Que nos digan soñadores

Foto: Tomada de Ecured

Estamos comenzando el mes y, de nuevo, los cubanos nos sentimos convocados a honrar la memoria de John Lennon con los habituales conciertos del 8 de diciembre. Sin embargo, en esta oportunidad, nuestro homenaje adquiere matices sugerentes, como que el año del 80 cumpleaños de Lennon también es el de los 40 de su partida a la inmortalidad, además de los 30 del primer concierto que le dedicamos en un capitalino parque del Vedado, y los 20 de la estatua instalada por Villa Soberón en dicho parque, para ser develada por el Comandante en Jefe Fidel Castro, junto a Silvio Rodríguez. Demasiadas coincidencias de aniversarios cerrados como para no dejar de quedarse pensativo, pero detrás de cualquier conceptualización al respecto, lo que prima es la fuerza del amor que se mueve entre nosotros alrededor de Lennon como un universo de profunda humanidad.

Todavía conservo intacta la emoción de cuando Carlos Alfonso –el director de Síntesis– me pidió hace tres décadas que me sumara a la realización de un concierto por Lennon en el parque que hoy lleva su nombre. Fue un hermoso evento matutino donde los vecinos llevaron hasta a sus pequeños hijos en coches, y todos juntos coreamos por igual las canciones de Los Beatles y las del propio Lennon.

Gustó tanto la experiencia, que cada 8 de diciembre en que teníamos las condiciones adecuadas, preparábamos conciertos que podían llegar a ser memorables, como aquel donde invitamos a la Banda Nacional de Conciertos, con canciones de Los Beatles, momento especial en que tuvimos el privilegio de contar con las palabras del Historiador de La Habana, Eusebio Leal. Ya para 2000 se mueve la idea de colocar una estatua de Lennon en el parque, emotivo proyecto que, entre las diversas propuestas, resulta escogida la de Villa Soberón. Y ante la magnitud de semejante acontecimiento, en el Ministerio de Cultura se decide proponerle al Comandante en Jefe la petición de que devele dicho monumento. Jamás podré olvidar la tarde invernal de aquel 8 de diciembre, mojado por una pertinaz llovizna que solo me permitía pensar en las múltiples obligaciones de un Jefe de Estado, cuando me interrumpen el soliloquio con la veloz llegada de los tres carros de la comitiva del Comandante al parque. Fue increíble cómo, de repente, hasta dejó de llover. Pero en realidad, ese preciso instante bastó para confirmarme que siempre tuvimos la razón en no sentirnos como parte del enemigo porque nos gustaba la música de Los Beatles.

Todo esto sucedió en un contexto histórico muy complejo en el cual, mientras yo discutía con mis amigos sobre por qué los Beatles eran superiores a los Rolling Stones, nuestros parientes mayores estaban dispuestos a fajarse con las armas en las manos por la supervivencia misma de la nación cubana. Además, cuando alguien de un ennoblecedor sentido de la ética como Fidel, decide ser parte de la mencionada ceremonia, conocía perfectamente la trascendencia de su accionar. Por eso no accede a la petición de la prensa de retratarse sentado en el banco de la estatua, para evitar manipulaciones insidiosas, a la vez que declara, desde la mayor honestidad, que le hubiera gustado conocerlo, por la amplitud de sus ideas.

No pasó mucho tiempo, para que por la voluntad del Ministerio de Cultura de personalizar diferentes centros nocturnos de la capital, el antiguo club Atelier cercano al parque Lennon, se transformara en el popular Submarino Amarillo. Estamos hablando de un centro cultural que la mayoría de las noches debe cerrarse por capacidad, debido a la buena vibra que allí se comparte. Entonces, no hay que tener demasiada fantasía para creer que, gracias a la cebra que pintamos desde la estatua hasta la misma entrada del Submarino, Lennon la aprovecha por las noches para llegarse hasta la nave en que se inspiró, junto con Paul, para componer la pieza cantada por Ringo.

Y es lógico que él también busque cómo pasarla bien, porque desde que descubre cuánto se le quiere en Cuba, ha decidido “formalizar”su residencia en nuestro país. Gracias a las decenas y decenas de cubanos y turistas extranjeros que lo visitan diariamente, Lennon conoce de nosotros mucho más que lo que cualquiera imagina. Sabe que en nuestro pueblo se conserva viva la esperanza por un futuro mejor posible, porque estamos claros del valor de lo que significa el vivir aquí y ahora, con todos los riesgos que ello implica.

Si para Lennon, tanto como para nosotros, la paz y el amor son eternos, por eso es que escribimos a sus pies esta certeza compartida de que puede que nos digan soñadores, pero no seremos los únicos, al esperar que algún día se nos unan y el mundo sea uno. A este paradigmático músico británico, naturalizado como cubano, le dedicaremos hoy nuestro mejor concierto.

Guille Vilar

amss/Tomado de Granma

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