La COVID-19 les cambió la vida para siempre

A Jorge Ramón su experiencia con la COVID-19 le cambió la vida. Foto: Naturaleza Secreta

De pronto se les trastocó la vida. Con la enfermedad llegaron en avalancha el temor, la culpa, la esperanza… La distancia se impuso, el silencio fue a veces insoportable y en medio del caos, el infinito amor que da la fuerza para sobrevivir, y perdonar, y aprender.

De eso se trata esta historia: de amor, de unidad familiar, y se trata también de secuelas que no son solo físicas, que duelen, incluso, más que esas que se manifiestan en el cuerpo porque, después de vivir lo que ellos vivieron, hace falta mucha voluntad para no permanecer presa del miedo.

Un hijo

“Yo nunca presenté síntomas; pero estaba muy preocupado por mis padres, porque les fuera a pasar algo malo. Cuando me dan la noticia de que se llevaron a mi mamá grave para el hospital, fue un momento muy duro, porque estaba en un lugar aislado sin poder hacer nada y que sea por culpa mía, por negligencia (…)”.

Jorge Ramón Hernández Marrero se dejó ganar por la confianza. La fase 1 le creó la errónea idea de que todo había terminado, y a pesar del pedido de su madre se fue al bar, QBolá, de Playa, con su novia y amigos. Jamás imaginó lo que sucedería después.

“La novia del amigo mío se hace la prueba y da positivo y, a través de él, nos contactan. Éramos unos cuantos, la mayoría de las personas que se relacionaban con nosotros dieron positivo, familiares, gente de la zona, conocidos. Nos aislaron. Por mí, salieron mis padres, mi novia no cogió la COVID-19”.

Para ese entonces la pesadilla apenas comenzaba. Los días por venir serían, para este joven, terribles e interminables. Ya en el Hospital Naval, su madre empeoró de manera muy rápida y fue necesario trasladarla para terapia intensiva.

“Ella me llama llorando y me dice: me pasaron para terapia. Me pongo muy triste, pero le dije: tú vas a salir bien, tranquila, y pasaron los días y fue empeorando y empeorando hasta que no podía ni hablar. Para mí fue complicado el momento que viví, porque me llama mi padre y me dice que a mi madre le hacía falta un milagro para salvarse, que se podía morir y en ese momento entré en shock, no sabía qué hacer”.

“Yo llamaba todos los días a la terapia del hospital para averiguar cómo estaba mi mamá y los doctores siempre me decían lo mismo, que estaba grave pero estable, que mantenía todos los signos vitales estables. Para mí eran días muy largos ahí en el hospital. Pensaba mucho, por negligencia, por mi falta de conciencia le contagié el virus. Ella me dijo que no saliera al bar, que no fuera a ningún lado”.

Su madre sobrevivió y finalmente pudo volver al hogar, aunque con secuelas visibles. Sin embargo, Jorge no ha vuelto a ser el mismo. Ahora, se mantiene aislado en su propia casa, debe salir a la calle y no quiere que la historia se repita.

“Esto me cambió mucho la vida porque antes nosotros vivíamos muy apegados. Quisiera regresar a la vida normal en la casa, poder estar al lado de mis padres constantemente, sentarnos a comer juntos, hacer todo lo que hacíamos en el día a día (…). Les aconsejo que se protejan mucho y que ojalá nunca tengan que pasar por una situación como la que yo pasé, porque es algo bien difícil”.

“Si no toman conciencia, no tenemos nada”, insiste Ramón Hernández. Foto: Naturaleza Secreta

Papá …

“Sentía mucha tristeza y mucho dolor, una familia unida y de momento se apagó. Cuando estaba en  el hospital me decía a mí mismo que tuviera tranquilidad, que fuera positivo, que no iba a haber problemas y entonces ella me llamaba y me decía: yo no puedo hablar, no puedo (…). A ella le bajó el oxígeno en sangre, tuvo mil problemas y yo ahí, sin poder hacer nada (…)”.

También la soledad golpeó a Roberto Hernández, ese padre que tuvo que confirmarle a su hijo el grave estado de la madre, que tuvo que mantenerse fuerte, tratando de no flaquear.

“Cuando me llama la enfermera y me dice que ella estaba muy grave, yo llamo a todas mis amistades y ellos me dicen que no fuera a pensar malo, que nos querían, que ella se iba a salvar. Eso fue el primer día que me pasan para la sala, ahí ella me llama y me dice que no podía hablar conmigo, ya que no podía respirar (…) y yo decía: se acaba todo, se acaba todo; pero no, gracias a Dios no se acabó. Yo no quería irme del hospital, nosotros no nos hemos separado nunca. Eso es muy difícil”.

