Los cien de Cintio

Foto: ACN

En la calle Compostela, un anuncio con letras de perfecta geometría invitaba a clientes potenciales a lustrarse los zapatos de la mano del limpiabotas con título. A pocos pasos, al doblar por la esquina de Obispo, una puerta estrecha daba acceso a la librería La Victoria, frecuentada por muchos porque, al cabo de algún regateo, podían obtenerse novedades a precios asequibles.

En las tardes, la enorme humanidad de José Lezama Lima obstruía la entrada. Allí aguardaba a los más cercanos componentes del grupo Orígenes para la habitual tertulia del café Europa. En tiempos difíciles habían encontrado en la poesía, el arte y los estudios literarios, un coto de resistencia, un ejercicio de creación y diseminación de saberes, siempre fecundante y en espera de un porvenir mejor.

Comenzaron por reunirse en el apartamento de las hermanas García Marruz, en La Habana del centro. Lo harían luego en la casa de Eliseo Diego, en el entorno todavía semirrural de Arroyo Naranjo. De la prosa de Lezama dimanaba un núcleo generador de ideas. Paulatinamente, Cintio Vitier se fue haciendo cargo de sistematizar una plataforma conceptual.

Por muchas razones, yo había observado los pasos de la revista Orígenes desde una distancia respetuosa. Finalizaban los 50 del pasado siglo, en los días más sombríos de la dictadura de Batista, cuando asistí, como una oyente más, al ciclo de conferencias ofrecidas por Cintio en la Sociedad Lyceum sobre lo cubano en la poesía. Podía discrepar de ciertos enfoques. Pero, en medio del fragor de otras batallas, el relato histórico de Cintio Vitier, conducido a través de la construcción de sucesivos imaginarios poéticos, se convertía en ancla y en incitación para reflexionar acerca de qué somos y de dónde venimos, a situar las duras circunstancias del momento en un contexto más amplio.

Después del triunfo de la Revolución, el vínculo se hizo más cercano. Nos convertimos en compañeros de trabajo. Bajo la égida de María Teresa Freyre de Andrade, la Biblioteca Nacional devino uno de los núcleos proliferantes de la vida cultural de la época. Unidos en un mismo empeño, ahí estaban Cintio Vitier, Fina García Marruz, Eliseo Diego, el músico Argeliers León, el historiador y demógrafo Juan Pérez de la Riva quien, junto a Manuel Moreno Fraginals, visitante asiduo, animaría las tertulias de peso decisivo para la formación de las jóvenes generaciones de investigadores.

En la Biblioteca Nacional, recién trasladada a la instalación que hoy ocupa, todo estaba por hacer. Había que promover la lectura entre niños y jóvenes, estimular la apreciación de la música y de las artes visuales. A la apremiante demanda de proyección pública, se añadía la impostergable necesidad de ordenar la papelería arrumbada en los oscuros y polvorientos almacenes. A esta modesta faena se entregaron Cintio Vitier y Fina García Marruz, sin temor a desafiar el calor agobiante y la suciedad acumulada.

Ese trabajo paciente se tradujo en resultados de mayor alcance. De los documentos salvados del olvido, Cintio Vitier extrajo la información requerida para emprender su relectura de la cultura cubana en el siglo xix. No se trata tan solo de Ese sol del mundo moral, quizá el más difundido entre todos sus ensayos. Mucho menos recordada, su recopilación antológica en tres tomos de la crítica literaria cubana en ese propio siglo contiene valiosos ensayos introductorios, reveladores de la articulación secreta entre el modo de asumir la creación artística en diálogo con los contextos epocales específicos.

Testimonios vivientes de una época, los textos rescatados por Cintio Vitier suscitan interrogantes y reflexiones aún vigentes. Bajo el dominio colonial, en el doloroso paréntesis cronológico que separó el Pacto del Zanjón del estallido de la Guerra Necesaria, los intelectuales no renunciaron a su ininterrumpido laboreo. Atentos a los sucesos del mundo circundante fijaron su mirada en Cuba, sin dejar por ello de mantenerse informados respecto al acontecer europeo.

Supieron de la obra renovadora de Baudelaire, de la narrativa naturalista y de la repercusión del positivismo en el desarrollo de la teoría literaria. Comprendieron que el ejercicio de la crítica no era una práctica académica protegida por el manto de una supuesta neutralidad. Sopesaron los valores artísticos de las obras sometidas a estudio y análisis.

Al asumir el ejercicio responsable del criterio, tenían clara conciencia de estar participando en una decisiva confrontación de ideas. Con el sabor amargo de la derrota, algunos sucumbieron a las tentaciones del autonomismo. Tal fue el caso del brillante orador Rafael Montoro. Los hubo con inclinaciones anexionistas. En este contexto crepuscular, el ideario separatista también se mantuvo activo en las voces de los más ardientes y lúcidos polemistas.

En el complejo debate de ideas contemporáneo, la tarea creativa de la crítica consiste en establecer los vínculos entre texto y contexto, según la perspectiva del especialista. Así, abandonando caminos trillados y rutinas del pensar, habremos de rendir justo homenaje a Cintio Vitier en su centenario. Porque el autor de Ese sol del mundo moral sigue estando en la pelea por la salvaguarda de la nación.

Tomado de Juventud Rebelde

Impactos: 24

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

20 − 2 =