Foto:Portada del libro

Sé, mujer, para mí, como paloma / Sin ala negra: / Bajo tus alas mi existencia amparo: / ¡No la ennegrezcas! / Cuando tus pardos ojos, claros senos / De natural grandeza, / En otro que no en mí sus rayos posan / ¡Muero de pena!

El tiempo no sabría borrar la imagen que, con voz incluida, guardo de la profesora Élida Grass, en la que se desdoblaba para mostrar, ante un aula que la escuchaba atónita, la intensidad de esos versos martianos con el que disfrutaríamos hasta lo indescriptible las honduras de un análisis literario.

Procuraba que advirtiéramos desde el principio el significativo contraste entre el “paloma sin ala negra” de las primeras líneas, y el que cerraba  aquella hermosura que escribiera el Apóstol: Cuando miras, envuelves, / Cuando miras, / Acaricias y besas: / Pues, ¿cómo he de querer que a nadie mires, / Paloma de ala negra? Y entre preguntas heurísticas, y animadas respuestas, lográbamos reconocer a un Martí humanísimo, delicado y un tanto celoso en sus reclamos, queriendo solo para sí, aquella dama que inspiraba tan sentidas letras.

A pesar de la identificación con ese en especial, no era la primera vez que un poema amoroso suyo se me colaba en la memoria. Otros completos, o parte de algunos, eran desde hacía mucho, materia archivada para acariciar el pensamiento. Para entonces ya anidaban, por solo hablar de unos pocos, los versos sencillos (IV), en los que el amante melancólico volvería al sitio donde estuvo a solas con la dama que, nerviosa, “deshizo los lirios rojos / que le dio la jardinera”. O aquellos en los que, a sabiendas del daño que de algunas se pudiera esperar, el poeta dictaminara: “Pero no empañes tu vida / diciendo mal de mujer”.

Lejanamente aprendidos, guardo, también de la misma colección, los marcados con el número XLIII, de sutiles sensualidades: “Mucho, señora, daría / Por tender sobre tu espalda /Tu cabellera bravía, / Tu cabellera de gualda: / Despacio la tendería, / Callado la besaría. (…)”.

Por hallarse entre los más publicados, resultan conocidos estos breves ejemplos de la poesía amorosa de José Martí, como también lo son, de Versos Libres, “Bosque de rosas”, “Sed de belleza”, “Amor de ciudad grande, Copa con alas…” A este último pertenecen estos versos a los que  tantas veces se acude, cuando la palabra enamorada no alcanza: “Tú solo, solo tú, sabes el modo / De reducir el Universo a un beso!”.

Pero hay mucho más: agrupados bajo el rubro de “Polvo de alas de mariposa” y de “La pena como un guardián”, y entre sus poemas dispersos, se recogen también verdaderas joyas líricas en las que el más grande de los sentimientos inspira al más universal de los cubanos.

“El cuerpo me sacude y enamora / Y pálida de amor el alma llevo; / Yo quiero, –¡Oh fin de males!– / Con labios nunca iguales / Un beso siempre nuevo!”, dice Martí en un texto publicado en la Revista Universal, México, en 1875; y en otra ocasión escribe: “Cuando viene el verso / No se sabe bien: Pasas tú, –y el verso / Pasa también”.

Quien se anime a leer estas maravillas movidas por tan sublime emoción las encontrará en un volumen titulado Poesía de amor, con selección y prólogo de Luis Toledo Sande y sello de Letras Cubanas.

Acercarse en enero a estas páginas, cuando Martí nos ilumina con mayor intensidad, bien puede ser un modo de saludar la belleza del mundo, esa que desde su íntegra dignidad procuró apreciar, incluso entre los intersticios de las fealdades.

Madeleine Sautié

amss/Tomado de Granma

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