Korda en el ojo del huracán

Bastaría con observar una obra como El Quijote de la farola para aquilatar la maestría de su ejercicio artístico. Foto: Alberto Korda

Veinte años nos separan de la muerte de Alberto Korda; dos décadas en las que la leyenda del fotógrafo, repentinamente fallecido el 25 de mayo de 2001 durante una estancia en París, no ha dejado de crecer como uno de los íconos indiscutibles en la historia de la manifestación artística en el siglo XX.

No caben dudas acerca de que su fama planetaria se relaciona con una imagen que le sigue dando la vuelta al mundo: el rostro del comandante Ernesto Che Guevara captada el 5 de marzo de 1960 cuando el pueblo despedía a las víctimas del sabotaje al buque La Coubre. El aire firme, sereno de la mirada del combatiente, tocado por la boina con la insignia del grado militar, trascendió la circunstancia por su acendrado simbolismo y la carga de futuridad del gesto. Tanto ha sido así que en muchas partes el Che cotidiano, a la vista de todos, es el de Korda.

Pero también se sabe que el arte de Korda se desborda en una obra mucho más amplia. Es, junto a Osvaldo y Roberto Salas, Raúl Corrales, Liborio Noval, Ernesto Fernández, Pepe Agraz, Jorge Oller, Perfecto Romero y su socio Luis Korda, un eslabón imprescindible en el tejido de la fotografía épica de la Revolución.

Como en tiempos de la defensa de la República Española Robert Capa (firma común de Endre Erno Friedman y Gerda Taro) reflejaron los momentos más críticos de la agresión fascista, Korda se entregó en cuerpo y alma al registro de las huellas del cambio radical de la vida cubana a partir de 1959.

“Korda –recuerda el crítico Nelson Herrera Ysla– no se detuvo ante nada para estar ahí, en el ojo del huracán; no importa si este fuese una concentración masiva de cubanos, el paisaje helado de los alrededores de Moscú, o las calles enloquecidas de Nueva York. (…) No descansa fotografiando a soldados del Ejército Rebelde; a los primeros milicianos y milicianas; a adolescentes alfabetizadores de la gigantesca campaña educacional; desfiles y marchas; momentos de tensa quietud; y a visitantes ilustres que llegaban a Cuba para conocer de primera mano, como Jean Paul Sartre o Pablo Neruda”.

Fue un salto cualitativo espectacular el que él logró con la fotografía: del fotoperiodismo al testimonio, y del testimonio a la codificación estética de alto vuelo. Bastaría con observar una obra como El Quijote de la farola o cualquiera de los retratos de Fidel, imantado por la personalidad del líder revolucionario, para aquilatar la maestría de su ejercicio artístico.

Antes y después hubo otros Korda. Ahí están sus tempranas incursiones en la fotografía sobre la moda –nada que envidiar a un Richard Avedon– o en los fondos submarinos.

En todos los casos, el artista supo que captar una instantánea no es obra de la casualidad, sino del talento y la sensibilidad.

Virginia Alberdi Benítez

amss/Tomado de Granma

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