Sóngoro cosongo Maceo y Che (+ Audio)

Foto: Tomada de Internet

Cada año, y en el mes de junio, a la salida del sol entre las montañas y las llanuras se pueden escuchar las voces de dos hombres en el horizonte, que en tiempos distintos de las páginas de la historia hicieron de la devoción y el sacrificio por la patria un verdadero ejemplo de ética y virtud para los cubanos y muchas otras personas del mundo.

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Uno de ellos, el Titán de Bronce, José Antonio de la Caridad Maceo y Grajales, reconocido en la memoria nacional por su frase inolvidable en los Mangos de Baraguá, daba a conocer bien temprano a viva voz, en 1878, la orden de desobediencia de los mambises como firme protesta a la imperante colonia española que pretendía robar la independencia de Cuba.

Es indudable la estirpe de este heroico luchador que proverbialmente valiente murió en pleno campo de batalla con 27 heridas de bala y apenas 51 años de vida. El Mayor General y Segundo Jefe del Ejército Libertador aún sigue cabalgando con la gallardía de su rostro y el fino bordado de sus grados en las inolvidables batallas de San Pedro en el Oriente y Punta Brava en el Occidente de la Isla.

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Más de un siglo ha trascurrido del trágico suceso de la partida de este estratega del campo cubano que al filo del machete y como relámpago de luz, junto a la bandera cubana y la intrépida nota de la usual corneta a degüello, supo arrebatar el orgullo de los peninsulares que saqueaban y despojaban el honor de los cubanos. 

Junto a Céspedes, Martí y Gómez, el Titán de Bronce encarna las raíces más auténticas del movimiento de liberación nacional de los criollos. Esos seres mezclados por el color de la tierra y el aroma del mar, forjados como soldados lúcidos para salvaguardar la identidad y cultura de una nación que a golpe de tenacidad fue reescrita años más tarde por sus semejantes del Ejército Rebelde.

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Enérgica forma de ser en el hombre de la boina negra y la estrella iluminada que también fue capaz de resurgir el espíritu de la Guerra de los Diez Años como mismo lo hizo Maceo; solo que esta vez, en las radiantes montañas de la Sierra Maestra. Ernesto Guevara de la Serna, en compañía de Fidel y Raúl, pasó de ser rebelde a Comandante. Su fuerza de voluntad y coraje se levantan entre la toma de Santa Clara y la entrada triunfante a La Habana. 

Aún puede ser escuchada la voz del Guerrillero Heroico en la Cabaña cuando replica el cañonazo, como mismo trascienden las ideas de sus cargos públicos y siendo defensor en las Naciones Unidas (ONU) de los más elementales derechos humanos de los pobres de la tierra.  

El Che, como todos los latinoamericanos, fue el Maceo de su tiempo. El  autor del hombre nuevo. Aquel que en su carta de despedida significó el valor espiritual por encima del material dejando en su mensaje el deseo de los que asumen como Quijotes los sueños de la libertad. Ese mismo hombre de profunda firmeza que en su andar caballeresco preguntaba y desafiaba a quien mentía en el deber de su responsabilidad social. El argentino y médico, el cubano internacionalista, el humanista y padre. El que pasó a la historia con el más corto de los apodos, pero con el más largo de los destinos. 

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Maceo y el Che van a la hora del encuentro cada 14 de junio. Ambos seguros de la victoria y con agudo sentido de la justicia social, recordándonos cada detalle de su carácter y noble acción humana; valores a ponderar por las nuevas generaciones como mismo hicieron los protagonistas de esta crónica en el cabalgar y andar de sus hazañas, junto al caballo y el fusil por las llanuras y montañas, haciendo de la tempestad el más intrépido escudo ante la más desafiante batalla. 

Hombres como Maceo y Che, sóngoro cosongo como escribió Guillén y Sara González cantó. 

Natalicio de Maceo y Che. Escuchar archivo de audio de este texto del periodista Francisco Delgado aquí…

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amss

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