Bitácora Soberana

Foto: Tomada del periódico Invasor, diario online de la provincia Ciego de Ávila

Día cero

Saludos, me presento: soy VD-680-3, sujeto del Ensayo Clínico de la vacuna Soberana02, o al menos lo seré a partir de hoy.

Ayer en la noche la enfermera de la familia llamó a la hora del noticiero: “¿Quieren vacunarse?” “¡Claro que sí!” Doce horas después llegábamos al Policlínico Vedado con los hombros listos para el pinchazo. Ya pasaron las 11:00 (hora local), seguimos aquí, pero hoy no habrá vacuna.

Después de explicar los síntomas adversos que pudiéramos presentar, los medicamentos que no podremos y las llamadas y visitas que nos harán los siempre dispuestos estudiantes de medicina, unas tres personas salieron del aula donde estamos, otras 17 todavía resistimos.

Me hicieron un test de antígenos, afortunadamente negativo; me tomaron la presión, temperatura, peso, estatura; y hasta una prueba de embarazo.

hora estoy esperando para el “cuéntame tu vida” frente a una pizarra olvidada que todavía tiene la fecha de la última clase: 6 de marzo de 2020.

“¿Fumas? ¿Bebes? ¿Tienes alergias? ¿Tienes tatuajes en los brazos? ¿Alguna enfermedad asociada? ¿Antecedentes en la familia? ¿Tomas anticonceptivos? ¿Respiras bien? ¿Has tomado antibióticos en los últimos siete días? ¿Estás dispuesta a venir hasta aquí o ir al consultorio cada vez que sea necesario en los próximos tres meses? Firma aquí para dar tu consentimiento.”

Después de escribir mi nombre y firmar unas cinco veces, finalmente me dicen las palabras mágicas: “Ven a vacunarte el jueves”.

Como buena veinteañera publiqué la experiencia en redes sociales y llegaron mensajes de todo tipo: “¡Ay, qué bueno!” “¿Ahora ya no tienes que usar el nasobuco?” “Yo también quiero, ¿qué tengo que hacer?” “A mí eso me da miedo, ¿y si me sale otro pie?” “Eso es mentira.” “Ten cuidado no te vayan a inyectar agua.” “Yo no confío en eso.” “#YoMeVacuno”.

Día uno

Es hoy. Finalmente voy a recibir la primera dosis. Estoy sentada con el variopinto grupo de “Menores de 65 años, sanos”. No les voy a mentir, me siento nerviosa; a nadie le gusta que lo inyecten. Entonces me acuerdo de mis abuelos, de mis sobrinos, de las cifras, de que el Dr. Durán lleva un año sin dormir una mañana, de que hace 12 meses no pongo un pie en la universidad. Nervios fuera, aguja dentro.

Hace una hora me vacunaron con Soberana, el dolor inicial es solo una molestia, “Seño, ¿la vacuna da sudoraciones?” “No, mi vida. Es que se rompió el ventilador”. Presión arterial: normal. Temperatura: normal. Ritmo cardíaco: un poquito acelerado, pero nada del otro mundo. “Listo, ya te puedes ir. En 28 días te toca la otra dosis. Si sientes cualquier “cosita” la anotas en este papelito”.

De camino a casa hago el recuento. Un año y 13 días, eso fue lo que tardó en llegar hasta mí la vacuna contra la COVID-19. El miedo a salir a la calle se redujo un 15 por ciento; las ganas de abrazar a mis amigos se multiplicaron ante el pensamiento de que pronto será real, posible. Dos pinchazos es todo lo que se interpone entre nosotros y las escuelas llenas de nuevo. Solo dos.
Cuando los más de 40 mil sujetos vacunados durante el ensayo hayan recibido sus dosis, no tengan miedo de hacerlo. Piensen en esos números. Un año. Dos inyecciones. Una vida sin COVID-19.

Susana Besteiro Fornet
Se despide hasta la próxima dosis, VD-680-3.

amss/Tomado del Sitio Soy Habana en Telegram

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