Un documento penoso (II parte y final)

El Presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez intercambió con los integrantes de la pieza teatral cuando asistió el año pasado a una de las presentaciones de Oficio de Isla. Foto: Estudios Revolución

La disminución del horizonte de expresión de los sectores pobres que encarna la mujer –a la que disgustado increpó Luis Manuel Otero Alcántara con la expresión de que por eso merecía comer “perritos”–, colocando el acontecimiento al nivel de un intercambio acerca de alimentos, anula la opción de libertad que esa persona ha elegido para sí; es decir, que al estar en las antípodas de Otero (y por esto es que él la reprende), entonces hay que aceptar que ella decidió entregar su vida (y esto es así dado que se trata de una persona de edad mayor) a una manera de existir en el país, donde la escala de medir la libertad y, sobre todo, los caminos de realización de plenitud humana son otros.

La clave aquí está en preguntarnos si acaso la fusión entre el color de la piel (negra) de la mujer, su edad, el barrio en el cual vive (el San Isidro de pobreza histórica) y la diferencia de apreciación con respecto a Otero, no significa simplemente que la mujer juzga la realidad del presente y toma posición desde una memoria de exclusión continuamente reactivada, a través de las protecciones y oportunidades de realización, crecimiento y libertad de ser que estos sectores han recibido con la Revolución. ¿Dónde, en el documento harvardiano, se escucha la voz de esta mujer con la verdad de la cual es portadora y lo que –a lo largo del país entero– simboliza; la voz de la gente negra (o no) que, en los sectores populares, se posiciona en las antípodas del “movimiento” de San Isidro?

Todavía me resta un comentario más y este con respecto al carácter diferenciador y pavorosamente exclusivo de la propuesta de declaración conjunta sobre derechos humanos en Cuba, elaborada por el Centro David Rockefeller de Estudios Latinoamericanos, el Centro Hutchins de Investigaciones Africanas y Afroamericanas y el Instituto de Investigaciones Afrolatinoamericanas de la Universidad de Harvard; es decir, respecto a la manera en las que tres instituciones académicas se posicionan ante la situación política de un país, ubicado en un continente de cuyas dinámicas recientes son parte situaciones de convulsión política que incluyen asesinatos, mutilaciones, desapariciones y torturas (entre otras formas de violencia policial), corrupción política en muy altos niveles, golpes de Estado, que siguen el modelo del lawfare, secuestros políticos, asesinatos de periodistas, caravanas de miles de personas desesperadas por la pobreza, etc. De esta forma es grotesco, ridículo, vergonzoso y horriblemente ofensivo y cruel (sobre todo muy cruel) para quienes han sufrido espantosas violencias de Estado en tiempos recientes de Latinoamérica un fragmento como el siguiente a propósito del barrio San Isidro:

“La naturaleza, calidad e intensidad de la violencia estatal desatada contra sus residentes se asemeja a formas de violencia estatal racializada en otros países de América, incluido Estados Unidos, que también hemos denunciado enérgicamente desde nuestras plataformas. Las vidas de los negros cubanos también importan”.

Puesto que absolutamente ninguna de las variedades de violencia que antes mencioné tienen lugar en ese San Isidro que imaginan y defienden, voy a hacer una petición pública para mis colegas: les ruego que tengan la honestidad y el valor de repetir y explicar esto que han afirmado a los familiares de los muertos, torturados, mutilados, desaparecidos, a las mujeres violadas, a los que han perdido la vista, a las familias de los líderes sociales y periodistas asesinados en todos estos países del continente. No en congresos, cátedras, revistas y documentos impresos o virtuales, en una cabina de radio o frente a una cámara, sino ante personas concretas, en carne y hueso, mirándoles a los ojos, personas cuyas vidas (o las de sus seres queridos) hayan sido destrozadas lo mismo por la violencia de Estado en su variante represiva y castigadora que por el abandono de Estado, este último verdadero reverso de la violencia. Hasta donde conozco, no existen documentos que –emitidos por esta triada de instituciones harvardianas– se refiera, con la misma urgencia e intensidad de preocupación (y nunca menos) a la situación de “derechos humanos” en ningún otro país del continente; y, en paralelo, tampoco –hasta donde conozco– existen las declaraciones y solidaridades urgentes del líder del “movimiento” de San Isidro y de quienes lo siguen con luchas sociales como las que, en el último año, han tenido lugar en Bolivia, Chile o Colombia, todas con un significativo componente de activismo político de izquierda.

