Sobre la novela histórica actual

Foto: Tomada de Internet

Descrita en nuestros días como una de las expresiones más audaces y atractivas del género en Cuba, esta novelística se reconoce por los cambios esenciales introducidos respecto a la ficción histórica tradicional o, incluso, la del vanguardismo.

En tal sentido, ya no se interesa tanto por los grandes acontecimientos épicos ni por las visiones epónimas; prefiere los sucesos menores o la vida privada y social de quienes fueron ignorados por la historia, a menudo valiéndose de otros géneros como las memorias, el diario, la biografía, la crónica o las epístolas. Tales eventos y personajes, sin embargo, no son superfluos; llenan vacíos, revelan ardides y, a menudo, fecundan la macrohistoria.

Ello explica, en parte, la preeminencia dada a la mujer en estos relatos, el realce de los valores intelectuales, sociales y humanos que la distinguen, y su batallar contra el machismo u otras formas de discriminación; pero sin convertirla en entelequia, mostrándola como es en la vida cotidiana, con sus luces y sombras.

Los personajes de estas novelas pueden ser puramente imaginarios, situados en contextos históricos, como la esclava que en El polvo y el oro (1993), de Julio Travieso, castiga con dureza a cuantos abusaron de ella; o Cecilia Valdés en Lances de amor, vida y muerte del caballero Narciso (1994), de Alfredo Antonio Fernández, joven ante la cual Narciso López pierde el sueño, según cuenta Cirilo Villaverde, autor ficticio de la novela que leemos. Otros, en cambio, corresponden a la realidad, como la Avellaneda en Tula (2001), de Mary Cruz (1923-2013), narración sobre las tribulaciones padecidas en España por la escritora principeña para superar los tabúes del medio familiar y luego los prejuicios de una sociedad férreamente androcéntrica. O la marquesa Beatriz Jústiz de Santa Ana, en Inglesa por un año (2006), de Marta Rojas, en la que la noble criolla despliega no solo talento, sensualidad y pasión, sino también mucho coraje en la defensa de La Habana durante el asedio inglés de 1762, o en la denuncia del Capitán General por su deplorable papel ante el invasor.

Otro tanto puede decirse de Chiquita (2008), de Antonio Orlando Rodríguez, asombroso relato acerca de la vida de la liliputiense Espiridiona Cenda (Chiquita); joven cubana de solo 26 pulgadas, la cual, con especial ingenio y superando prejuicios y segregaciones, se convierte, entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, en una de las celebridades mejor cotizadas de los teatros de vaudeville a nivel internacional, imagen artística tras la cual afloran circunstancias más hondas sobre Cuba.

La novela histórica actual rechaza la idealización de personalidades, no para disminuir sus valores, pues los autores son cuidadosos al llevarlas a la literatura; sino buscando ofrecer un relieve más humano, menos simple, de ellas, como hace Carpentier (1904-1980) en El arpa y la sombra (1979), al desmitificar la imagen edulcorada de Cristóbal Colón.

Poco antes de morir, el Almirante confiesa en un extenso monólogo –salpicado de agudeza y humor– cómo los deseos que lo movieron a realizar el descubrimiento tuvieron siempre fines económicos, ambiciones personales y políticas. De esta forma, el navegante genovés echa por tierra las pretensiones del Papa Pío Nono cuando, en el siglo XIX, este quiso canonizarlo para consolidar el poder de la Iglesia en América.

Cabría preguntarse si estas ficciones permiten ofrecer una visión más compleja del pasado, del presente y aun del futuro. Cada lectura dirá la última palabra. Por lo pronto, su elevada calidad estética, diversidad temática e inusitadas historias las colocan en un lugar predilecto dentro de la literatura cubana de nuestro tiempo.

Emmanuel Tornés

amss/Tomado de Granma

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