Todo es música y razón

Foto: Obra de Diana Balboa / Granma

El año que se despide parecía ser grande y fértil para la música cubana: presentaciones internacionales exitosas, nuevos públicos conquistados, plazas domésticas consolidadas, confirmación y emergencia de talentos y avances en la industria cultural. Entonces, en marzo, se desató la pandemia de la COVID-19, y la vida del país, como la del resto del mundo, se trastocó. Pero ni la música ni los músicos cubanos rindieron sus armas; por el costado más inesperado dieron testimonio de identidad, resistencia y creatividad.

En una nación que cuenta con alrededor de 21 mil profesionales en el sector de la música y los espectáculos, ninguno  quedó  desamparado. Mientras que, desde Europa, durante la pasada primavera, llegaban noticias acerca del terrible impacto de la enfermedad en el gremio –cierre de circuitos y teatros, escasas ayudas, agobios financieros y desempleo– y en Estados Unidos, a la altura de agosto, un estudio de la Brookings Institution revelaba la cancelación de 123 mil 639 empleos en la actividad musical, y pérdidas ascendentes a 1.2 billones de dólares, el Estado cubano, bloqueado y criminalmente sancionado por la potencia económica más influyente del  mundo, garantizó, mes tras mes, una sustantiva protección salarial a todos y cada uno de los músicos afectados.

El Ministerio de Cultura y el Instituto Cubano de la Música pusieron en marcha un programa alternativo para la promoción artística y el acompañamiento espiritual a la población, sometida a los avatares de la pandemia.

En un medio social donde la informatización ha multiplicado las plataformas de difusión cultural, la red Streaming Cuba, enlazada con decenas de páginas de las instituciones culturales, posibilitó no solo la irradiación de 198 conciertos, sino también el estreno y posicionamiento de un centenar de videoclips representativos del más amplio espectro creativo sonoro.

Más allá de las estadísticas, vale destacar hechos puntuales. No es casual que una canción haya sido abrazada por la inmensa mayoría de la población como símbolo del espíritu de resistencia contra la pandemia y de la ofrenda internacionalista y solidaria cubana. Valientes, de Israel Rojas, por el dúo Buena Fe, no nació de un encargo, se hallaba en la trama del disco Carnal, presentado en 2019. Pero por su carga conceptual y emotiva, que exalta la capacidad de entrega individual y colectiva al bien común –el autor confesó haber encontrado inspiración en ese extraordinario poema de Roberto Fernández Retamar, “El otro”, escrito el primer día de enero de 1959– devino himno y bandera del momento.

Cómo no vibrar ante el estreno el pasado 20 de octubre, Día de la Cultura Cubana, cuando vio la luz la producción audiovisual de “El mambí”, criolla icónica de Luis Casas  Romero, en la versión del siempre recordado Santiago Feliú, que puso nuevamente de relieve la tradición patriótica de la música cubana.

Nadie dictó pautas para que decenas de músicos, como José Luis Cortés, El Tosco, o Alejandro García Villalón, Virulo, concibieran originales y empáticos temas de urgencia para promover conductas socialmente responsables ante la pandemia, como tampoco nadie indujo a Cándido Fabré para que, desde la azotea de su casa en Oriente, lanzara una guaracha alusiva a la protección sanitaria. Ellos y otros ejercieron la libertad de expresión responsable y comprometida que algunos neoanexionistas pretenden  negar en el contexto insular.

Si alguna experiencia de estos meses difíciles debe ser potenciada en lo adelante, debe ser la que apunta a la explotación de los recursos digitales. Algo debe quedar claro: los conciertos y presentaciones online y en las redes sociales nunca sustituirán el calibre del contacto en vivo entre los músicos y su público. Ni la educación musical a distancia suplirá la necesaria acción pedagógica cara a cara. Mas deben ensancharse alternativas que han llegado para quedarse. La industria musical cubana tendrá que atemperarse mucho más con el mundo digital y el comercio electrónico.

A esa ventana se acercaron valiosos exponentes de la enseñanza artística. En los Concursos Vivace 2020 y Américas para Todos obtuvieron lauros recientes, en piano, Adriana y Andrea López Gavilán, Patricia Dot, Laura Areán, Aaron Pérez, Sofía Iraola, Malva Rodríguez, Maikol Pérez y Daniela Santiesteban. Poco antes, la violinista Loreta González Salas lo hizo en Francia.

Por idénticos caminos transitaron las participaciones de entidades vocales cubanas en el exterior. En octubre celebramos los premios conquistados por Vocal Leo y Sine Nomine en el VII Concurso Internacional Ruginit Frunza Din en Moldavia. Diciembre trajo la buena nueva del reconocimiento del Orfeón Santiago en el Festival Internacional Online de Coros de la India.

Particularizar a unos y otros dista de ser un ejercicio formal, sino pretende ser una señal de que la música cubana se mueve, fuera del archipiélago, en zonas no siempre favorecidas, por lo que se da por sentado que nos representa como nación. Claro está que, si se trata de celebrar en grande este 2020, tendremos que cantar y bailar con la Aragón. Por el merecido Grammy Latino 2020 y mucho más. Porque el sonido de la charanga eterna es, como diría Ignacio Piñeiro, lo más sublime para el alma divertir. 

Pedro de la Hoz

amss/Tomado de Granma

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