Omara Portuondo. Foto: Yander Zamora

Sólo pronunciar su nombre es convocar al Ángel de La Jiribilla. ¿Quién no lo sabe?  Una tarde, en un jardín del Vedado, en los años setenta, le escuché decir a una trovadora, ya entrada en años, integrante de un magistral dúo junto al compositor Walfrido Guevara: “Omara canta con esa gracia tan natural que le permite improvisar allí donde nadie puede hacerlo como ella”. Yo agregaría: “con ese vaivén de aguas que caracteriza su expresión y su estilo”.

Su voz, indefinible, ha atravesado los tonos más insólitos y ha cruzado, como una bandera nuestra, todos los océanos, todos los continentes.  Esa voz que gusta y prefiere la fraternidad de las voces  –en el género que fuese, en el formato inesperado– es propiedad de una intérprete sin fronteras que incluyó en su repertorio clásicos y modernos, temas tradicionales y también de vanguardia.

Esa voz ha hecho una creación original  –sin precedentes– de una canción, la más popular, del argentino Fito Páez. No todo está perdido sobre todo cuando alguien ha tenido el privilegio de ser compatriota y contemporáneo de Omara. Seguiremos escuchándola, disfrutando sus dones ya aparecidos desde su primer disco Magia negra, a inicios de la segunda mitad del siglo XX, siglo suyo, como se sabe. Ahora sólo nos queda seguir a esa cubana sin par, amiga, que nació un 29 de octubre de la eternidad.

Muchas felicidades en tus primeros noventa.

Nancy Morejón

amss/Tomado de Granma

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