Trova y discografía: apuntes personales

La trova, una zona de silencio palpable. Foto: Yaimí Ravelo

Una arista bien polémica que no solo compete a Cubadisco, pero que sin duda se aviva en cada nueva edición, es la presencia de la trova dentro de las propuestas discográficas del país.

Si convergemos en la idea de las diferentes ramas por las cuales debe moverse la industria del disco, notaríamos que a pesar de lo logrado aún sigue siendo una zona de silencio bastante palpable.

También debemos sopesar con seriedad el hecho de las pocas casas discográficas con que contamos –apenas cuatro– y el compromiso de estas con los variopintos géneros de nuestra música, a los cuales hay que satisfacer desde lo cultural y lo patrimonial; pero tal vez buscar variantes desde lo particular de cada proyecto, y sus afinidades con sus públicos, pueda ser una solución, creando articulaciones entre varios factores donde lo comercial también posea un rol.

Hace varios años, y en otro contexto económico del país, algunas discográficas tenían líneas de producción destinadas a solistas y a grupos que podían satisfacer demandas derivadas del turismo; y otras que, lógicamente, eran rentables y convenientes para los involucrados.

Las reglas cambiaron y, a la vez, formatos y realidades mutaron hacia formas de distribución que conllevan otras miradas y comprensiones, al convertir al trovador en gallardo caballero en lucha contra las industrias y los mercados.

Pero, paradójicamente, la industria discográfica puede, desde el acompañamiento integral y mediático, crear y consolidar estéticas que bien valdría la pena ver colocadas en nuestra vida sonora. Es decir, no solo desde el disco como producto podrían gestarse diseños y campañas; sino desde la aprehensión de la obra musical de los trovadores, y donde tuvieran valor otros afluentes como un single o una coherente campaña de mercadotecnia inherente al artista.

Si acudimos a lo que muchos llaman el abecé de la industria, coincidiríamos en lo factible de la grabación y su posterior promoción, sin siquiera formar parte de un disco.

Muchos éxitos de Benny Moré, la Aragón y otros, no formaban parte de discografía alguna en un principio; sino que eran grabados y difundidos en la radio o en la TV –después de 1952, obviamente–, lo que mantenía a esos artistas en la preferencia de sus públicos. En ocasiones tenían el propósito concebido de un single, pero en otras no; lo cual les daba la posibilidad de no estar atados únicamente a la salida de un fonograma.

Hoy pudiera pensarse en grabar, promocionar y posicionar en distintos mercados –en comunicación con los protagonistas– los temas que estos determinen para tales empeños; y fomentar, de manera seria, un producto que genere alianzas, recupere inversiones y, de paso, destierre la parásita piratería. Pero no imaginemos solo a siete trovadores contra Tebas, sino a todos desde la institucionalidad de la disquera; enfocada esta en asumir otros derroteros más allá del disco en sí mismo. No solo invertir en ello, sino en el artista, incluyendo sus derechos de imagen, por ejemplo; y establecer estrategias coherentes donde se genere una constante interacción con su público y puedan gestarse otros productos afines.

Programas de TV, campañas promocionales con creatividad o colaboraciones articuladas desde la propia discográfica, podrían ayudar a recolocar la trova en espacios importantes de nuestro entorno. No es imposible.

Oni Acosta Llerena

amss/Tomado de Granma

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