Entrada del Ejército Rebelde a La Habana

Hace exactamente sesenta y dos años, en el que fuera el principal enclave militar de la dictadura batistiana, se escuchó por vez primera una voz de mando diferente que alistaba a todo un pueblo para los nuevos combates que habrían de sobrevenir: “Creo que es este un momento decisivo de nuestra historia: la tiranía ha sido derrocada. La alegría es inmensa, y sin embargo, queda mucho por hacer todavía. No nos engañemos creyendo que en lo adelante todo será fácil; quizás en lo adelante todo sea más difícil.”
Era el 8 de enero de 1959 y eran las premonitorias palabras de Fidel alertando a millones de cubanos sobre las futuras complejidades y dificultades que sería preciso encarar a partir de ese momento: ni más ni menos la alta cuota de entregas, de sacrificios y de riesgos que demanda cualquier Revolución, si es verdadera.
Aún el líder supremo no había hablado -como haría poco más de dos años después en el preludio de una invasión mercenaria- de un proyecto social “de los humildes, por los humildes y para los humildes”. Pero los pobres de esta tierra ya lo asumían de ese modo, mientras el joven y barbudo profeta aseguraba que había sido el pueblo quien había ganado esa guerra de liberación, y por eso ante todo estaba el pueblo.
Ese mismo pueblo que había colmado con su júbilo y su agradecimiento cada palmo del territorio nacional por donde pasara aquel triunfante ejército: esa Caravana de la Libertad que vino desde Santiago de Cuba hacia La Habana, porque era a la capital cubana donde debían llegar los vencedores para consumar la victoria con que se había iniciado aquel año inolvidable.

Ese mismo pueblo mil veces heroico que ha librado desde entonces incontables y colosales batallas por la supervivencia de la Revolución y sus más nobles conquistas, como lo hiciera en Girón, en la lucha contra bandidos, durante la Crisis de Octubre; como lo sigue haciendo en fábricas y surcos, en hospitales y escuelas, en calles y plazas; en cada lugar donde ha sido necesario defender y garantizar a cualquier precio ese mejor porvenir que merece nuestra patria; que merece esta Habana donde aquel 8 de enero de 1959 una paloma detuvo su vuelo sobre el hombro del líder de entonces y de siempre, como un eterno símbolo de paz y de victoria.
amss
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