Revolución a golpe de fotogramas

Foto: ICAIC

Por/PAVEL LÓPEZ GUERRA

Rebasar las seis décadas de creado y aún así mantenerse al centro de los debates culturales más intensos que alientan a su nación de origen, no es virtud de la cual muchos organismos en la Mayor de las Antillas puedan vanagloriarse. Sesenta y dos años exactos han transcurrido desde el alumbramiento, un 24 de marzo, del Instituto Cubano del Arte e Industrias Cinematográficos (ICAIC), corroborando que el anhelo de sus padres y artistas fundadores jamás conoció la debacle.

El gesto de crear una entidad rectora de la creación fílmica en el país parece haber logrado su cometido supremo: erigir un arsenal de imágenes entrañables y tributar a la forja de nuestra identidad, con boleto de no retorno a los espacios más recónditos de la memoria colectiva y el imaginario popular. Si una manifestación puede respirar confiada de la pegada y fidelidad a prueba de balas de su público potencial en la Cuba pos 1959, esa es el séptimo arte.

Para verificarlo enfrente apenas las instantáneas de un Sergio escudriñando con su catalejo esa Habana que percibe como maqueta; o las de una dama decimonónica de nombre Lucía clamando por una gardenia. Piense en un grupo de aristócratas enmoheciendo a la par de su mansión; en aquel Conde que limpia sus culpas con la última cena para sus esclavos; o en el rostro de Daisy Granados, lo mismo en estado de crispación frente al bombardeo de huevos que corona su intolerancia, que rejuvenecida por un purificador baño de mieles ritual. Sométase a la despampanante Rachel en embriagador coqueteo desde los balcones del teatro Alhambra; a David y Diego en plena diatriba sobre sabores en la heladería Coopelia; a un mambí de nombre Elpidio alebrestado tras un toque de “a degüello”; o simplemente a Lalita en trance sobre una azotea habanera invocando la ignota Madagascar.

Cualquiera de estos flashazos despertaría en un cubano relloyo las fibras de lo reconocible y de lo afectivo. Y es mérito absoluto de nuestra máxima institución fílmica.

Una empresa que jamás se contentaría, no obstante, con el reduccionista concepto de “factoría de sueños”. Amparado en el pensamiento de su máximo líder y teórico Alfredo Guevara, el ICAIC se empecinó desde sus albores en un proyecto de rescate de la historia cubana y en devenir centro de discusión sobre la realidad actual en el contexto de los acuciantes procesos de descolonización que le tocaron en suerte.

Justo por su apego o distanciamiento circunstancial de algunas de sus premisas encabezó diversas polémicas culturales desde ese arranque, ya sea por su desprejuiciada mirada a las vanguardias cinematográficas europeas a la hora de coordinar la programación en las salas en los años 60, la supremacía de la temática histórica en detrimento del rastreo crítico a la contemporaneidad posterior al primer Congreso de Educación y Cultura en 1971, el abuso de la comedia costumbrista urbana y los tintes “populistas” en los holgados 80, el alcance de la crítica, su función y la libertad del artista revolucionario en los 90 o, ya en pleno siglo XXI, la articulación de una vanguardia audiovisual que pudiese independizarse y producir fuera de los marcos de la institución.

Con todas ellas se ha fortalecido sin menguar una obra a la que cabría anexar, entre otros, sus tributos al periodismo cinematográfico, la producción animada, el universo editorial con la revista Cine Cubano y el sello ICAIC, al diseño gráfico con sus mundialmente célebres carteles publicitarios o la organización ininterrumpida, aún en época de COVID-19, de su incólume Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

Pretextos de sobra para que festejemos desde Tribuna de La Habana su nacimiento y vitalidad. Obra insoslayable, discurso eternamente cuestionador y actualizado, vocación de forja identitaria… Revolución, en fin, a golpe de fotogramas.

odh/Tomado de Tribuna de La Habana

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