Mientras llega la vacuna… y después también

Foto: Oscar Álvarez Delgado

Empezar a vacunar no significa decir adiós a la pandemia. Así lo aseguran numerosos expertos internacionales en el tema, que alertan sobre el relajamiento de las medidas de protección a nivel individual y social en aquellas sociedades donde se ha iniciado el proceso de inmunización.

Investigadores de prestigiosos centros científicos afirman categóricamente que el uso del nasobuco, las soluciones hidroalcohólicas para las manos, el distanciamiento físico, y otras medidas de prevención implementadas en el último año, son especialmente necesarias durante la vacunación de los ciudadanos, cuando todavía no se ha logrado la inmunidad de grupo que asegure el fin de la transmisión.

Esa “inmunidad de rebaño” solo se alcanzará cuando se intervenga con los candidatos vacunales al 70 % de la población en un proceso que podría tomar varios meses, lapso de tiempo propicio para la aparición de mutaciones más “potentes” a partir del contacto entre vacunados y variantes del virus.

Todos queremos vacunarnos, pero las normas preventivas mencionadas anteriormente funcionan de la misma manera; y si hace un año no sabíamos de su completa efectividad, hoy comprendemos que son imprescindibles para evitar los contagios.

Esta semana hemos despertado angustiados por las cifras que establecen récords de pacientes confirmados para La Habana: 600, 717… pero lo que realmente debería preocuparnos es que esos cientos generan a su vez miles de contactos, entretejiéndose así la temible “telaraña epidemiológica” a la que se refieren constantemente los médicos.

En esa mortífera “malla” se podrían ver atrapados uno de estos calurosos y promiscuos días nuestros hijos, padres, abuelos, para darnos cuenta, al fin, de que a nosotros también nos sucedería, que la ley de la probabilidad no discrimina.

El cansancio acumulado durante doce tediosos y largos meses, y la cercanía de la intervención masiva con la Soberana 02 y la Abdala ha relajado visiblemente la sensación de peligro; pero en mi opinión, lo peor que nos puede ocurrir es que los guarismos de esta semana se conviertan en algo normal, que lleguemos a asimilarlo como lo hicimos antes con los 400 o 500 positivos diarios.

Esos últimos dígitos son, ¡horror!, al igual que los registrados ahora en las salas de pediatría donde se atienden a los infantes; incluyendo los menores de un año, alcanzados por el coletazo de la pandemia; ellos no son culpables de nuestras irresponsabilidades… ­pero pagan por ello.

Si observamos nuestro entorno, es evidente el descuido en el uso de la mascarilla por algunos ciudadanos; mientras que otros no se preocupan lo suficiente por mantener a sus hijos y adolescentes en la seguridad del hogar.

Ese panorama se ensombrece aún más por algunas fiestas masivas; las aglomeraciones en las inevitables colas, que sí pudieran aliviarse, o al menos intentarlo, y me refiero por supuesto a la “ajuntadera” de personas, no a las líneas de espera para comprar algún producto necesario, que permanecerán en nuestra cotidianidad por un buen tiempo.

Para no hablar de nuestro “cariño” hacia el prójimo, que lo manifestamos con besos y abrazos, incluso cuando el amigo o amiga es de reciente adquisición; pero no importa… esa invasión del espacio ajeno es parte de nuestra idiosincrasia, sobre todo la de los últimos años…

Incluso al interior de los hogares, aunque pueda sonar duro, debemos limitar las muestras de afecto a nuestros familiares convivientes; eso, por supuesto, es lo más difícil, pero es lo que propicia en gran medida la propagación acelerada.

Volviendo a la soberana inmunización, debemos ilustrar a nuestra gente de que las personas vacunadas también pueden contagiarse con el coronavirus; aunque por lo general, solo presentan síntomas leves; porque esa es su función: impedir cursos de la COVID-19 graves o potencialmente mortales.

Por último, los científicos aseguran que la duración de la inmunidad solo se puede comprobar con el tiempo; ese que llaman la Fase IV del desarrollo de la vacuna, y cuyos datos fiables sobre la prolongación de esa invulnerabilidad solo estarán disponibles después de varios meses o incluso años.

Estamos seguros que esos benditos bulbos contienen la eficacia exigida para lograr su propósito principal; gracias al talento de nuestros científicos y a la visión de nuestros gobernantes, que siempre estuvieron seguros de que sí se podía.

Pero en tanto esperamos esa inyección protectora, usemos todas las medidas que nos han preservado durante el último año; esas son las que nos mantendrán a salvo, mientras llega la vacuna… y después también.

Eduardo Douglas Pedroso

amss/Tomado de Tribuna de La Habana

Impactos: 24

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

1 + quince =