Reverencia debida a un festejo patrio

El son contiene el inconfundible acento de un lenguaje hondamente nacional. Foto: Ariel Cecilio Lemus

El próximo sábado celebraremos un acontecimiento muy especial, cuya significación trasciende cualquier hecho rutinario al honrar, desde la inmensidad de la Cuba profunda, el magnífico resplandor que desprende un género musical intrínsecamente nuestro: el Día del Son.

Si bien la fecha señalada coincide con el natalicio de Miguel Matamoros y Miguelito Cuní, aclamados soneros de entre los grandes; también mayo fue el mes escogido para venir al mundo por otras dos personalidades no menos relevantes de esta preciada arca patrimonial, como son Ignacio Piñeiro y Pío Leyva.

Sin embargo, aunque contemos con la presencia de suficientes paladines del son para sustentar entre sus legados de leyenda el enorme arraigo popular del género a través del paso del tiempo, precisamente es ahí donde radica su valor como singular motivo de vida.

El son, tanto para quienes lo interpretan como cuando lo disfrutamos en el baile, contiene el inconfundible acento de un lenguaje hondamente nacional, desbordante de las vibraciones de una asentada rítmica en la que todos nos reconocemos. Ya sean músicos de antaño, aquellos que encantaban a nuestros padres y abuelos; los más seguidos de ahora mismo o hasta los que puedan aparecer en el mañana, no importa. A pesar de encontrarnos con diferentes matices inherentes al vocabulario sonero de cada época, siempre nuestro paladar auditivo será capaz de identificar el sabor presente en un criollo tumbáo del son; gesto que implica de lleno una oportunidad de soñar despiertos por sentirnos orgullosos de pertenecer a la nación de esta música que llevamos con nosotros en el alma.

Tanto es así que dos pianistas excepcionales, como los maestros Frank Fernández y Chucho Valdés, asombran a las respectivas audiencias por sus elevados rangos profesionales; uno por traernos al Beethoven virginal, mientras que el otro se adueña del exclusivo entorno del jazz en Estados Unidos; pero cuando ambos aparecen insertados en improvisaciones soneras, sencillamente, menos la jerarquía, todo cambia. Es como si respondieran al llamado ancestral del corazón nativo que habita en cada uno de ellos para trasladarnos hacia otra manifestación del deleite con la identidad propia.

Entonces, coincidamos con el empeño del maestro Adalberto Álvarez, esmerado artífice del empoderamiento del género por medio de su obra, de que este día para alabar al son en toda su dimensión histórica, sea, desde la reverencia debida, un festejo patrio.

Guille Vilar

amss/Tomado de Granma

Impactos: 28

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

4 × 3 =