¿Cómo no leerte, Dulce María?

Foto: Portada del libro

¿Cómo escribir sobre tus versos, Dulce María? ¿Por dónde empiezo estas líneas? ¿Qué detalle de tu fecunda hoja de vida uso para presentarte? ¿Qué poemas, de entre una obra extraordinaria, escojo para traer a esta nota, si en el libro donde confluyen son todos una joya?

Así me he dicho frente a la página en blanco y el espíritu henchido, al cerrar una vez más el volumen titulado Poesía, de Dulce María Loynaz, en el que Letras Cubanas reunió, hace ya bastante tiempo, una gran parte de su faena lírica.

Laureada con tantísimos reconocimientos, entre ellos, el Premio Nacional de Literatura y el Premio Cervantes (1992), con el que se distingue a escritores españoles e hispanoamericanos, cuya obra haya enriquecido notablemente el patrimonio literario de nuestro idioma, su nombre dignifica el catálogo lírico de esta Isla, la que –nos dice– tiene en sí “la ternura de las cosas pequeñas y el señorío de las grandes cosas”, y a la que le cantó en luminosos versos.

Eres, a un tiempo mismo, sencilla y altiva como Hatuey; ardiente y casta como Guarina. / Eres deleitosa como la fruta de tus árboles, como la palabra de tu Apóstol. (…) / Como Diana, libre y diosa, no quieres más diadema que la luna; ni más escudo que el sol naciente con tu palma real. (…) / Para el hombre hay en ti, Isla clarísima, un regocijo de ser hombre, una razón, una íntima dignidad de serlo. / Tú eres por excelencia la muy cordial, la muy gentil. Tú te ofreces a todos aromática y graciosa como una taza de café; pero no te vendes a nadie. / (…) Isla mía, Isla fragante, flor de islas: tenme siempre, náceme siempre, deshoja una por una todas mis fugas. /Y guárdame la última, bajo un poco de arena soleada… ¡A la orilla del golfo donde todos los años hacen su misterioso nido los ciclones! (Poema CXXIV)

Resulta imposible, en tan breve espacio, mostrarle al lector todos los textos que vienen a la mente cuando ella se asoma al pensamiento. Y llega a doler saber que no pocos –al no leer– la desconocen y renuncian con ello a conquistar un mundo que, una vez descubierto, no puede desprendérsenos, en tanto nos riega el alma de una calidez que nutre y dulcifica.

Los que sabemos lo que pasa allá adentro tras leer a la Loynaz tenemos deber arduo para con los que aún la ignoran. Los habrá inconquistables ante el enigma de la poesía, que siendo el género mayor, no es –ya se sabe– para mayorías. Pero cerca hay tantos a los que podemos convidar y servirles como plato fino un trozo de poesía, que sería un yerro permanecer impasibles.

¿Qué tal si a quien le han hecho creer que vale menos, a quien le han envenenado la autoestima o se le han apagado las fuerzas le mostramos el Poema XXV, de Poemas sin nombre?  Y dije a los guijarros: –Yo sé que vosotros sois las estrellas que se caen. / Entonces los guijarros se encendieron, y por ese instante / brillaron –pudieron brillar…– como las estrellas.

¿O si al que precisa mirar de frente las certezas le compartimos unos versos como los que se agrupan en Rebeldía¿A qué amar la estrella en el lago? ¿A qué tender la mano hacia la frágil mentira del agua? Mendigo de bellezas, buceador de esperanza, mira que solo la Verdad es digna de tu sueño: Sé fuerte alguna vez y apedrea la estrella que no existe en el agua falaz y brilladora.

A estas “alturas” del texto, si el lector es de los que ha leído a la poetisa del agua, ya habrá traído a su memoria no pocos poemas que, habiéndolos firmado la autora, ha logrado hacer suyos. Tal vez recuerde que alguna dama a la que no le fue dado concebir, halló alivio y salvación en los colosales versos de Canto a la mujer estéril, un texto alentador en el que lejos de ser tenida a menos, es ella una “¡Eva sin maldición (…)!” que guarda “la llave de una vida”.

Si en cambio, es de los que ha vivido sin leer a la autora de Juegos de Agua y de Jardín, que se apresure, que no acepte un día más sin haber entrado en contacto con ese prodigio, orgullo de nuestras letras. Que no se lo pierda. Después, si es que puede, que lo olvide. Pero no antes. Que no renuncie a ser uno más de esa inmensa comunidad que avala la riqueza de un libro, sin haberlo intentado. La Loynaz es de esos caminos que bien pueden contribuir a conquistar la gracia de la lectura.

Madeleine Sautié 

amss/Tomado de Granma

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