Leerte, Fayad, en tus 90

Fayad Jamís, poeta, pintor, diseñador, editor y diplomático nuestro. Foto: Pedro Beruvides

En Guayos, donde la urgencia de hacer trazos le hizo saber de su pasión por el dibujo, donde vio la luz su primer poemario –el primero que en el poblado espirituano se publicaría–, donde organizó a finales de los años 40 la que sería su primera exposición personal, descansan, por voluntad propia, los restos mortales de Fayad Jamís, cubano irrefutable, más allá de su extraño apelativo y de la pertinencia en él de otras latitudes.

Nacido en suelo zacateco el 27 de octubre de 1930, conoció Fayad otros destinos, incluso dentro de la propia Isla, pero situó sus orígenes en el terruño que lo abrigó desde la niñez, y donde experimentó ese inefable sentimiento que nos desposa para siempre con un espacio compartido.   

La extrañeza al decir, leer o escuchar el nombre de Fayad pronto se disemina y se siente cercana la voz, como si en otras vidas nos hubiera asistido la sutileza de este hombre relevante, dotado de un lirismo que supo con altura escribir y pintar, y le sirvió de antídoto ante una pobreza atroz, la de la Cuba prerrevolucionaria que tanto le dolió, la que calaría también en su obra.

Tan nuestro es que cuando llega el día en que hubiera cumplido sus 90 años, se nos asoma de muchísimas maneras. Una tarja –hermana de otra que, instalada en el frente de la casa de una vieja amiga suya recuerda, allá en Guayos, aquel poemario primicial–, acaba de ser develada en 27 y O, en El Vedado, donde vivió sus últimos años. No han faltado coloquios y homenajes en espacios físicos y virtuales para recordar al pintor, integrante del Grupo de los Once; al creador que convirtió en versos emociones propias y universales; para evocar a aquel que, procurando escapar de una vida insostenible, fuera a mediados de los 50 a París, donde, además de conocer a grandes intelectuales y artistas, robustecería su ingenio creador y sus posturas de izquierda.  

No es posible andar por estos días lejos del autor de Los puentes, ese que con celeridad de flecha regresó a su Patria nada más hubo triunfado la Revolución y al servicio de ella colocó su inteligencia. En encendidos versos le cantó a la Revolución y a sus luces. Por esta libertad, el poemario donde enaltece la victoria de Playa Girón, y con el que ganara el Premio Casa de las Américas en 1962, es un buen ejemplo, aunque no es el único.  

Ante esa proximidad notoria que parece decirnos: «Estoy de vuelta», no queda trecho más cálido que embebernos en su escritura, aunque también es una delicia contemplar su obra visual.  Recibir a Fayad otra vez, abrir un libro y hallarlo, –eso si antes no memorizamos algunos de sus poemas estremecedores– es un acto de complacencia pocas veces superado.

¡Queda tanto dentro de sí después de recordar aquello de Con tantos palos que te dio la vida…! (todos sabemos de memoria lo que sigue). Tan movilizador es el mensaje de su poesía, que evocar al poeta puede dejarnos por un buen rato en estado de gracia.

Dichoso quien pueda atesorar un libro donde el Moro se ofrezca hecho literatura. Su fuerza lírica, que parece hablarnos, es sustento, denuncia, gabán, regocijo, cortejo.  Tan dentro se percibe que es temblor vital a pesar de un adiós que dura 32 años. ¿Quién no enmudeció ante los resortes de Abrí la verja de hierro, uno de sus poemas definitivos?

(…) Y yo no quise decir nada / más: no quiero hablar, acaso en el chirrido / de la verja rompí cruelmente el aire de tu sueño. / Qué importa entrar o salir o desnacer. / Me quito los zapatos / y los lanzo ciego, amorosamente, contra el mundo.

Nunca se está solo leyendo a Fayad, que es, también, rotundo aprendizaje. Si no puedes dormir levántate y navega. /Si aún no sabes morir sigue aprendiendo a amar. (…) Si no puedes soñar golpea los baúles polvorientos. / Si aún no sabes vivir no enseñes a vivir en vano. / Tritura la realidad, (…) Levántate y ayuda al mundo a despertar.

Madeleine Sautié 

amss/Tomado de Granma

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