El Pensador. Foto: Leonor Menes

A menudo la obra buena se trenza con el obstáculo. ¿O siempre es así y uno es el que los imagina por separado, como si no fuesen los extremos de una misma cuerda?

La exposición más importante que ha hecho Kcho en su vida, una antología capaz de estremecer cualquier galería del mundo, está hoy en la planta baja de las salas cubanas del Museo Nacional de Bellas Artes; pero la pandemia del coronavirus, que ya dura un año, nos impide visitarla.

¡Treinta años resumidos sabiamente por el artista y la curadora y ensayista Corina Matamoros, con el concurso de mucha gente enfocada en hacer bien en tiempos difíciles! Esculturas monumentales, algunas de ellas jamás vistas en la Isla, dibujos, cuadernos de bocetos, libros, catálogos, revistas, videos, instalaciones espectaculares, un taller de grabado… todo un tesoro que aguarda por sus descubridores.

La carga simbólica es notoria: Kcho empezó exponiendo aquí, con 22 años; y aquí ha regresado, con 50. Por eso la expo se llama En ningún lugar como en casa.

Me cuento entre los privilegiados que han podido verla, gracias a la deferencia de la dirección del museo y de algunos de sus especialistas. Y he aquí que, dado como soy a las paradojas, he imaginado dos criterios opuestos —que, por supuesto, no he hallado en la crítica precedente— para decodificar esta muestra arrobadora. Se trata de dos criterios entre tantos posibles, claro está, que desarrollaré próximamente con cierto detalle en la Revista de Arte cubano y en Revolución y Cultura.

Cinco palmas y una estrella. Foto: Leonor Menes

Uno de ellos, que es de naturaleza formal, consiste en analizar la expo a partir de la definición del cubano como una síntesis que habita un oxímoron y tiende a la hipérbole. Somos, efectivamente, una mezcla de culturas viviendo en una contradicción geográfica y nos gusta la exageración. Hay piezas de Kcho, como La jaba y El garabato, que son altamente sintéticas; otras, como La regata y Vive y deja vivir, que manejan deliciosamente el contrapunto; y otras más, como A los ojos de la historia y La jungla, que llevan la exageración hasta los límites. El resultado es que Kcho eleva la condición cubana a la categoría de arte visual, como mismo han hecho Bedia o Lam, Choco o Flora, entre otros.

El otro criterio, que atiende más al contenido, tiene un sabor bíblico y se inclina a ver esta antología como si fuese el Pentateuco esculpido, o sea, como si recorriese los cinco primeros libros de la Biblia. Quien tenga dudas que escuche: las primeras piezas de Kcho se afincaron en los orígenes (Génesis); luego, a partir de 1993, su tema predominante fue la emigración (Éxodo); más tarde osciló entre la utopía universal, representada por Tatlin, y la realidad nacional, simbolizada por Lam (Levítico); en cuarto lugar, censó sus lecturas en dos obras que semejan bibliotecas (Números); y finalmente, por ahora, entró en un periodo más bien meditativo y algo místico (Deuteronomio).

Foto: Leonor Menes

Pese a las diferencias entre ambos enfoques, que aparentemente no tienen nada que ver, se advierte un nexo subterráneo: la obra de Kcho, siguiendo el criterio cubano, universaliza lo nacional y, siguiendo el criterio bíblico, nacionaliza lo universal. De manera que los criterios opuestos se vuelven complementarios y se enriquecen mutuamente.

La cultura —además de todo lo creado por el ser humano— es la capacidad para decodificar. En arte, decodificar no es decir esto significa esto o aquello, sino sugerir un abanico de posibilidades interpretativas; mientras más abierto mejor. La imagen en acción es la imaginación. ¿Qué sino hizo Octavio Paz con el Gran Vidrio, de Duchamp en La apariencia desnuda? Cada artista —como decía Adorno en un símil que se ha vuelto manido— lanza al futuro su mensaje como una botella al mar, y espera. Espera incluso después de muerto por nosotros…

Lo mejor del verano. Foto: Leonor Menes

Habiendo nacido en un pueblo síntesis, en el continente síntesis, el cubano es polisémico por naturaleza. Nos gusta interpretar de modos diversos. Y a eso nos llama una exhibición como esta. ¡Cuántas otras lecturas nacerán cuando, por fin, el público pueda interactuar con esta maravillosa antología de Kcho —que tanto talento, tanto esfuerzo y tanta entrega encierra—!

Lo principal, que es la obra, está hecho. Solo hay que esperar un poco más a que el fin de la pandemia abra las puertas del museo.

Mientras tanto, vengan estrellas con la noche “porque encima de otro coche no pueden lucir tan bellas”.

Noel Alejandro Nápoles González

amss/Tomado de La Jiribilla

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