Como la mariposa o la palma real

¿Cómo resumir en pocas líneas a Omara Portuondo Peláez, esta mujer incombustible, generosa, ubicua, que llega a los 90 años con sangre joven y la cubanía por delante?

La hija de Bartolo, el estelar pelotero del Almendares y las Ligas Negras de Estados Unidos, y Esperanza, que llevaba la música por dentro; la que nació en Cayo Hueso, la muchachita que bailó con Rolando Espinosa y cantó los primeros compases del filing con su hermana Haydée y el piano de Frank Emilio en Loquibambia.

La que, bajo la égida de Aida Diestro, en compañía de Elena Burke, Moraima Secada y Haydée, debuta en 1952 en un programa de la televisión cantando Mamey coloráo y Cosas del alma, y consigue un registro antológico en 1957, el de Las D’Aida, arropadas por el genio de Chico O’Farrill.

La que dio señales de poder transitar con plenitud en solitario con el disco Magia negra (1959) y emprendió vuelo seguro a partir de su participación en el Festival de Sopot, Polonia, en 1967, y tocó el cielo con Como un milagro, de Juanito Márquez.

La que apostó por la Nueva Trova al asumir La era está pariendo un corazón, de Silvio Rodríguez.

La que en los 70 se hizo ­canción con Y deja, de Piloto y Vera; Evocación, de Tania Castellanos; Es soledad, de Juan Almeida; Vuela, pena, de Amaury Pérez; y Siempre es 26, de Martín Rojas; y alcanza una dimensión insospechada en el disco ¡Omara!, que produjo para la Egrem Juan Pablo Torres.

La que un día se reencontró con la Mora y Elena en el estremecedor Amigas, de Alberto Vera; y otro día soneó de lo lindo con Adalberto Álvarez; y dialogó con el piano de Chucho Valdés y prestigió a Buenavista Social Club, donde la lanzaron como La Novia del Filing, un título redundante y reductor, pues reinaba en esa y otras muchas instancias de la música popular cubana.

¡Cuánto encaje y poder seductor en los dúos con Ibrahim Ferrer, la brasileña María Bethania y las mexicanas Regina Orozco y Natalia Lafourcade! ¡Con cuánto empuje se asoma a la pantalla en el documental filmado por Fernando Pérez o en la piel de Mercedes Ayala en la Cecilia, de Humberto Solás; o poniéndole voz al Quiéreme mucho, de Gonzalo Roig, en La bella del Alhambra! ¡Cuánto goce al verla sobre un escenario, sea en Tokio o Nueva York, París o Toronto, Río de Janeiro o Madrid, La Habana o Santiago, con sus batas criollas y la picaresca insinuada en el gesto y la mirada!

Muchas, múltiples Omaras y a la vez una sola e irrepetible, como la mariposa o la palma real.

Pedro de la Hoz

amss/Tomado de Granma

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