El idioma de la poesía, la paz y el amor

Foto: Granma

¡Idioma español! ¡Antiquísima lengua de Castilla! Idioma nuestro, henchido secularmente por sus encantos poéticos. Soberbio instrumento con el que han escrito sus grandes obras los miembros de la realeza intelectual española e igualmente el Inca Garcilaso de la Vega y los cronistas de Indias, quienes acompañaron a conquistadores y colonizadores –cruz y espada en mano– en sus aventuras del oro y del comercio para avisarnos de un nuevo mundo virgen y paradisíaco.

Junto con la muerte y la expoliación, males que desvirtuaron lo que de hermoso pudo haber traído el hallazgo de nuevas civilizaciones, llegó, para bien de los americanos –convertidos a porrazo limpio a la “civilización de la cristiandad”– la lengua del naciente estado español con todos sus aromas y sabores del ibérico bueno, honrado y caballeresco; y con la belleza de los magnánimos muros que cuidaron de sus castillos y palacios.

Nadie como la poetisa Sor Juana Inés de la Cruz para derramar, en su lírica, los verdaderos matices de una América llena de gracia, donde los artificios y el aliento pesimista del barroquismo español no tuvieron cabida. Fue acá, en la tierra cultivada por el mítico Gran Semí, donde la lengua castellana definió su real alcance, que le llega hasta los días de hoy y que ha colmado de universalidad la literatura de los nobles poetas, trovadores, ensayistas, narradores, dramaturgos, políticos, filósofos e historiadores de nuestra América; pues gracias a ellos el idioma cervantino es uno de los más hablados y leídos del mundo.

Como es recio y viril, no es idioma de esclavos, puesto que fue bronce épico el 2 de mayo cuando el pueblo español defendió, a coraje limpio, su derecho a la libertad; espada, fulminante en las proclamas del Libertador; grito enérgico de rebeldía y guardián siempre celoso de las libertades en la arenga del padre Hidalgo, cuando levantó a México sobre las cadenas del vasallaje; machete afilado en el verbo incendiario del Padre de la Patria; aurora luminosa de justicia y libertad en el Manifiesto de Montecristi, redactado por José Martí; argumento decisivo en la defensa de Fidel Castro en el juicio del Moncada y verdad irrefutable en la voz de un pueblo creativo, defensor de su cultura y de su derecho a la libertad.

Canciller admirable de la cultura del pueblo español, sigue siendo el vínculo prodigioso que une y vertebra una comunidad de naciones; comunidad que algún día, tal vez no lejano, presidirá la gran anfictionía de pueblos hispano-americanos que tendrán como objetivo la culminación de las más altas realizaciones espirituales.

Conservarlo y alimentarlo –con la exquisita miel con que Sancho y el Quijote nutrieron la boca del asno– es deber de todas las instituciones educativas y culturales, pero, sobre todo, de la familia; porque es, en esa primera geografía vital, donde el niño se pone en contacto con las herramientas de la comunicación.

Amador Hernández Hernández

amss/Tomado de Granma

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