Pero mucho peor aún es que tampoco conocemos las declaraciones conjuntas del Centro David Rockefeller de Estudios Latinoamericanos, el Centro Hutchins de Investigaciones Africanas y Afroamericanas y el Instituto de Investigaciones Afrolatinoamericanas de la Universidad de Harvard (y recuérdese que pido que esto sea hecho “con la misma urgencia e intensidad de preocupación y no menos”), a propósito de la situación de los “derechos humanos de las comunidades negras en Estados Unidos”. No basándose en la idea de que se trata de “fallas” o “problemas” transitorios y corregibles del sistema, sino enfocadas a entender el sufrimiento como un asunto de “derechos humanos” que, por ser tal (por ejemplo) bien que merecería peticiones de solidaridad y campañas de condena internacional en todo tipo de organismo y escenario político. Hablar como si las violencias estructurales que el modelo capitalista produce durante su funcionamiento, como parte de sus propias lógicas internas, no fuesen cuestiones de “derechos humanos”, sino de otro orden (cualquiera que se diga e imagine) o es empobrecimiento de las herramientas del análisis social/político, una manipulación del conocimiento, una treta cargada de obediencia ideológica o un vulgar acto de doblez moral.

Además de todo lo dicho, desestimar la multiplicidad de esfuerzos de intención igualitaria, emprendidos por el Estado cubano desde 1959, con un caprichoso acto de prestidigitación –gracias al cual el documento aplica a Cuba una interpretación de pasado, presente y futuro propia de la nación estadounidense– es un desatino teórico, que bordea la monstruosidad ética; porque una parte sustancial de lo que el Estado cubano no haya podido ofrecer a estas poblaciones de signo afrodescendiente en el país (o a las poblaciones populares, en general) es exactamente debido a los impactos brutales, sostenidos, entretejidos e incluso extraterritoriales de las políticas de hostilidad imperial provenientes de Estados Unidos y acompañadas por sus diversos aliados. ¿De qué modo entender y cómo aceptar el traslado a Cuba, que el documento hace de las dinámicas de las comunidades afroamericanas pobres mediante el empleo de la frase: “Las vidas de los negros cubanos también importan”? ¿Dónde se encuentran en Cuba los aspectos más sórdidos, agresivos y propios de un modelo de opresión estructural dentro de las comunidades pobres? Cuando el Gobierno anterior de Estados Unidos hizo de la destrucción de la economía cubana un tópico favorito de su discurso (muchos recordarán la expresión amenazante de Trump mientras, hablando de sus próximos proyectos contra la Isla, avisaba –en una intervención televisada– a sus seguidores y al mundo: “No saben lo que les espera”, ¿cómo se las arreglan los académicos para no encontrar relación alguna entre las dinámicas que puedan tener lugar en los espacios de pobreza en Cuba y la articulación de la maldad imperial?

Dejo para el final una coincidencia feliz. En fecha todavía reciente, en ese lugar de pobreza histórica que es San Isidro se inauguró un complejo cultural, cuyo nombre es Oficio de Isla, una institución abierta y destinada a la comunidad, al intercambio y a la expresión artística. Esto sucedió, a pesar de y en mitad de las numerosas constricciones económicas derivadas de la actual pandemia de la COVID-19; es decir, cuando más cuenta hasta el último de los centavos, porque apenas los hay. La coincidencia es especialmente interesante porque Oficio de Isla es el título de una pieza teatral, que en ese mismo barrio tuvo numerosas representaciones el año pasado y que involucra por entero a esta misma Universidad de Harvard, de la cual proviene ahora este documento; la pieza, en cuestión, presenta una historia de resistencia nacional que toma como base la célebre visita de más de mil 200 maestros cubanos a la Universidad de Harvard durante el verano de 1901.

Vivir es una experiencia tan extraña que en esta historia me toca un lugar particular. Pasé en Harvard todo un curso académico, como invitado a una beca de investigación precisamente por dos de las instituciones que firman el documento que comento; durante ese mismo tiempo el realizador Danny González Lucena hizo el trabajo de investigación para su documental Los cubanos de Harvard, del cual tuve el honor de ser coguionista. Debo contarlo porque fue este documental el que inspiró la pieza teatral Oficio de Isla, concebida por Arturo Sotto y dirigida por Osvaldo Doimeadiós. El título de la obra, a su vez, fue el nombre elegido para el complejo cultural, al que antes me referí, ubicado justo en el mismo barrio de San Isidro, del cual nos habla el documento harvardiano.

Frente al triste ejemplo de “intervencionismo académico”, que protagoniza el trío de instituciones mencionadas, aplaudo lo que –exactamente para esos sectores populares– representan la pieza teatral y el complejo cultural Oficio de Isla: otro camino de acceso al conocimiento y al disfrute de la mejor cultura, un espacio de desarrollo espiritual, otra muestra de la interacción entre poblaciones e institución y, no en menor grado, un episodio más en la historia de la resistencia y la cultura nacional.

Víctor Fowler 

Material relacionado:

Un documento penoso (I parte)

amss/Tomado de Granma

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