El mensaje que vino desde Dos Ríos

Foto: canal caribe

El fatídico 19 de mayo de 1895, fecha en que cayó en combate el Mayor General del Ejército Libertador José Martí apenas en los albores de la nueva campaña independentista organizada por él, junto al duelo demoledor ocasionado por el inesperado suceso, los patriotas y buenos cubanos recibieron un mensaje de múltiples resonancias.

O tal vez fuera una suerte de aviso que los impelía a no dejar apagar la luz del Sol, que en su cenit había brillado por última vez en la frente viva del Apóstol, sin ser sin embargo ningún efluvio esotérico de algún ente espectral.

Porque venía del ejemplo, de la obra política e intelectual del extraordinario ser humano caído, y de las lecciones y valores implícitos en la historia y la memoria de los pueblos y encontraría receptor idóneo en muchos hombres de su tiempo.

Con denuedo y gran coraje continuó la lucha por la emancipación bajo el mando de los guerreros convocados antes por el Maestro: el Generalísimo Máximo Gómez Báez y el Lugarteniente general Antonio Maceo, al frente de tropas mambisas que realizaron una connotada hazaña más adelante: la histórica primera invasión libertaria de Oriente a Occidente, que estremeció y socavó sensiblemente el poder colonial.

La guerra evocada por Martí desde su incansable exilio, fundamentalmente en Estados Unidos, se había iniciado el 24 de febrero de ese año bajo los preceptos ideológicos del Partido Revolucionario Cubano; un partido único que también preconizó el objetivo de la unidad del pueblo y de todos los implicados en su organización.

Uno de los flancos más débiles de las acciones libertarias de los patricios del 68 había sido la carencia de unidad, y la reafirmación de que la Patria era una sola, de punta a cabo, convidaba más que nunca a partir de Dos Ríos.

Algo que aunque no siempre fructificó, estuvo en el centro de los desvelos de los principales próceres seguidores del Martí profundo, más en los tiempos en que ganaban terreno corrientes anexionistas.

Y aunque se supo después, en el campamento de Dos Ríos vio la luz lo que más tarde sería considerado el Testamento Político del Apóstol, la carta que escribía, inconclusa todavía en el momento de su muerte, a su entrañable amigo mexicano Manuel Mercado.

Tal misiva, fechada el día anterior a su muerte, fue hallada y en ella se patentizan claramente dos enunciados esenciales.

El primero desbarata cualquier intento de sugerir o imaginar, por detalles tal vez superfluos como el vestuario, que José Martí se aprestaba a abandonar el campo de batalla.

En su texto el Héroe Nacional confirmó a Mercado, amigo querido de juventud, con la sinceridad de siempre que ya estaba todos los días en peligro de dar su vida por la patria, por plena convicción y decisión personal, basada también en su estricto sentido del deber y en su honor. Quienes saben de sus valores, están convencidos de que jamás mentiría.

Y el otro enunciado sobresaliente, el más brillante a los ojos de hoy, es su aviso acerca del carácter imperial del vecino del Norte. Es lapidario cuando confirma que siempre trabajó en secreto contra las apetencias del país norteño, cuyo intervencionismo y expansionismo desmedido era ya, en su tiempo, una amenaza no solo para Cuba, sino también para el resto de América.

Al morir intempestivamente, el Apóstol solo llevaba poco más de un mes en la Isla, a la que llegó con una gran felicidad, aun en medio de su entrega, sacrificios y con una salud quebrantada.

Antes, el 25 de marzo, Martí y Gómez habían firmado en la localidad dominicana de Montecristi el manifiesto que proclamaba las bases y principios de la guerra emancipadora, la cual debía ser rápida y eficaz para evitar males mayores y era considerada por el Maestro como continuidad del llamado Grito de Yara de la Guerra de los 10 años.

Como escritor, poeta, periodista y e incluso diplomático en representación de dos naciones sureñas latinoamericanas, José Martí llegó a brillar en el ámbito continental por el alto calibre de su pluma y su extraordinaria cultura e inteligencia.

Todo lo relativo a su vida personal lo puso en un segundo plano –y sin embargo no fue un abandono ni una renuncia- para dedicarse por entero, en cuerpo y alma, a la causa de la independencia; una tarea colosal que él mismo puso sobre sus hombros.

Tal propósito no solo requería los esfuerzos por captar los recursos y fondos en dineros para la organización y futuro despliegue de la guerra.
Viajó incansablemente a otras naciones y dentro de EE.UU. para dirigirse a Tampa y Cayo Hueso, donde residían humildes y entusiastas patriotas cubanos.

El Martí que llegó a Dos Ríos, junto a Máximo Gómez y Bartolomé Masó, general de la Guerra de los 10 años, estaba dichoso y levantado en su moral más que nunca. Al incorporarse a la lucha, cumplía un sueño y era consecuente con su conciencia.

Por los días de su muerte se disponía a avanzar, junto a Gómez, hasta los llanos del Camagüey para reunirse con revolucionarios del resto del país, redactar una nueva Constitución y fundar una nueva República insurrecta.
Todo lo vinculaba a la guerra que había evocado, de acuerdo con sus propias declaraciones, de inequívoca certeza.

A 126 años de caída en combate, su triste deceso y todas las circunstancias que lo rodearon antes y después, siguen arrojando luces sobre la necesidad de que los cubanos continúen fieles al camino elegido. Reafirman, una y otra vez, que la victoria es de los valientes y perseverantes en una nación unida; dispuesta a todo por la vida y la soberanía.

No valdrán los intentos de desunión, de vacilaciones y traiciones de cuatro gatos cobardes y mercenarios. Los cubanos de hoy también han entendido perfectamente el mensaje de Dos Ríos.

Martha Gómez Ferrals

amss/Tomado de ACN

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