Héctor Quintero: teatro, ciudad y vida

Héctor Quintero. A una década de ser apagado de golpe su ímpetu creativo aquel 6 de abril del año 2011, puede descansar en paz el maestro: esta Habana lo recuerda. Foto: Tomada de Cubadebate

Habanero hasta la médula, al punto de que 10 años exactos de su partida física no logran empañar la conexión casi mística entre la obra de Héctor Quintero (1942-2011), el más exitoso de los dramaturgos cubanos, y esa capital palpitante que concibió para sus personajes.

Un legado adherido al devenir de la urbe en las etapas más complejas de la pasada centuria: la Cuba lacerada y absurda previa a 1959; la dureza y grisura con que cerrara el XX insular, sobre todo para sus protagonistas de siempre, al margen de cualquier hipótesis de glamour. Seres cincelados por la retadora cotidianidad, de absoluta raigambre popular; pero trascendentes desde su obsesión por aferrarse a la esperanza, a algún precario sueño de progreso que los rescatase de la adversidad y las frustraciones que les tocaron en suerte.

Amor y compasión por unos caracteres y entorno de los cuales bebió con desquiciada avidez.

El ingenio de Quintero resultó efectivo a la hora de extraer de las circunstancias trágicas el más hilarante humor; esa finísima frontera entre la risa y el llanto donde algunos advierten las claves de nuestra latinoamericana identidad y, no faltaba más, las bases clásicas del género dramático.

Deudor de la tradición vernácula cubana, el autor, nacido y criado en la barriada de El Cerro, miraba su Habana con vocación arqueológica. La respiraba y sentía su latir profundo.

De la miseria de un asentamiento periférico pre-revolucionario en el Luyanó recóndito de “El premio flaco“, al donaire de las zonas “centrohabaneras” en decadencia hacia 1958, otrora refugio de la clase media urbana que bien encarna la orgullosa, pese a desheredada, familia de “Contigo pan y cebolla“. Junto a ellas la urbe acelerada y volcada al consumismo durante los prósperos 80, cuyos ecos traspasan el humilde hogar de la protagonista en “Sábado corto“, hasta el Vedado modernista y aséptico que acompaña, por contraste, la vulgaridad y la crisis de valores que tratan de imponerse en los años del período especial, tan exactamente retratados en “Te sigo esperando“, su pieza más significativa de los 90.

Nada escapaba al catalejo del autor en términos espaciales ni temporales a la hora de enfocar los vericuetos de su ciudad. Justo la que no puede olvidar ahora, entre otros, sus aportes como director y actor de la compañía de Teatro Musical de La Habana; locutor; compositor; guionista; realizador audiovisual a través de la virtuosa telenovela “El año que viene“; o colaborador con la cinematografía del patio, principalmente a partir de las adaptaciones hechas en pleno siglo XXI a dos de sus más conocidas obras, una de las cuales no pudo ver terminada.

Evocar todos sus reconocimientos haría interminable este homenaje, desde el Gran Premio del Instituto Internacional de Teatro en 1968 (contando apenas 26 años) hasta el otorgamiento de su Premio Nacional de Teatro en 2004; una lista, en verdad, abarcadora. Tras ellos la admiración incondicional de su público, de los dramaturgos cubanos y del mundo entero.

A una década de ser apagado de golpe su ímpetu creativo aquel 6 de abril, puede descansar en paz el maestro: esta Habana lo recuerda.

Pavel López Guerra

amss/Tomado de Tribuna de La Habana

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