Cuba en el eje del bien

El tratamiento con plasma extraído a pacientes recuperados de la COVID-19 se ha aplicado a enfermos en estado grave o de cuidado, con resultados favorables. Foto: Yudy Castro Morales

Cada muerte nos hace daño. No importa si es solo una persona, no importa la edad: cada fallecido duele. Es como una herida que no se acaba de curar, que uno lleva tolerando un buen tiempo pero que sigue lastimando.

Todas las mañanas asistimos al parte del doctor Durán y lamentamos junto a él cuando una familia pierde a una abuela, a un hijo, a una esposa. Llegamos incluso a añorar, como se añoran las treguas en tiempo de guerra, aquellos días en los que la muerte era un raro episodio y, sin embargo, hacía saltar todas las alarmas.

Cada muerte nos duele porque sabemos que, tras ese frío número en la estadística, se esconde un cubano que no podrá asistir a la fiesta del triunfo sobre la pandemia. Y nos esforzamos cada día para seguir cumpliendo con las medidas sanitarias, aunque ya llevamos demasiados meses de fatiga; reprochamos al que peca de irresponsable, advertimos sobre el posible desplome de la “percepción de riesgo” que pudiera producirse con la vacunación paulatina en todo el país. Seguimos luchando.

Cada muerte nos lastima. Son golpes fuertes que nos da la vida, golpes como del odio de Dios (diría el poeta). Pero seguimos en pie. Y, por supuesto, al carácter del cubano, forjado tras décadas de lucha contra todo tipo de adversidades, se le suma un portentoso sistema de Salud público y gratuito, de acceso universal, que ha logrado contener los embates de esta inicua pandemia: hombres y mujeres, héroes de batas blancas que solo han conocido en este fatídico lapso de sacrificio y entrega desmedida.

También, claro está, brilla la esperanza en las jeringuillas que a diario inmunizan a miles de compatriotas, esperanza forjada por científicos que han hallado en el socialismo y en la economía del conocimiento una plataforma para realizarse como profesionales, generar ingresos al país y, lo más importante, tributar a la salud del pueblo. Ese sistema de médicos y científicos, forjado en Revolución, ha sido el arma fundamental de los cubanos contra la COVID-19.

Cada muerte nos hiere, pero ¿cuántas muertes se han evitado?

Basta con mirar un gráfico que ha circulado con profusión en redes sociales, elaborado a partir de un estudio del Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud (IMHE, por su sigla en inglés) de la Universidad de Washington. Cuba se encuentra, junto a Venezuela y Nicaragua, entre las naciones con menor índice de mortalidad por COVID-19 en el continente.

No hace mucho estos tres países eran acusados por un funcionario estadounidense, de ser “el eje del mal” en América Latina. Cuba, en particular, era tildada de ser “la madre de todos los males”; una suerte de isla satánica que solo exportaba odio y muerte. Sin embargo, la realidad, tozuda, le llevó la contraria a Estados Unidos: nuestro pequeño país se ha dedicado a enviar colaboradores médicos a distintos lugares del planeta; mientras que países ricos se negaban a ayudar y solo se esforzaban en acaparar vacunas.

Cada muerte nos lacera, cada muerte es una derrota. Pero en Cuba, por cada derrota, hay millones de victorias que narrar. No vivimos en una sociedad perfecta, pero sí podemos sentirnos orgullosos de vivir en una sociedad que desafía a la muerte a diario, y la vence.

Michel E. Torres Corona

amss/Tomado de Granma

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