Bolero, novela e identidad (+ Video)

Foto: Tomada de Granma

Para quienes nacimos y crecimos entre boleros, su reconocimiento como patrimonio cultural de la nación el pasado 24 de agosto nos colmó de alegría. Desde hacía mucho tiempo sabíamos que el bolero estaba ligado, como ningún otro género musical, a nuestra idiosincrasia y sentimientos, a nuestros sueños y desengaños.

Era la imagen insuperable de nuestros encuentros y desencuentros; historias brevísimas, pero intensas, capaces de representar la fuerza del folletín o del melodrama y, desde hacía varios decenios, la complejidad de nuestras vidas en la llamada novela culta, la cual revelaría, inclusive, los signos contraculturales del bolero; aquellos que, al decir de teóricos, actualizaban en su performance las esencias del carnaval bajtiniano, tanto en Cuba como en el contexto caribeño y latinoamericano; pues el bolero pronto dejó de ser solo cubano para devenir símbolo del alma continental, como patentizan las novelas Boquitas pintadas (1969), El beso de la mujer araña (1976), Solo cenizas hallarás (1980), Bolero (1985), Arráncame la vida (1985), La última noche que pasé contigo (1991), La neblina del ayer (2005) y Habana año cero (2016).

A los autores del posboom (nuestra posmodernidad otra) debemos, desde mediados de la década de los 60, la intensa relación establecida entre bolero-música popular y novela de alto vuelo estético. Todos ellos empezaron a observar cómo las letras de los boleros –y también de tangos, baladas, sones y bachatas– establecían un diálogo más auténtico con la nueva realidad ficcional que el descrito por narrativas anteriores, cuya legitimidad se sustentaba en la supremacía de la música clásica y la cancelación de los sentimientos.

Sin duda, estaba ocurriendo un cambio significativo en nuestras culturas; mudanza cuyo vórtice radicaba en el avance acelerado de los medios de comunicación, los que, a tenor del hedonismo de sus códigos, no solo nos desviaban del beneficio superior de la lectura escrituraria, sino que, al mismo tiempo y de modo subliminal, nos imponían formulaciones ajenas a nuestra identidad. Se libraba así una batalla sutil entre los medios y la literatura.

La ficción narrativa supo tratar el dilema con originalidad, ya que la cuestión no consistía en enfrentarse simplemente a la radio y la televisión; pues estas poseían en el continente un gran arraigo popular, formaban parte de nuestro imaginario; por consiguiente, lo que hicieron los novelistas fue aprovechar las mejores estrategias discursivas de los medios y la funcionalidad del bolero en beneficio de la escritura novelística.

A partir de entonces, las ficciones dieron entrada a un nivel superior de lo visual y de los sentimientos, y en especial de los anecdotarios bolerísticos donde se relataban las vivencias de la cotidianidad con miras trascendentales. De esta forma proliferaron las indagaciones en torno a las realidades latinoamericanas, a los cantantes simbólicos, a los problemas de la pareja, las cuestiones de género, la defensa de los valores de la mujer, la denuncia del machismo y muchos otros asuntos de primer orden en la novelística continental. Ni siquiera tenían las novelas que acudir directamente a las letras de las canciones, bastaba el desarrollo de las tramas para percibir ahora cómo se estaba en medio de las contradicciones típicas de los grandes boleros.

La presencia del bolero se hizo tan relevante en la novelística latinoamericana que los estudiosos del tema dieron el nombre de “novela bolero” a las ficciones basadas incluso en otros ritmos musicales. Al bolero debemos, sin duda, uno de los signos de identidad más señalados de la novela cubana e hispanoamericana contemporánea.

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Emmanuel Tornés

amss/Tomado de Granma

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