El tren de Hershey

Por Angeles Muik

Yo sí lo monté. Nuestro destino… Varadero, la playa azul de mi adolescencia y juventud. Todos los cubanos merecemos el regalo de sus aguas transparentes y cristalinas. Y por ese deseo infinito de conseguir ese color mulato en la piel, junto al sol del verano en sus arenas, valía la pena un viaje en tren.

El de Hershey ha sobrevivido a los avatares del tiempo, sin embargo aún hace la ruta Habana – Matanzas. Pero, no es un tren cualquiera, es el primero y el único con energía eléctrica que todavía circula en Cuba.

En otros tiempos perteneció Hershey, Milton Hershey, el chocolatero americano, que lo mandó a construir hace más de cien años. El recorrido tiene cuatro horas de duración. A mitad de camino sus dos coches, pasan por el poblado del mismo nombre, donde el empresario construyó un ingenio azucarero, en 1916.

El tren, lo monté muchas veces, allá por la década de 1980, salía a las cuatro de la madrugada desde la terminal de Casablanca, un pueblecito ultramarino situado al otro lado de la Bahía de La Habana. Por eso, a las 11 de la noche viajábamos en omnibus para la Avenida del Puerto. La parada más cercana, San Lázaro y Hospital (hoy no existe). Cualquier ruta de aquél entonces nos servía: 127, 82, 57… casi todas terminaban en el Muelle de Luz. Nos quedábamos en la parada de la lanchita de Casablanca, muy cerca de la Lonja del Comercio y del antiguo edificio de la Marina de Guerra. Enseguida cruzábamos la Bahía.

El tramo era corto y nos apresurábamos a echar unos centavos al mar para pedirle a la Virgen de Regla, protectora de la rada habanera, salud y prosperidad. Al pasar, el entorno era sorprendente. Entre las aguas resplandecían la lumbre de las embarcaciones fondeadas y las luminarias de la ciudad.

La Habana de noche era un clamor de luces y sombras. La más agradable e intensa sensación del claroscuro. Nosotros éramos tres o cuatro muchachas y algunos chicos embriagados por el ímpetu juvenil, que desconocíamos las pausas del miedo. Al llegar a la estación casi no había nadie.

Un par de pasajeros, el susurro del viento entre las ramas de los árboles y el batir de las olas en la orilla. La oficina para la venta de pasajes estaba cerrada, hasta poco antes de la hora de salida, en que aparecía la persona encargada de vender los boletos, los cuales eran muy baratos. Desde las doce de la noche hasta las cuatro de la mañana teníamos tiempo suficiente para contar historias y organizar los días de playa y discoteca.

Nos acomodábamos en los bancos como fuera. La pasábamos genial haciendo cuentos y conversando de disímiles cosas. El tiempo transcurría muy deprisa. Para nosotros, nunca fue tedioso esperar, eso sí, el Hershey era un tren “lechero” y paraba dondequiera. Santa María Loma, Guanabo, Campo Florido, Aranguito, Minas, Jaruco, Santa Cruz del Norte, Canasí, entre otros pueblos del este de La Habana. Durante el trayecto íbamos dormidos sujetando fuerte las mochilas, muy pegadas al cuerpo, había que cuidar el equipaje.

A las ocho de la mañana ya estábamos en la terminal de ferrocarriles de Matanzas. Y de ahí a Varadero era un pasito. Si decidíamos irnos para la terminal San Luis, donde salían los ómnibus para todos los municipios matanceros, había que caminar unas cuantas cuadras, pero era bastante seguro, que llegaríamos pronto al balneario.

La otra alternativa era irnos en botella (autostop) para ello tomábamos una ruta frente a la terminal de ferrocarriles hasta Peñas Altas y de allí, cualquier carro nos adelantaba hacia Varadero. Por la más hermosa de las playas caribeñas valía la pena viajar en el tren de Hershey, una auténtica reliquia de las épocas pasadas.

odh

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