Camino de la vida: De Leningrado a La Habana

A 80 años del inicio de uno de los mayores genocidios, queda el ejemplo del pueblo que resistió y venció el bloqueo a Leningrado.

Nina Zubareva vive junto a su hermana Sofía, algo más joven, en una zona conocida como El Calvario, en el municipio Arroyo Naranjo, en La Habana. Fue imposible acercarnos a ellas en estos tiempos de pandemia, por más que insistió este reportero durante semanas.

Ellas evitan salir de casa o recibir visitas. Hacen bien las personas que de una forma u otra han estado cerca de la muerte, conocen como nadie el valor de la vida.

Nina Zubareva sobrevivió al asedio más largo y costoso de la historia. Casi todas sus fotos y documentos quedaron en Rusia.

Foto: Agencia NOVOSTI e históricas de dominio público

Vivía entonces Nina Zubareva en su ciudad natal, Leningrado, hoy San Petersburgo, que fue asediada por las hordas nazis desde el 8 de septiembre 1941 hasta el 27 de enero de 1944. Constantes bombardeos; hambre, mucha hambre; miseria; frío, demasiado frío. El mundo rememora este 2021 el aniversario 80 del inicio del Bloqueo a Leningrado, del cual Nina es sobreviviente.

En ese momento solo tenía siete años de edad. Es difícil para una mujer que ahora tiene 87 recordar aquellos instantes. Sin embargo, la agónica situación a la que fue sometido su pueblo durante 872 días despierta la memoria.

Foto: Agencia NOVOSTI e históricas de dominio público

¿A dónde ir?… Debía permanecer todo el tiempo en casa, dice ella hoy. Formaba parte de una pequeña familia obrera. El padre trabajaba en una fábrica; esas mismas que eran foco de los primeros proyectiles lanzados por aviones alemanes en los inicios de la Segunda Guerra Mundial, con el fin de asfixiar a la enorme ciudad y tratar de someterla.

La madre integraba una organización militar. Casi todas las familias tenían a alguien vinculado a la defensa del país. Eran tiempos duros. La abuela no pudo resistir el hambre. Murió.

Las pocas provisiones a las que tuvieron acceso sus allegados por algún tiempo, provenían de la “dacha”; casa de campo de las que disponen pocas familias rusas y usan tradicionalmente para el descanso y cosecha de alimentos.

Los muertos, hasta ser liberada la ciudad, superaron la cifra extraoficial de un millón 200 mil personas, más del 90 por ciento a consecuencia de la hambruna. Todos víctimas de uno de los mayores genocidios conocidos, por la constante falta de nutrientes; frío sistemático; agotamiento de ropas y calzado; extensas jornadas laborales; derrumbes inesperados de edificaciones por las bombas, muchas de ellas con seres humanos de cualquier edad dentro de casa.

Foto: Agencia NOVOSTI e históricas de dominio público

El bloqueo fue una acción militar encabezada por el invasor mariscal de campo Wilhelm Josef Franz Ritter von Leeb, que buscó en sus inicios someter y apoderarse de Leningrado.

¿Por qué precisamente esta ciudad?… Adolf Hitler, líder de las hordas nazi fascistas, planeó en 1941 hacer desaparecer del mapa esa urbe, considerada cuna de la Revolución Roja y símbolo innegable de la cultura rusa.

Por demás, en esa época se localizaba allí una de las pocas, algunos expertos dicen que la única, industria productora de tanques pesados, coches y trenes blindados del mundo. Era la fábrica de Kirov, que ese primer año de la guerra entregó más de 700 de los imbatibles tanques KV-1 y КV-2; un arsenal apreciable en los afanes de conquistas del nazi fascismo.

Ante la imposibilidad de derrotar a la metrópoli, los alemanes y sus aliados finlandeses optaron por estrangularla.

Foto: Agencia NOVOSTI e históricas de dominio público

Niños, mujeres, hombres y ancianos, con manos heladas y el estómago hueco, construyeron una férrea defensa alrededor de la ciudad; usaron todo lo que pudieron; camuflaron edificios históricos de incalculable valor, con redes que impedían determinar sus contornos.

Pese a las metrallas, mantuvieron vitales, mientras pudieron, industrias y manufacturas.

Nadie sabe lo que es el hambre si nunca tuvo que comer pan elaborado con un poco de harina mezclada con aserrín de madera. Décadas atrás aún se exhibían en los museos, muestras de las mínimas raciones que eran repartidas.

A principios de septiembre de 1941, los invasores se acercaron a Leningrado. Hitler envió a la conquista de Moscú el grueso de los tanques y gran parte del ejército, mientras él se quedó al mando de uno de sus objetivos cardinales. Días después intentó el asalto y rodeó a Leningrado. Fue entonces que el líder soviético Iósif Stalin ordenó al Comandante Gueorgui Zhúkov, estratega imprescindible de la Gran Guerra Patria, organizar la defensa de la importante metrópoli.

Zhúkov y el Ejército Rojo fueron capaces de movilizar hasta el más humilde de los ciudadanos. Al levantamiento de fortificaciones unieron la producción de armamentos, suministros y tecnologías. La pujante ofensiva alemana fue detenida.

Colérico, sorprendido, furioso, Hitler tomó una decisión: matar de hambre a los habitantes y destruir la ciudad mediante constantes bombardeos.

Las sirenas llamaban a refugio. Las luces buscaban en el cielo a los aviones intrusos. Durante los últimos días la gente se movía por inercia. Tropezar con un muerto era algo normal.

El permanente cerco comenzó el 8 de septiembre de 1941, cuando cortaron el último camino a la ciudad. Los meses más duros fueron enero y febrero de 1942. Solamente quienes trabajaban pudieron recibir una ración de pan, algunos guardaban una parte para sus niños.

Las fuerzas soviéticas lograron abrir un pequeño y peligroso corredor terrestre a través del lago Ládoga, conocido como “Camino de la vida”, en el invierno de los años 1941-42. Por allí, entre lodo, agua, hielo y escasez de combustible, en pocos meses evacuaron a unas 660 mil personas; gran parte de ellas eran niños muy delgados, con ojos sobresalientes, hambrientos.

En enero de 1943 el Ejército Rojo logró romper el bloqueo. Quedaban en pie unos 800 mil habitantes, de los tres millones que hubo antes de la guerra. La urbe fue liberada completamente un año después. Leningrado nunca se rindió.

Foto: Agencia NOVOSTI e históricas de dominio público

De aquellos momentos queda el paradigma, las muestras de dignidad y amor a la soberanía que dio repetidas veces el pueblo soviético; pero también sobreviven seres como Nina Zubareva, cuya voz octogenaria escuchamos par de veces por teléfono, para elaborar este artículo, en un perfecto ruso que se niega a cambiar por el español… También subsisten documentos históricos dejados por testigos, como éste:

”Hoy, cuando pasaba por la calle, una persona caminaba por delante. Movía sus pies con muchos esfuerzos. Al adelantarle, me fijé sin querer que tenía una cara siniestramente azul. Pensé que probablemente moriría pronto. Luego de unos pasos, me volteé, paré y seguí observándole. Se estaba desvaneciendo, sus ojos se le pusieron en blanco, empezó a caer despacio a la tierra. Cuando me acerqué, ya estaba muerto. La gente se hizo tan débil por el hambre que ya no ponía resistencia a la muerte. Morían como si fueran a dormir. Las personas semivivas que les rodeaban no les hacían caso.”

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