Cuba culta, Cuba viva

Obra La señora de la nube, de Lesbia Vent Dumois

Con ingenio de maestro explicaba hace mucho el intelectual cubano Roberto Fernández Retamar, la utilidad que tiene para el verdadero hombre, dígase ser humano en toda su plenitud, una poesía, una canción o una pieza de teatro. 

Si bien de la muerte a manos del enemigo nos podría librar un fusil o un puñal…, otra arma, nacida, “fabricada” y disfrutada por el espíritu nos ponía a salvo de un estrago mayor, el del vacío del alma. Para que el hombre abandone los aspectos más primitivos, y refine su vida, decía el poeta, era preciso tocar con las manos la cultura, riqueza inigualable sin cuyos influjos no estaríamos completos.

De estas realidades muy bien sabía aquel que se propuso, siguiendo “las doctrinas del Maestro”, transformar con la Revolución, los rumbos de Cuba, torcidos y afrentosos antes del triunfo de 1959. Entre tanto que cambiar, hubo un imperativo, no menos prioritario que los otros: iluminar el mundo interior de los que no importaban a nadie. Por eso, de punta a punta de la Isla hubo, entre los faros primeros, que alfabetizar a un pueblo entero. Por eso se pusieron libros ante los ojos recién “abiertos”.

El libro, la escuela, la educación, las campañas por el 6to. y el 9no. grados, los beneplácitos para quienes iban venciendo batallas, la realidad de tantos que, de no tener la menor posibilidad de estudiar, se convirtieron en renombrados académicos, entre muchos otros ejemplos, son argumentos que avalan esa frase, nunca en vano repetida, la de la luz de la enseñanza –atajo expedito a la cultura– que la Revolución ofreció a los que nunca hubieran podido, de no ser por ella, gozar de la consumación humana.

En medio de un complejísimo contexto de guerra encubierta, Cuba tendría que definir el destino de su política cultural. Para su líder, consciente de las beligerancias que sobre el país se cernían, era columna definitiva. Durante tres días, Fidel escuchó, con actitud de sabio, las preocupaciones de los escritores y artistas, y solo después de esa esencial condición comunicativa, pronunció sus memorables Palabras a los intelectuales, hoy recogidas en un documento al que habría que volver toda vez que se olvide su savia, o que se busque saber cuál fue el hálito de la Revolución en materia de cultura desde sus inicios.

Serpenteadas por disímiles preguntas –que, dada la naturaleza del espacio donde tuvieron lugar, fueron una invitación a pensar en colectivo–; por expresiones arrellanadas en un intercambio sostenido desde la confianza, por la fuerza de los argumentos; por risas y espontáneos aplausos, Palabras a los intelectuales no fue otra cosa que un largo diálogo, modelo de lo que acontecería sucesivamente dentro de las instituciones cultuales ya existentes y de las que, desde entonces, se fundarían. 

Raíz y suma de esta política, Palabras… fue un convite a tributar, a hacer por el otro, a derribar la ignorancia y las puertas clausuradas a los desfavorecidos: «¿Cómo van a participar en este proceso? ¿Qué tienen ustedes que aportar en este proceso?», inquiría Fidel. Y con ello invitaba a construir nuevas realidades en la «zona» emocional y afectiva de Cuba. Había que formar un lector, un espectador, un público, y eso, desde entonces, ha sido y sigue siendo una prioridad de la Revolución.

Heredadas de Fidel y nuestros más descollantes intelectuales, resultan hoy permanentes prácticas que propician el perfeccionamiento continuo de nuestras instituciones, a las que se refería el Presidente cubano en el IX Congreso de la Uneac –ejemplo de ejercicio democrático al celebrarse después de largos meses de intercambios en las bases–, cuando aseveraba que ellas existían por y para los creadores y no a la inversa, y exigía, en esa intervención varias veces ovacionada, que la Uneac debía ser más proactiva en sus bases, e indagar qué misiones cumple cada una en función de aquellos a quienes representan y qué ámbitos de discusiones debían liderar.

Aludía entonces al milagro del país en que nos hemos convertido, palpable cuando de forma natural asistimos a un espectáculo de ballet o danza, de música, o de teatro, a ferias del libro, de artesanías, a galerías, a descargas de rumba o a escuelas de arte, y con justeza agradecía tanta maravilla a los padres fundadores, seguidos después por Fidel, intelectual él mismo, aquel que en los años más duros de periodo especial sostuvo, a sabiendas de los cimientos que son la cultura, que era ella lo primero que había que salvar.

En marzo pasado asistía Díaz-Canel al balance del Ministerio de Cultura, y exhortaba ante un nutrido grupo de participantes a combatir desde los contenidos de la cultura, de nuestra historia y de nuestros valores «con inteligencia, honestidad y valentía», la guerra de pensamiento que no se nos deja de hacer. El Presidente insistía en que, entre los retos fundamentales del Ministerio, estaba buscar un mayor avance en las respuestas al Congreso de la Uneac. Y recordaba el seguimiento propio en espacios mensuales para chequear de cerca los temas fundamentales de la política cultural.

Hoy, tras vivir el país meses de inestimables proezas, frente a un escenario mundial, minado de un virus que provoca dolor y muerte, y asediado como nunca antes por medidas asesinas, dictaminadas por el imperialismo yanqui, que incluyen propiciar un estallido social en la Isla y protagonizan seres sin escrúpulos, vuelve a advertirnos el Presidente sobre las razones por las que, con esos fines, se ha atacado a nuestra cultura.

“En Cuba, Cultura y Revolución son equivalencias desde el origen mismo de la nacionalidad. Baste recordar aquel 20 de octubre en que Perucho Figueredo escribió la letra del Himno de Bayamo a la grupa del caballo sobre el que se lanzó al combate junto a Céspedes. Apuntar a la Cultura, a la fractura de la Cultura cubana, es apuntar al corazón de la Revolución Cubana, a la identidad nacional”.

Habla el Presidente, y el pueblo, que experimenta la extraordinaria generosidad de su Revolución, lo sigue. Cuba sabe cómo es que puede resistir en el más espantoso de los escenarios, y por qué su historia ha sido contada, cantada, pintada y dramatizada en la obra de sus artistas. Sabe que el castigo imperial tiene la misma edad de sus desafíos y que cansarse es entregar no solo el cuerpo, sino la espiritualidad alcanzada. Si Cuba vive, si está más viva que nunca, es por el privilegio de contar con un entramado emocional que le debe a su cultura.  

Madeleine Sautié 

amss/Tomado de Granma

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