El tesoro más valioso del Museo

Fulgencio se mantiene activo desde su casa. Foto: Cortesía de Fulgencio Eugenio Hernández Domínguez

No sé hasta dónde vamos a llegar, pero para mí las comunicaciones son infinitas; sentenció Fulgencio Eugenio Hernández Domínguez, cuya historia como trabajador de ese sector por más de 60 años es quizás el legado más valioso que atesora, entre muchas maravillas tecnológicas antiguas, el Museo de las Telecomunicaciones de Cuba.

En ese centro cultural que este 17 de mayo, Día Mundial de las Telecomunicaciones, cumple precisamente 17 años de fundado, Fulgencio es a sus 81 años de edad un testigo privilegiado del desarrollo de esa rama en la época revolucionaria.

El joven de apenas 18 años que comenzó a laborar en la entonces Cuban Telephone Company como mozo de limpieza en el cuarto piso del edificio de Águila y Dragones, hallaría sus primeras oportunidades de superación profesional luego del 1ro de enero de 1959, al calificarse como operario de planta interior.

Con una precisión envidiable, este experimentado trabajador ya jubilado y recontratado como técnico en telemática en el Museo que ayudó a concebir y fundar, rememoró sus andanzas por múltiples instalaciones de la telefonía en la capital y en antigua provincia de La Habana, donde fue testigo de las sucesivas renovaciones tecnológicas, desde las plantas estadounidenses, luego las provenientes de los antiguos países socialistas, hasta la creación de Etecsa en 1994 y la introducción posterior de la telefonía digital.

De una Cuba donde no se estudiaba la ingeniería en Telecomunicaciones, y a los técnicos cubanos se les pagaba mucho menos que a los de Estados Unidos, el país avanzó en la formación de profesionales del sector, un empeño en el cual con el tiempo también Fulgencio ofreció un significativo aporte.

“El proceso profesional mío fue largo y nunca terminó”; explicó este especialista que ocupó la jefatura de plantas, participó en el montaje de las sucesivas tecnologías y se hizo experto en las centrales telefónicas electromecánicas. “Había que echar para adelante el país”, enfatizó.

Con su esposa de toda la vida, Magalis Alfonso Duque. Foto: Cortesía de Fulgencio Eugenio Hernández Domínguez

Integrante de la Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores, Fulgencio descolló por su inventiva ante la escasez de recursos que sobrevino con el periodo especial en los años 90 del pasado siglo y mereció reconocimientos sindicales como la condición de Vanguardia Nacional en nueve oportunidades.

En 1999 concluyó su periplo fuera de la capital como jefe de la central telefónica de Santa Cruz del Norte, y lo traen para la ciudad ya como supervisor en la dirección central. Quiso la casualidad que una reorganización lo hiciera regresar al mismo cuarto piso de Águila y Dragones, donde una vez limpiara el piso, ya como un experimentado profesional al cual le encomendaron la tarea de evaluar la posibilidad de crear un museo temático en ese edificio.

Así empezó su levantamiento de todas las tecnologías con valor patrimonial existentes en el país, en una acuciosa búsqueda que concluyó en una muestra excepcionalmente valiosa de las técnicas electromecánicas, con la particularidad de que pudieron rescatarlas y exhibirlas en funcionamiento. “Es una maravilla. Costó mucho trabajo rescatarlo, pero lo logramos”, afirmó.

El 17 de mayo del 2004 se inauguró el Museo, en estos momentos sin acceso al público por las restricciones que impuso la COVID-19. No obstante a hallarse en la modalidad de teletrabajo, Fulgencio continúa sus investigaciones alrededor de las telecomunicaciones.

“Estoy metido en casa”, admitió, lo cual no debe resultar fácil para este hombre que luego de su jubilación oficial en 2012 no dejó nunca de darle su vuelta al Museo, y ya lleva tres años de reincorporado a su puesto. “Estoy formando a las nuevas generaciones que se queden allí. Tengo un muy buen alumno, Lazarito, y necesito formar a más compañeros”, concluyó entusiasta.

amss/Tomado de Trabajadores

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