En las letras de Pablo, su envergadura

Foto: Portada del libro

La literatura suele enraizar palabras en la memoria. Por la emoción que les debo, guardo unas de El héroe, cuento estremecedor de Pablo de la Torriente Brau: “Eran las doce en el campo, en Cuba”. La expresión, que desata expectaciones, nos prepara para recibir una historia narrada con maestría, aun cuando la escribiera tempranamente.

Un viejo telegrafista da un traspié y cae sobre la línea cuando un tren con “rugido de conquista, avanzaba incontenible”. A los presentes les cuesta creer lo que están viendo.

“Cuando el monstruo negro dejó libre el espacio entre el andén y las vías ¿nos acercamos o fuimos atraídos? No lo sé… Ya el telegrafista estaba en pie, pálido pero tranquilo, recostado al muro de cemento, con su pierna rota en la vía, y nos dijo con calma: ´Vaya, vaya, ¡por Dios!, dejen esa cara. No ha sido nada. La pierna era de palo; la original está enterrada en el campo de batalla de Ceja del Negro…´”

Se pierde la cuenta de las veces que se vuelve, por especial seducción, a este texto cuando se le ha conocido. La última se la debo a la reciente lectura de Cuentos completos, de Pablo de la Torriente Brau, con prólogo de la doctora Denia García Ronda (Ediciones La Memoria, del Centro Pablo), donde se advierte el singular talento de un autor y su profunda vocación humanista, que más allá de sus delirios por la escritura, se revela también en los designios elegidos para su vida.

En Pablo tiene nuestra literatura a uno de sus más descollantes narradores del pasado siglo, iniciador de la vanguardia y autor de una obra con desgarradores desvelos sociales, escritos con pluma exquisita. Aunque nació en Puerto Rico, haber crecido en Cuba lo hizo también cubano y fue garantía para amarla y luchar por ella.

La experiencia del presidio, entre 1931 y 1933, sufrido por combatir la dictadura de Gerardo Machado, será vertida en su obra, ahora enriquecida con el protagonismo y la condición de testigo de los acontecimientos reflejados.  

“Yo estoy completamente seguro de que no he sido capaz de reproducir con la suficiente fuerza la bárbara, la monstruosa realidad”, escribe. Sin dudar de sus certezas, cuesta creerle cuando El ¡grito!, uno de los cuentos de Presidio Modelo, nos deja el sabor de la impotencia y él ánimo turbado ante lo espeluznante:

“¡El padre oía el grito!… ¡Quinientos hombres de la circular también lo oían… y todos tenían agua para darle al sediento y no se la podían dar!… ¡Papá, que me muero de sed!… ¡Con solo las lágrimas que le brotaban de los ojos le habrían calmado la sed al hijo!…”.

“Dicen que aquel día, el padre pidió permiso para quedarse en la circular, para estar más cerca de la agonía del hijo, y no se lo concedieron… Y por la tarde, a las tres, los asesinos entraron a la celda: ¡Amado Kindelán Sánchez, el 12 506, con la horrible lengua afuera, lamía, muerto, la cruel sequedad del piso!”.

“Me voy a España, a la revolución española. A ver un pueblo en lucha. A conocer héroes…”, sentenciaba el joven Pablo al decidir abandonar la tierra neoyorquina donde se había exiliado tras su lucha abierta en Cuba contra el Asno con garras. Y se fue a Madrid –donde cayera en 1936– a escribir la barbarie de las batallas, como corresponsal de prensa de la Guerra Civil.

Si leer a Pablo incita a la entereza, hacerlo en diciembre –mes que lo vio nacer y en el que un arma homicida lo sacó del mundo, a los 35 años, combatiendo el fascismo– es una forma de revertir la muerte de uno de los tantos hombres que llevaron sobre sí, y en parejas proporciones, la luz de las letras y la rebeldía.

Madeleine Sautié

amss/Tomado de Granma

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