Ahora, después de su dura experiencia, dice a todos con el corazón abierto: “Les aconsejo a todos los jóvenes y a todo el mundo que se cuiden como oro (…) y si te toca una terapia intensiva está duro, los doctores tienen muchas ganas de salvarte pero si tu cuerpo no resiste, te vas como se han ido muchos, y no aquí, en el mundo entero. Se han ido miles, millones se han ido, si no toman conciencia, no tenemos nada”.

Maité Marrero agradece a quienes le salvaron la vida. Foto: Naturaleza Secreta

Mamá …

“Las personas viven preocupadas porque si no tenemos ahora suficiente de esto o de aquello, eso es ínfimo ante la vida, lo único que no es suficiente es nuestra vida, que es corta y hay que cuidarla y no la nuestra, sino la de nuestros abuelos y padres, la de nuestros nietos (…)”.

Mientras su hijo y su esposo se desvelaban por ella, Maité Marrero Hernández, junto a un consagrado equipo médico, batallaba por su vida y aunque salir al fin del hospital y ver otra vez la luz del sol fue un momento inolvidable, su testimonio revela aprendizajes conmovedores, lecciones para otros que aun restan importancia al peligro.

“Cuando ves la luz del día fuera del hospital, hasta el taxista que no lo conocía, ni sé de dónde salió, con él eché mis lágrimas, era como si hubiera sido un familiar. Viajé con ese señor sola hacia mi casa y aquí me esperaba mi familia, mi hijo, mi esposo, mi madrina; pero al verme sé que se sorprendieron porque yo venía muy traumatizada físicamente y emocionalmente”.

Las secuelas fueron terribles para ella durante varios días y se le dificultaba caminar, padecía de fuertes fatigas, apenas podía estar de pie. Pero eso no era lo peor.

“Lo peor de la COVID-19 es que te deja traumatizado, te deja con un miedo hasta de tu propia vida en la casa, no pensaba ni que estaba curada. Yo aún les decía: tengan cuidado que yo creo que a mí no me curaron bien esto y era  por la cantidad de secuelas. No puedo negar que tuve una buena atención de mi médico de familia, a la casa me trajeron el clínico, el sicólogo que fue lo mejor que me pudo haber pasado, porque yo tenía ataques de pánico”.

Maité ya no solo temía por ella o por su esposo e hijo. Temía por todos, sus vecinos, conocidos, las personas que según ella misma expresa “no saben lo que es eso”. Su abuelo anciano y sus padres nunca faltan en sus pensamientos.

“Mi abuelo y mis padres están lejos de mí y lo único que yo les decía era: mami ya yo estoy en casa, pero si a ti te da, tú no lo pasas, cuiden a mi abuelito, que tiene 88 años, y tal vez se sienta mal porque es un hombre de campo, que trabajó la tierra, que ordeñó sus vacas toda la vida, que aún se siente útil. Yo le digo a mi abuelo: papi, es necesario, es necesario porque mira lo que yo pasé.  Él también llora y me dice: mi hijita, uno nunca está preparado para esto”.

Ella se siente hoy agradecida con quienes le salvaron la vida, de los científicos que no descansan, de la Revolución que pone todo lo que tiene a disposición de su pueblo, pero sabe que eso no es suficiente sin la conciencia colectiva.

“¿Y para qué queremos una casa linda o un hogar, si no tenemos a la familia al lado? Por eso quisiera que la gente se diera cuenta, hay quien tiene más, otros menos, hay quienes son muy inteligentes y otros no han estudiado para lograr ser universitarios; pero todos somos seres humanos y tenemos la vida, y esa, hay que cuidarla”.

La familia …

“Tengo tantos deseos de ver a mi abuelo, a mi papá y a mi mamá, de conversar y reírnos, de algo tan simple como tomarnos una taza de café o comer juntos en el patio como siempre lo hacíamos. Yo no quiero ir a una tienda, no deseo comprarme una ropa nueva, ni tan siquiera ir a mi peluquería, que ya sé que las canas se me ven, solo quiero verlos a ellos, estar un rato con ellos, tomarlos de la mano, reírme, yo lo necesito y como yo lo necesitan mi esposo y mi hijo, esa unión familiar para nosotros es el mayor tesoro”, confiesa Maité.

Fuente: Naturaleza Secreta

Leidys María Labrador Herrera

amss/Tomado de Granma

Impactos: 3

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

cinco − cuatro =