Huellas de color en la memoria

Naturaleza muerta con melón, Amelia Peláez, 1956 Foto: Obra de arte

En años diferentes arrebató abril a dos grandes maestros de la plástica cubana, pero a través de su obra continuó germinando en sus senderos la flor del encantamiento. René Portocarrero (24 de febrero de 1912–7 de abril de 1985) y Amelia Peláez (5 de enero de 1896–8 de abril de 1968). Por esas casualidades que a veces planea el destino, abandonaron la vida en el mismo mes y dejaron tras de sí estelas pictóricas que, por esas mismas confluencias, tuvieron a la ciudad como epicentro fundamental; cada uno con su única e imperecedera manera de interpretar las luces y sombras habaneras.

Pueden identificarse sus obras como estampas vívidas, impresiones mentales guardadas para siempre en el imaginario de quien se incline sobre el horizonte de esta urbe con el ansia de beber de sus esencias.

Cada uno de sus cuadros son huellas cromáticas en la memoria del citadino que lo mismo pudiera reconocerse parte del paisaje empastelado de Portocarrero; habitante de una de sus tantas casitas, acomodadas una sobre otra como en las lomas de Diez de Octubre, en sus paisajes del Cerro, o como orador en su Catedral (1956).

René Portocarrero, Interior Del Cerro, 1943 Foto: Obra de arte

También pudiera hallarse uno como testigo eterno de las míticas naturalezas muertas de Peláez, con sus peces y sus Flores amarillas (1964); o como ser iluminado bajo las claridades que sus vitrales dejan traspasar para plasmar ese tono de lo distintivamente nacional y entonces autoreafirmarse como parte indisoluble de esta isla y su capital.

Ahí, junto a su Hilandera (1935), a la Costurera (1936), o en Las barcas (1930), puede descansar este espectador del arte moderno y encontrar entre las pinceladas un recuerdo ancestral y una certidumbre de tierra.

Portocarrero y Peláez, dos figuras que, además, confluyeron en el taller experimental de cerámica en Santiago de Las Vegas durante la década del 50 y trabajaron de igual manera la muralística, cuyas obras adornaron al unísono las áreas del Edificio Esso; entre otros.

De él, sus retratos a Flora y sus diablitos; de ella, el impresionante mural que adornara el hotel Habana Libre; de ambos la luz, el color cubano y esa huella indeleble en todos cuantos aman a la ciudad.

Claudia Pis Guirola

amss/Tomado de Tribuna de La Habana

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