Para mis viejos colegas

Foto: Biblioteca Nacional José Martí

Cuando empecé a trabajar en la Biblioteca Nacional José Martí (estoy casi seguro de que fue en enero de 1989), lo viví como la realización de un viejo sueño (¡pasar el día rodeado de libros!), a la vez que un enorme privilegio.

En el ámbito íntimo, la biblioteca significaba regresar hasta aquellos días de infancia cuando -llevado por mi padre – visitaba la Sala Juvenil; una experiencia de la que guardaba recuerdos tan claros que recordaba a la perfección el título uno de los libros que entonces leí y que más me impresionó: Las fieras de Kumaón; título que, años después, sería publicado por la Editorial Gente Nueva.

No he utilizado de forma gratuita la palabra “privilegio”. Comencé a trabajar en el Departamento de Información para la Cultura y las Artes que, por aquellos años, era un lugar único dentro del universo de las instituciones de información del país; de allí pasé al Departamento Metodológico (en el cual era el de menos edad y el más consentido por mis superiores) y terminé en lo que, desde siempre, estaba concebido como mi ubicación definitiva: el cargo de “especialista” dentro del Programa Nacional para el Desarrollo de la Lectura o Programa Nacional de la Lectura (PNL), como le llamábamos.

Nunca voy a poder terminar de agradecer, a todos mis antiguos compañeros, todo cuanto aprendí de ellos en los años que compartimos en la institución; desde los trabajadores encargados de entregar y organizar los libros en los diferentes pisos que contienen los fondos de la biblioteca, hasta los más relevantes investigadores y especialistas.

Todos tenían algo que enseñar (me). Mientras más intercambiábamos, más vida cobraba la institución; más visibles se hacían los vínculos entre las diferentes áreas; más evidentes las potencialidades que todavía podían ser explotadas de mayor grado; más lógico el conjunto.

Puedo decir, apelando a la imaginación, que la biblioteca respiraba dentro de las paredes que la delimitaban, pero también que había tanto conocimiento allí que se desbordaba y derramaba hacia la comunidad y el mundo. Los estantes no sólo recibían obras del mundo entero; sino que los bibliotecarios las procesaban, conectaban, elegían; y llevaban consigo hasta escuelas, centros laborales, hospitales, prisiones, zonas intrincadas en la montaña e incluso zonas de pesca.

Esta épica extraordinaria, el esfuerzo y entrega de los bibliotecarios cubanos para realizar ese “trabajo de extensión” -gracias al cual el libro abandona el espacio de la institución y la garantía de los lectores que van hasta el lugar- que es una de esas tantas hazañas que -por ser tan cotidianas- parecen naturales o normales.

Allí aprendí a respetar, admirar y querer a quienes eran entonces figuras míticas en la promoción de la lectura dentro del sistema de bibliotecas públicas; mis jefas, Sarah Escobar y Luisa Pedroso; Orlando Díaz Lorenzo en Matanzas; José Díaz Roque en Cienfuegos; Rebeca en Bayamo; Montoya, “Puppi”, en Pinar del Río; Marta Wong en la antigua provincia Habana; Emilio Setién como gran organizador. Los escuchaba, los oía contar, aprendí a entrelazar pasado y presente, ciudades y espacios rurales, institución y comunidad.

Durante los años en los que trabajé en la Biblioteca Nacional me tocó hacer el diseño de una investigación nacional sobre hábitos de lectura (para ser aplicada en toda la red de bibliotecas públicas en el país), de un diplomado sobre promoción de la lectura y escribí una suerte de manual que ahora mismo reviso y actualizo para publicarlo. Más allá de lecturas o presentaciones de libros, organicé como promotor ciclos de conferencias sobre arte y encuentros con científicos, exposiciones de artes plásticas o conciertos de trovadores y muchos otros tipos de “actividades”; porque promover la lectura se traducía en llevar hasta los públicos lo mejor de la cultura y estimularlos, desde ese momento de alegría, a adentrarse en el mundo del libro.

Pero nada fue tan especial como el pasar par de semanas en un campamento, movilizado para labores agrícolas, en compañía de dos colegas bibliotecarias (Martha Wong y Mabel, cuyo apellido olvidé); aunque se suponía que estábamos allí para hacer, en las noches, “actividades” de promoción de la lectura (como parte de la “recreación” de los que sí trabajaban la tierra), al conocer cuáles serían nuestras condiciones sentimos tanta vergüenza que insistimos en ir al campo, cumplir “la norma”; y sólo entonces convocar, hablar de libros, presentarlos, leer poemas.

Además de que recuerdo todo lo anterior con cariño enorme, en esa Biblioteca Nacional conocí a la que aún es mi esposa (madre de dos de mis hijos) y que hasta hoy ha permanecido en la profesión. Esto quiere decir que las conversaciones sobre temas bibliotecarios en casa han sido parte de las dinámicas cotidianas durante más de 30 años. Lo mismo cuestiones de intrincada especialización que disquisiciones sobre impactos y posibilidades derivados de la aplicación en las bibliotecas de las nuevas tecnologías de la información; ya sea sobre libros y lectores electrónicos, aprendizajes virtuales, confección de blogs, digitalización, sitios web, redes sociales y mil temas más.

¡Qué profesión tan bella!

¡Qué alegría felicitarlos!

Víctor Fowler 

amss/Tomado de Granma

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