Donde reposa el alma de Yeyé

Haydée Santamaría en la Casa de las Américas, en marzo de 1980. Foto: Archivo de Granma

No pudo ser mejor la decisión de nombrar a Haydée Santamaría como timonel de la casa grande que se inauguró, a la distancia de 62 años, en el singular edificio de 3ra. y G, en el Vedado habanero, por idea del entonces joven líder de la Revolución; persuadido ya del papel que desempeñaría la cultura en la defensa del nuevo proyecto sociopolítico.

En cuerpo y alma se dedicó Yeyé a la obra que renovaría, no solo los cimientos literarios y artísticos de Cuba, sino, por extensión, los de toda nuestra América.

La casona fue capaz de aglutinar en poco tiempo, gracias al carisma de su anfitriona, a los hombres de buena fe, satisfechos del poder de la conciencia.

El hecho de que fuera una heroína –la cual había bajado de la ceja oscura del monte, vestida aún con su uniforme y fusil guerrilleros–, despertó una simpatía sin igual entre la intelectualidad latinoamericana, que apuró sus maletas al llamado de la solidaridad para cantarle a la joven revolución con sus coplas llenas de esperanza, de amor, segura de que al fin había llegado la segunda y definitiva independencia para el continente de Bolívar y Martí. Y Cuba fue, desde entonces, gracias a su Casa grande, plaza para luchar por una justicia abiertamente antimperialista y de emancipación total.

Resultó extraordinario que, en medio de la convulsión misma provocada por las múltiples transformaciones de la Revolución, aquella combatiente –comprometida con la justicia social, involucrada en múltiples frentes y con un sinnúmero de tareas–pudiera dedicarse, desde el campo de la cultura intelectual y artística, a comunicarse con figuras relevantes de las más diversas procedencias sociales, corrientes políticas y filosóficas, y ganarlas para el reconocimiento de Cuba como país libre y antimperialista.

Y allí, arropados por el cariño de Yeyé –la mujer que los acunó maternalmente–, nacieron los muchachos de la Nueva Trova, con el sueño hecho realidad de poner su guitarra al servicio de la nueva ideología; el Premio Literario, orgullo curricular de sus ganadores; y la posibilidad de que pintores, profesores, filósofos, políticos, periodistas y hacedores de revoluciones hallaran, a la sombra del árbol de la vida, genuinos espacios para exponer sus obras e ideas universalmente necesarias.

Como viejos amigos crecieron, igualmente a su lado, Mariano Rodríguez, Fernández Retamar y el muchacho de alto talle y exuberante melena, nuevo piloto al frente de los designios que asume hoy la Casona. Difícil resulta recorrer las oficinas y los pasillos del inmueble, sin advertir la presencia de su fundadora, orgullo legítimo de sus vecinos de Encrucijada.

Todo en la Casa parece evocarla. Haydée sigue allí interrogando, polemizando, dibujando el rumbo; cada vez más cercana a los jóvenes, asumiendo riesgos, batallando sin descanso, por las mejores causas: las de los más humildes.

Yeyé continúa siendo el alma insuperable de Casa de las Américas; y esta institución, de alcance continental, la expansión de esa luz con uniforme de mujer, que, a la vez que ilumina, nos recuerda, bajo el estruendo del machete y el fuego de las balas, el apotegma del Titán de Bronce.

Mientras los fusiles aguardan, la poesía sigue su batallar por toda la justicia.

Amador Hernández Hernández

amss/Tomado de Granma

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