narrativas, las luces y sombras.

«De lo más sensible que hemos visto son las situaciones en que viven algunas madres con tres o más hijos, muchos de los cuales tienen enfermedades complejas; o conocer de muchachas que dejaron la escuela en 11no. grado porque salieron embarazadas y de otros que no han podido ir a la Universidad porque tienen dirección en Oriente y existen trabas burocráticas que les impiden estudiar aquí.

«Las claves en el trabajo de las brigadas son articularnos mejor y sin improvisaciones, enfocados en levantar cuestiones sociales desde la multiplicidad de disciplinas científicas, como pueden ser la Sociología, el Derecho, la Sicología… seguir sumando a jóvenes de distintos centros de la Educación Superior y fomentar el sentimiento de pertenencia y amor hacia la comunidad».

Como ha señalado el presidente cubano Miguel Díaz-Canel Bermúdez, no es la primera vez que la Revolución hace por los barrios; sin embargo, «lo que hemos hecho es insuficiente y está muy lejos de todo lo que tenemos que resolver, pero ya empezó un camino, (…) y es un camino en el que nos están apoyando las personas».

Porque las manos nunca sobran si queda tanto por fundar; algunas féminas de la barriada se han entrelazado en una delegación de base de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) para brindar su aporte en las actividades de reavivamiento del ambiente urbano. Junto a Mónica Cubaire Sánchez —fundadora de la organización y muy seguidora de las enseñanzas de Vilma Espín—, las que se han involucrado participan en labores de limpiezas y trabajos voluntarios y velan por reducir y contrarrestar la deserción escolar.

«Donde nos necesite la Revolución ahí estamos las federadas, y más en una misión noble y de amor, como es la transformación de nuestros asentamientos… Aquí la población ha sido partícipe y protagonista de lo que se ha hecho; muchos jóvenes se han unido al ver que la cosa va en serio; pero todavía tenemos que seguir haciendo conciencia en que el principal cambio de una comunidad nace del esfuerzo y el compromiso de los vecinos», apunta Mónica. Luego brinda agua, sirve batido a los muchachos que apenas tienen tiempo para secarse el sudor de sus rostros y suelta:

—La juventud es un tesoro. Míralos qué activos y qué lindos se ven ellos. Nos hacían falta.

Elena Quintana Fernández es la trabajadora social del consejo popular Lawton y apoya en las labores de rejuvenecimiento de las barricadas. Foto: Abel Rojas Barallobre

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Carlos Gómez Segredo lleva más de diez años ansiando la legalización de su vivienda. Él mismo, con sus propios esfuerzos, le dio la terminación y toques confortables a un recinto que solo tenía en pie los cimientos. Aun cuando reconoce que desde la arrancada de estos renovados empeños de amor y belleza por los barrios, los trámites con Planificación Física han ido más fuertes y rápidos, continúa esperando tener en regla los papeles: «Cuando no hay legalidad uno se siente indefenso».

«El inicio fue lo más difícil. No somos propietarios todavía, pero antes no podíamos descansar tranquilos, tuvimos acciones de la vivienda con multas y reprimendas hacia nosotros; fue una etapa muy dura para los que comenzamos aquí», recuerda Carlos y agradece contar ya con la libreta de abastecimiento.

Si le preguntan sobre la idiosincrasia típica de su vecindad intramuros, él habla de «gente unida, de buenos sentimientos, que se apoyan mutuamente con lo poquito que tienen; que participan y ponen de su parte para resolver los problemas; gente unida por las mismas adversidades que hemos tenido que pasar».

Elena Quintana Fernández viste un pulóver blanco (moteado por el sudor y el polvo tras participar en la recogida de escombros) que tiene en la espalda la frase A la comunidad ponle corazón. Sobre sus hombros lleva la responsabilidad del trabajo social en todo el consejo popular Lawton. Ella no solo diagnostica las vulnerabilidades, sino también se arremanga para tratar de buscarles solución.

