Un sobre, un libro y una historia para el cine cubano

Foto: Cine cubano

A poco de conmemorarse las seis décadas exactas de las tres reuniones efectuadas en la sala teatro de la Biblioteca Nacional José Martí, entre la dirección del gobierno revolucionario y un grupo de artistas y escritores, en junio de 1961, aparece La historia en un sobre amarillo. El cine en Cuba (1948-1964), de Iván Giroud, director del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano que, para decirlo rápido y sintéticamente, es una valiosa contribución a los avatares de la cultura cubana, específicamente en torno al cine, en los primeros meses de la Revolución.

Una contribución importante, cabría añadir. Mucho se ha escrito sobre aquellas reuniones y sobre el célebre discurso de Fidel Castro conocido como “Palabras a los Intelectuales”, el que, como se sabe, fungió como norma esencial de las políticas culturales en lo adelante.

Ahora Giroud nos ofrece un volumen en el que hablan, además de su narrativa, numerosos documentos del acontecer de aquellos años iniciales.

Un prólogo de la Dra Graziella Pogolotti, en el que, con gran poder de síntesis, se establecen las coordenadas principales del libro, abre el volumen. Dice la reconocida intelectual, testigo de aquellos eventos:

“Con perfil propio, el debate cultural se inscribe en el más ancho territorio de la política. En ambos terrenos se plantea la difícil tarea de diseñar un proyecto de sociedad socialista sin maniatarse al trasplante mecánico de otros modelos, sorteando los peligros que dimana del permanente asedio del imperialismo”.

Un párrafo clave, ciertamente; pues muchos quieren desconocer para la posteridad que, cuando esas reuniones se produjeron, hacía solo dos meses se había producido la invasión por Playa Girón; derrotada por el pueblo y sus cuerpos armados, por lo que todos, tanto políticos como intelectuales, entraron al salón de actos de la Biblioteca Nacional con las escenas e imágenes de los fieros combates en sus retinas. Política pura: una agresión militar para derrocar la Revolución. Eso no puede olvidarse nunca a la hora del análisis del campo cultural en 1961.

El libro fue presentado recientemente en la Oficina del Festival, en El Vedado, con una concurrencia acorde a las medidas sanitarias establecidas (en circunstancias normales estoy seguro que el lugar se hubiese desbordado de público).

Fue presentado por la escritora Zuleica Romay y el cineasta Manuel Pérez Paredes, Manolito; quienes destacaron los valores del volumen, en particular su aporte testimonial debido a los diversos documentos que contiene como anexos. En particular, Romay expresó en su extensa presentación:

“Empalmado como un collage en que ensayo y testimonio enhebran un solo discurso, este libro posibilita, si nos situamos a la distancia adecuada, apreciar las colisiones y alianzas, las sinergias y divergencias, los amparos y rechazos que favorecieron o entorpecieron el despegue del proyecto revolucionario cubano en su primer sexenio. Subrayo, en primer lugar, los valores metodológicos de la investigación, la que se muestra abarcadora y voluminosa desde referencias y recomendaciones bibliográficas cuya recopilación y ordenamiento cronológico resulta clave para examinar la textura de los debates. Reducir más de mil páginas a apenas cuatrocientas ha requerido una curaduría cuidadosa que satisfaga tanto la mirada panorámica como el examen atento”.

El libro, aunque se remonta a 1948, en su búsqueda de los antecedentes del cine realizado en Cuba y sobre los cuales brinda esenciales pinceladas, quizá con la intención de ofrecer una versión alternativa a la versión impuesta por Alfredo Guevara y otros fundadores del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos (Icaic) de que el cine con valores artísticos comenzó en Cuba a partir de 1959; tesis sumamente discutible (Iván Giroud cita, por ejemplo, que el historiador del cine George Sadoul opinaba diferente, ver página 76), tiene su núcleo duro en lo que sucedió entre 1959 y 1964, es decir, en los seis primeros años de Revolución.

En su nota de autor, Giroud relata cómo se encontró con la grabación de una reunión en el Icaic, de julio de 1961, realizada pocos días después de las reuniones de la Biblioteca Nacional; hallazgo que fue el detonante para decidirse a escribir el volumen. Diré, de paso, que en el libro también concurre la vivencialidad de Iván Giroud en el cine cubano; pues desde hace más de 30 años, él trabajó en el Icaic primero y después en el Festival, donde es su director desde hace muchos años (1994 al 2010, primero, y desde 2013 hasta el presente). Es decir, esa vivencialidad aporta lo suyo a la hora de hablar de una cinematografía y una institución que el autor conoce desde muy adentro.

