En torno a la farsa de San Isidro

La farsa de San Isidro. Foto: Tomada de Internet

La Revolución cubana, por su esencia liberadora, y acaso porque tempranamente sus enemigos advirtieron la simpatía universal que suscitaría, nació sentenciada. Pero los verdugos se han quedado con las ganas de ejecutar la sentencia, y convencidos ya de que el suicidio de otras revoluciones no es el final de la nuestra, se desesperan.

Absurda torpeza de quienes ignoran la intuición popular.  Prueban a dividirnos y a lograr que confundamos la decencia con la vulgaridad; despreciables los que fingen ingenuidades para empañar la limpia postura de las autoridades de la Isla ante la provocación.

Sórdidos intereses animan la farsa de San Isidro, montada para inducir desórdenes, y de paso justificar agresiones. Un guion ensayado ya en otras partes se revela aquí, lleno de incoherencias.

¡Qué absurdo! Cuando el agente del orden público derrocha ecuanimidad ante un ser huérfano de obra y decencia, que lo desafía de manera vulgar y lo ofende, los “defensores de la verdad” cuestionan al ofendido, y al que ultraja casi lo canonizan en vida.

Luego, las críticas a Cuba por no cruzar los brazos ante quienes infringen sus leyes. Raro patriotismo el de los que se dicen patriotas y hacen mutis ante la profanación impúdica de nuestros símbolos más sagrados, o peor aún, alinean con tales actos en nombre del arte.

En torno a la trama de San Isidro se han difundido imágenes suficientes –unas cuantas de ellas tomadas por los mismos comediantes– que no dejan espacio a las dudas: el “artista” que en su lenguaje vulgar expone su arte… el de las ofensas; el individuo que por su “trabajo” –y así lo admite– recibe dinero del exterior de manos de un sujeto vinculado a actividades terroristas contra nuestro país; la guarachera “huelga de hambre” y sus jubilosos protagonistas, quienes en sintonía total con Miami, plantean exigencias indignas.

Está el ultraje a la bandera, y la obscenidad de los “pacíficos” en plena vía pública. Y también las visitas y el cómplice “cuchicheo” de funcionarios de la Embajada estadounidense con los actores del show.

Si alguien al principio no entendió lo que en realidad ocurría, si le parecieron legítimos, bien intencionados y justos los ofensivos actos y posteriores reclamos por parte de remunerados papagayos con antifaz, ya tiene elementos de juicio.

Es de suponer que, superado su extravío del principio de la comedia, los confundidos honestos de esos días iniciales demuestren ahora de qué lado están. Porque lo indudable de esta puesta en escena, es la conexión entre los “inocentes” de la Isla y los terroristas del exterior obsesionados por empujarnos a una Primavera Árabe, confundiendo ellos a Cuba con la Caperucita. A estas alturas ya deben tenerlo claro: el lobo aquí no pasará jamás como oveja.

José LLamos Camejo

amss/Tomado de Granma

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