El Che en nosotros

Foto: TV Yumurí

Cuba se sabe de memoria su descolorido, roto, agujereado traje de campaña, y su rostro de barbas que clarean, retenido para siempre en la inmortalidad de su juventud tronchada por las balas. Su rostro reiterado después en afiches, pulóvers y monedas, como tal vez no le hubiera gustado estar en estos tiempos de incesante y necesario batallar.

Ya los cubanos habíamos aprendido a admirar su entrecortada respiración asmática, sumergida ejemplar y voluntariamente en puertos, cañaverales, hilanderías y minas; y su estampa de ministro de botas polvorientas de tanto trasegar a pie de obra y en pos del porvenir.

Pero se acrecentó aún más entre nosotros su estatura colosal cuando decidió romper todos los vínculos legales que le ataban a Cuba, excepto esos lazos de otra especie, imposibles de romper como los nombramientos. Andaba ya por otras tierras del mundo, pero su querida presencia se había quedado entre nosotros, más allá o más acá de una canción; y se nos hizo mucho más cercano, desde ese doloroso mes de octubre que trajo la amarga certeza de no volver a tenerlo físicamente nunca más.

Surgió a partir de entonces una legión de Ernestos, cuando su nombre se multiplicó en la certificación de nacimiento de miles de cubanos; y las tres inmensas letras de nuestro más entrañable modo de nombrarlo se repitió cada día en las voces de los niños que han llevado anudada al cuello la promesa de parecerse a él.

Estuvo desde ese instante habitando las paredes de quién sabe cuántos hogares cubanos, compartiendo el espacio con la imagen del Sagrado Corazón y el altar de los orishas; escuchando plegarias, patakíes y consignas; auspiciando las promesas y la fe de los devotos de un futuro mejor para Cuba y los cubanos. Así se renovó su leyenda tangible, que acortó primero la distancia entre su natal Rosario y la proeza invasora en Santa Clara, y después acercó a despecho de los mapas la Quebrada del Yuro y el Turquino.

“¿Dónde comienza, Che, tu nombre?”, indagaría un poeta, pero bien sabemos que su nombre tiene como punto de partida el alma del cubano de a diario y de a pie, que al doblar una esquina o un periódico sabe que aún su ejemplo nos sigue haciendo mucha falta. Su ejemplo de guerrero incólume y justiciero batallador que aguarda la suerte de resucitar, hecho al fin humanidad, en este  siglo XXI al que se anticiparan su utopía y su promisoria encarnación del Hombre Nuevo.

amss

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