Las fuentes revisadas, los años dedicados por su autor a buscar datos y pergeñar las páginas del libro, de seleccionar los fragmentos de documentos a citar y los documentos completos a anexar al volumen (cinco documentos claves), propiciaron un texto que se lee cómodamente, como una narración sobre hechos que, en su momento, fueron de una gran compulsión y controversia.

La última reunión, de la que se ofrecen partes de la grabación hecha, y que consume casi una cuarta parte del texto, evidencia que, a pesar de las reuniones con Fidel y la dirección del gobierno, de los esclarecimientos allí vertidos, los protagonistas de la cultura seguían llenos de prevenciones, dudas y resentimientos; aun cuando el Icaic conservaba cierta unidad por el liderazgo de Alfredo Guevara, el invaluable apoyo de Fidel y la presencia de varios intelectuales y artistas que encabezaban la creación en la entidad.

Las batallas individuales de Alfredo, que no fueron pocas, a veces con razón, otras sin ella, con adversarios como Guillermo Cabrera Infante, Pablo Armando Fernández, Tomás Gutiérrez Alea Titón, Carlos Franqui y Julio García Espinosa, unos contrarios, otros leales amigos discrepantes, se aprecian en el libro. También, la firme resistencia que se le ofreció al dogmatismo en las estructuras de poder de las instituciones culturales, el Icaic una de ellas, cuando esa intolerancia quiso imponer el realismo socialista como norma y a los patéticos manuales de marxismo-leninismo soviéticos como fuente para adentrarse en la teoría marxista. La historia en un sobre amarillo es una muy buena radiografía, repito, de aquellos convulsos años.

Mil 961, año que está justo a la mitad del período 1959-1964, fue decisivo en los inicios de la Revolución Cubana: para empezar, en el mismo mes de enero se anunció la ruptura de relaciones diplomáticas por parte del gobierno de los Estados Unidos, la Campaña de Alfabetización a lo largo del año, la nacionalización de la enseñanza privada, la invasión de Playa Girón y la declaración del carácter socialista de la Revolución, la creación de instituciones culturales, el congreso de escritores y artistas, la creación de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y revistas culturales, las reuniones de Fidel con los intelectuales en la Biblioteca Nacional, en fin, un conjunto de hechos en lo político y cultural conectados como vasos comunicantes. De alguna manera, las páginas de La historia en un sobre amarillo dan cuenta de un fragmento de aquellos meses extraordinarios y lo hace con fortuna.

Se trata, pues, de una investigación acuciosa (el cuerpo de notas es de una utilidad enorme para el estudioso) y de una lectura que mucho se disfruta y agradece; sobre todo cuando uno se ha iniciado en el seguimiento de los hechos ahí referidos, como es el caso del que redacta estas líneas. En sus páginas se reviven aquellos momentos de tensión y encono en que los grupos enfrentados dentro del campo cultural maniobraron de la manera que les fue posible, en aras de imponerse en una pugna cuyo destino fue marcado y decidido en las reuniones de junio de 1961.

Hay un párrafo de Alfredo Guevara en la mencionada reunión de inicios de julio, en el Icaic, que merece la pena citar. Dice Alfredo: “(…) en medio de una lucha, en medio de un momento en el cual dentro del 26 de Julio había un combate, en el frente intelectual otro combate, y en todas partes había un combate que era el producto de la incoherencia general del Movimiento 26 de Julio y de la presencia en él de fuerzas contradictorias que algunas de las cuales trataban de frenar a la Revolución” (página 237). Hoy resulta difícil para el no entendido y el que no vivió aquellos años, comprender un panorama tan complejo y cambiante; pero realmente fue peor que como lo describen los libros. Agréguese a esto, en ese turbulento 1961, los sabotajes (la tienda El Encanto, 100 bombas en un día del mes de enero, conspiraciones de atentados, etc), y otros actos contrarrevolucionarios, que hacían sentir a la población que se libraba una guerra no declarada, pero cierta.

Con un diseño muy efectivo, debido al talentoso Raupa, una edición certera del experimentado Camilo Pérez Casal y la maquetación de Liseloy, este bello objeto libro es un producto conjunto de Ediciones del Nuevo Cine Latinoamericano y Ediciones Icaic; dos sellos que nos tienen acostumbrados a excelentes títulos.

Otros volúmenes han abordado aquellos hechos; y otros, seguramente, lo harán en un futuro, en la medida que aparezcan nuevos documentos o que los investigadores viertan nuevas luces sobre los mismos.

Esa luz sobre el pasado se necesita y agradece mucho. Iván Giroud logra que los años iniciales de la Revolución en el terreno de la cultura se reproduzcan nuevamente ante nuestros ojos y nos permite releerlos una vez más, ahora con la distancia del tiempo a nuestro favor.

Rafael Acosta De Arriba

amss/Tomado de Cubarte

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