César López: Palabra en voz de ausencia

El poeta César López, en el acto de inauguración de la Feria del Libro  2000, la cual se le dedicó. Saluda al General de Ejército Raúl Castro Ruz, en compañía de Iroel Sánchez y Abel Prieto, entonces presidente del Instituto Cubano del Libro y Ministro de Cultura, respectivamente. Foto: Ricardo López Hevia

Si una palabra pudiera definir o, al menos, dar una idea de lo que es en nuestra poesía la obra del poeta, narrador y ensayista cubano César López (Santiago de Cuba, 1933), sería un aliento épico en un acento lírico que siempre vibró con las más puras esencias de la patria.  

En su personalidad convivían el escritor y el hombre de letras; pues junto a la creación literaria pura cultivó, además, la traducción, la edición y la promoción intelectual.  Fue un conferencista culto y ameno que, asimismo, se desempeñó como diplomático.

En 1959 obtuvo en España un doctorado en Medicina de la Universidad de Salamanca y, con anterioridad, había realizado estudios en su ciudad natal de filosofía y letras.

Uno de sus himnos más hermosos fueron las páginas de Silencio en voz de muerte (1963) que dedicara para dibujar el perfil de su amigo, un mártir de las dimensiones del joven Frank País.  Esa elegía cantaba, además, como pocas, al escenario heroico de la oriental provincia de Santiago durante la rebelión allí reverdecida, una vez más.

A través de los siglos, Santiago de Cuba ha sido un emblema de la milenaria historia independentista cubana. Es César López su poeta, el cantor de esa condición heroica que la caracteriza y define.

En su verso, libre y discursivo, renació la ciudad de Frank y Josué como una espléndida arte poética, convertida para siempre en pirámide de su escritura.

No por azar, muchos años después, César puso en manos de la investigadora y crítica Daisy A. Cué Fernández un viejo manuscrito que abrigaba sus primeros poemas, enmarcados en la tradición que habían fundado dos grandes de nuestra poesía como lo son Regino Boti y José Manuel Poveda.

Prologada por ella, Ediciones Caserón, de Santiago, ponía en manos de los lectores su primer testimonio literario. Con su acostumbrada sagacidad, el poeta y crítico Marino Wilson Jay indicaba: “Aquí están pronunciadas las aristas sostenedoras de toda la poética del santiaguero… lo que le permite fraguar su propio testimonio de los hechos… Es un místico que no cree en el misticismo”.

Habiendo alcanzado en su expresión una categoría única, no sólo Santiago pobló su inventario de temas, porque más allá de la pasión por su tierra natal, César fue un trotamundos alrededor de muchas otras ciudades donde encontró el aliento necesario para escribir y dejar la huella de un mundo desigual, fuera del alcance de la justicia.

Creador de innumerables títulos, libros suyos tan significativos como Circulando el cuadrado (1963) y Apuntes para un pequeño viaje (1966), así lo demuestran. El tema del disfrute y, por consiguiente, la búsqueda de espacios urbanos en medio de la construcción de ficciones aventureras configuraron estas obras, cada una a su modo, realizadas en prosa o en verso. Una poesía sonámbula dejaba entrever su inapreciable sensibilidad. 

La manifestación del habla, local o cosmopolita, atraviesa infinidad de versos, los más importantes, en César López. Nuestro autor amaba la poesía y era su regocijo haber encontrado los mejores canales para su más idónea difusión.

Recuerdo como gran propuesta suya el taller literario que impartió en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), el chileno Nicanor Parra. 

De la misma manera, tal vez sean pocos los que recuerden hoy que el autor de un poemario como Quiebra de la perfección fue quien creó las bases y la logística de lo que todavía hoy conocemos como el Premio David de la UNEAC, ideado por él en 1967 para escritores noveles. Su primera edición coronó a Lina de Feria y a Luis Rogelio Nogueras.

En la ciudad dormida, puedo recurrir a versos suyos que explican la circunstancia de su próxima ausencia:

                   Un sabor amargo

                   hace llenar mis manos de palabras

                                                                     “Un sabor amargo” [1]

Rindamos tributo a su quehacer, a su obra, a su memoria.

[1] Ver César López: Manos de un caminante (1956-1958) Pról. de Daisy A. Cué Fernández. Nota de contracubierta por Marino Wilson Jay. Santiago de Cuba, ed. Ediciones Caserón, col. Poesía, 2006, p. 11

amss/Tomado de Granma

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