La Habana de Cuba

Uno de los espacios más transitados de la capital. Foto: Juvenal Balán

Una idea puesta en práctica por ese hombre sabio que fue Eusebio Leal, lleva el nombre de Rutas y andares, y siempre ha tenido como propósito fundamental llegar a todos los rincones de La Habana Vieja con la participación activa de sus pobladores. Han sido los propios directivos de la Oficina del Historiador, bajo la guía de Leal, quienes han reconocido que el barrio de San Isidro ha logrado gran afluencia de andantes gracias al entusiasmo y el deseo de sus representantes.

Esa razón poderosa me llevó a adentrarme en esa vecindad y hasta a indagar por la obra social de la Revolución –que incluye 14 consultorios médicos, una clínica de medicina tradicional, una clínica veterinaria, tres círculos y un jardín infantiles y cuatro escuelas-, más allá de que aún predominen espacios afectados por el tiempo. No dudo que esos seres vergonzosamente financiados desde Washington, bajo un ente mal llamado Movimiento San Isidro, tuvo acceso gratuito a esas y otras escuelas, centros de salud y demás beneficios sociales.

En estas fechas, siento que Leal sigue «andando La Habana» y me parece estarlo escuchando, ya sea ante un interlocutor o con un auditorio amplio, refiriéndose a los estudiantes de Medicina que el 27 de noviembre de 1871 fueron víctimas de uno de los más horrendos crímenes cometidos por cubanos pagados por el colonialismo español.

En su voz comprometida y valiente lo escuché repudiar otra acción vil, como la cometida por marines estadounidenses que un 11 de marzo de 1949 se subieron al monumento de Martí en el Parque Central, un verdadero ultraje al más universal y patriota de todos los cubanos.

La Habana está marcada también por lo ocurrido el 4 de marzo de 1960, cuando Estados Unidos hizo estallar el buque francés La Coubre, que transportaba armas y municiones adquiridas por Cuba para defender su ya amenazada Revolución. Ese acto terrorista, además de privar a la nación de tan necesarios armamentos, causó cerca de un centenar de civiles muertos y 400 heridos.

Entonces, ¿cómo pueden imaginarse estos vulgares personajes que alguien, sea de la propia Habana Vieja o del más apartado paraje de Cuba, podría aceptar que un grupúsculo como el de ellos pueda echar raíces en una tierra abonada por la sangre de miles de cubanos?

Recuerden, eufóricos violadores de la ley cubana que claman a Trump como su presidente, que esa Habana Vieja que pretenden manchar, tiene un centro histórico que fue declarado, por la Unesco, Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Más recientemente, la condición otorgada de Ciudad Maravilla del mundo moderno a La Habana, refuerza nuestro compromiso, de hoy y de siempre, con sus valores patrimoniales y su gente.

También me gustaría recordarles a esos personajillos de pacotilla, que San Isidro Labrador era un jornalero, capaz de compartir lo poco que ganaba entre el templo, los más desposeídos y su familia. 

Sus padres eran unos campesinos sumamente pobres que ni siquiera pudieron enviar a su hijo a la escuela. No merece este hombre canonizado, que ningún miserable se escude en su patronímico.

La grandeza de esta geografía no puede ser ultrajada ni en su universo simbólico. La historia de Cuba habita la capital del país para recordarnos a qué pasado renunciamos. 

Elson Concepción Pérez

amss/Tomado de Granma

Impactos: 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

19 − 11 =