La llave maestra

Graziella Pogolotti, autora del texto La llave maestra. Foto: ACN

Considerado factor decisivo para el rescate de la plena soberanía, el impulso al desarrollo de la ciencia tuvo primacía en el diseño de la estrategia revolucionaria desde las etapas iniciales, aun cuando en el momento de la arrancada se disponía de una cobertura educacional pavorosamente baja.

Los resultados de un empeño que no cejó en los años de la crisis económica que sucedió al derrumbe del socialismo europeo y de la progresiva agudización del bloqueo, están a la vista. La apuesta en favor de la biotecnología se traduce en la posesión de recursos propios para afrontar la pandemia que estremece al mundo. Contamos con profesionales y técnicos altamente calificados, con un conjunto de instituciones orientadas a la investigación y a la producción de medicamentos habilitados para crear candidatos vacunales y lograr de manera autónoma la inmunización de la totalidad de los pobladores del país.

La vitalidad de una extensa base institucional, así como el saber y la experiencia acumulados, hacen factible la instrumentación de políticas más abarcadoras y de mayor alcance para ofrecer respuestas viables a nuestros más acuciantes problemas económicos, entre ellos los que afectan el apremiante crecimiento de la producción agropecuaria y de bienes de uso de primera necesidad. Con ese propósito, se generaliza la aplicación de la tríada ciencia-tecnología-innovación.

No se pueden soslayar, sin embargo, otros componentes del contexto contemporáneo. En nuestra prolongadísima lucha por la defensa de la justicia social, hemos tenido que afianzar y enriquecer nuestra “trinchera de ideas”, legado de un patrimonio innegable sometido a permanente renovación según las demandas de cada época. El desafío se plantea en el terreno del pensamiento.

El dominio de los conceptos y el reconocimiento de la verdad histórica tienen repercusiones en el ejercicio de la práctica concreta. Acicateado por la necesidad de acopiar fondos y organizar expediciones armadas para emprender la Guerra Necesaria, José Martí concedió parte esencial de su tiempo precioso a la prédica sistemática a través de sus discursos, de sus artículos, de su epistolario y de sus intercambios personales. Su brillante oratoria no se diluyó en artificios retóricos. Respetuoso de sus interlocutores, a quienes convocaba a los mayores sacrificios, no se valió de fórmulas simplistas destinadas a una reiteración mecánica. Despejaba dudas y sembraba unidad. Fundamentaba la razón de ser de un proyecto emancipador que habría de seguir haciéndose aún más allá del conflicto bélico. En el verbo se fundían pensamiento y acción.

Fidel adoptó conducta similar. El alegato del Moncada contenía la denuncia de la saña criminal de la dictadura, pero utilizaba esa tribuna para proyectar hacia el futuro las bases conceptuales de un programa transformador, sustentado en las demandas históricas acumuladas por los grupos que componían la sociedad cubana en aquel momento.

Después del triunfo, la aplicación de las leyes revolucionarias, el acceso universal a la enseñanza y la radicalización del proceso modificaron la composición social. De lo más profundo del pueblo emergieron nuevos actores. Mediante el empleo de una oratoria dialógica y conversacional, Fidel siguió apuntalando la trinchera de ideas. En los momentos más difíciles, nunca eludió plantear la complejidad de un panorama en el que convergían siempre acontecimientos de carácter internacional con factores internos. Los ejemplos abundan. Basta con recordar Girón, la Crisis de Octubre, la Zafra de los Diez Millones, el llamado a la rectificación de errores y tendencias negativas, el anuncio del derrumbe del campo socialista… En cada circunstancia, el reconocimiento de la realidad y su formulación en el plano de las ideas contribuían a forjar la cohesión necesaria y se convertían en motor para la acción.

Emancipación y dependencia definen los polos de una confrontación secular. De manera creciente, el debate de ideas cede el paso ante el empleo de una poderosa maquinaria propagandística que trasplanta al territorio de la política recursos procedentes del marketing publicitario y, para su extensa difusión contemporánea, se vale de las herramientas diseñadas por las tecnologías de la información y la comunicación. Opera simultáneamente en dos direcciones. Una de ellas se dirige a reafirmar matrices de opinión a escala internacional y, en particular, en Estados Unidos donde, a lo largo de más de cien años, se ha edificado la sistemática demonización de las ideas socialistas, fórmula aplicada otrora contra la Revolución Mexicana, la rebeldía de Augusto César Sandino o los intentos reformistas promovidos en la Guatemala de Jacobo Árbenz. Al mismo tiempo, se procura abrir fisuras en el tejido social de la nación. Tras los personajes que se manifiestan en el proscenio, actúa un saber científico al servicio de los intereses supremos del imperio.

Para encaminar el hallazgo eficaz de soluciones ante los múltiples desafíos impuestos por la contemporaneidad, tal y como lo ha demostrado la lucha contra la pandemia, disponemos de una llave maestra. Está en las reservas de sabiduría acumuladas a través del tiempo, en el campesino que aprendió de sus mayores los secretos de su parcela y en los investigadores que elaboran especies más resistentes y productivas, en el artesano que fabrica a escala local materiales para la construcción con barro tradicional, en los arquitectos que elaboran proyectos atemperados al clima y a las regulaciones urbanas, en los diseñadores que incorporan valor agregado a la obra industrial, en los estudiosos de la historia y en los observadores de una dinámica social siempre mutante. La tríada ciencia-tecnología-innovación tiene su complemento en la articulación de educación-ciencia-conocimiento-conciencia.

Graziella Pogolotti

amss/Tomado de Juventud Rebelde

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