La unidad de los representantes del Poder Popular y la interrelación con los jóvenes y líderes del barrio son claves para la transformación que se pretende lograr. Foto: Abel Rojas Barallobre

Vive al tanto de los jóvenes desvinculados, las madres con más de tres vástagos, las personas que requieren de ayuda por la asistencia social, los adultos mayores que precisan de cuidadores y de las embarazadas en contextos de riesgo. Se integra a las brigadas juveniles y a los factores comunitarios para engranarse como equipo y abordar de manera múltiple y sostenida las deudas sociales.

«Nos preocupa que ciudadanos en edad laboral no estén aportando a la economía y así mejorar sus vidas. Por ello, les ofertamos cursos, como el de Tabacuba, y muchos los aceptan. Una nota que tienen verdaderos deseos de hacer algo», apunta Elena e insiste en que escuchar a cada persona y atender diferenciadamente cada caso es el único modo de reparar imaginarios y entornos.

A sus 24 años, Taimé Perea Parlat tiene cuatro pequeños y un solo cuarto para criarlos. Si bien resalta que se siente a gusto por la convivencia en la comunidad, espera un auxilio más firme de la asistencia social. «Debo cobrar una chequera por madre numerosa, y todavía no he podido resolver esa situación», señala, más confía en la gestión de «la presidenta» para recibir la prestación económica adecuada.

El éxito radica en que todas las generaciones se sientan protagonistas del proceso y beneficiados. Foto: Abel Rojas Barallobre

De cariz similar es la realidad de Margarita Martín Díaz, quien desde un sitio que no sobrepasa las medidas de 2×2, nos cuenta que vive con sus tres hijos, uno de los cuales sufre de bipolaridad. Accede desde hace unas semanas a los productos de la bodega tras habérsele proporcionado una libreta de abastecimiento, pero está convencida de que recibirá una ayuda más profunda.

Si algo no podemos dejar que decaiga en los barrios (como sí lo hacen las pinturas desvaídas, las endebles estructuras constructivas y el asfalto desastrado) es la fe en el mejoramiento, en la capacidad de resiliencia, en la utopía, en el amor. La fe en que la solución a los problemas del otro nos tiene que conmover y mover.

También Betsy Piti Jardines siempre que puede se levanta en las mañanas y recorre su CDR, tocando puerta a puerta, tomando las manos de los vecinos y auscultando sus sentires. «Creo que a partir de ahora las cosas van a cambiar para mejor», nos dice como quien sabe que nos quitan todo si nos quitan la esperanza.

 ¿Cómo ponerle corazón al barrio?

No quedarse detenido. Que todo el mundo esté haciendo algo siempre. Tenemos que buscar referentes, antecedentes, insatisfacciones; tenemos que encontrar también las motivaciones, las aspiraciones por las que se están haciendo estas cosas.

Hay necesidad de potenciar de una manera más creativa nuestro concepto de poder popular, que como ejercicio democrático y de participación nos da la fortaleza de hacer una gestión mucho más participativa; pero tenemos que saberla hacer; tenemos que beber en la historia de cómo surgió el Poder Popular, y eso tenemos que tratar de universalizarlo en todo el contexto social.

Todo lo que podamos generar con ese movimiento en los barrios, y aspiro que sea algo que no caiga nunca en la rutina, que sea algo natural, que sea una necesidad de las comunidades nuestras trabajar de esa forma.

El concepto no es intervenir los barrios; vamos a apoyar los barrios y de ellos tienen que salir el diagnóstico, las propuestas, las ideas… nosotros vamos a ayudar a canalizar todo eso y a trabajar con las personas, con los actores que están en el barrio, lo cual nos permitirá articular bien los conceptos de participación y de democracia.

Escuchar los planteamientos de la población para atender y facilitar lo que nos están proponiendo como proyectos, ideas, sugerencias, y también insatisfacciones; incluir en las acciones a todos los actores que se encuentran en la comunidad; buscar más agilidad en apoyar a madres solteras para que puedan trabajar, que el barrio y las instituciones las atiendan; y la importancia de realizar un mayor trabajo social de prevención para atenuar o evitar las causas de estos problemas.

(Fuente: Ideas compartidas por el primer secretario del Comité Central del Partido y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez)

lgl/Tomado de Juventud Rebelde

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