Evocación de Vilma

Hace noventa años nació Vilma, y Cuba tuvo la suerte de que aquella muchacha de ojos soñadores y delicada sonrisa no fuera la musa de un pintor renacentista o la protagonista de un ballet romántico, sino la Déborah de la lucha clandestina en su natal Santiago y la combatiente que bajara de la Sierra semejante a una espiga con el color del olivo.

Cuba tuvo la suerte de que aquella ingeniera química catalizara al triunfo de la Revolución el nuevo destino deparado a la mujer cubana, y que la voz dulce de cantar nanas y boleros también se alzara en las tribunas para los derechos femeninos, que habían sido desconocidos durante tantos siglos.

Cuba tuvo la suerte de tener como una entregada forjadora de principios y valores en la sociedad y en el hogar, a esa cubana de tan intensa y dedicada labor, siempre con el gesto sosegado y femenil de quien sabe que la autoridad de una mujer está hecha de pétalos y no de espinas.

Cuba tiene la suerte de atesorarla en una urna en aquel lomerío que supo de su entereza guerrillera, y en el emblema que ha sido símbolo de la histórica marcha de las mujeres cubanas desde agosto de 1960.

Cuba tiene en fin la inmensa suerte de que el inspirador legado de Vilma Espín Guillois nos pertenezca eternamente.

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