Una tarde que pudo haber sido como todas

Pudo haber sido como todas las tardes de La Habana aquella del 4 de marzo de 1960, con su cielo invernal tímidamente azul, con sus aves sobrevolando en la ciudad pregones y romances, con sus braceros estibando cargas en el puerto.

Pudo haber sido como todas esa tarde, hasta que a las tres y diez un siniestro estallido ensombreció el cielo, espantó las aves, acalló pregones, interrumpió romances y dejó sin brazos -o sin vida- a los estibadores en el puerto, pero no pudo impedir la numerosa presencia de quienes de inmediato se aprestaron a brindar socorro.

Fue entonces cuando sobrevino una nueva explosión que incrementó las víctimas: las primeras víctimas del terrorismo del gobierno de Estados Unidos contra la naciente Revolución, porque con aquel artero sabotaje al vapor La Coubre se inauguraba el expediente de terror impuesto a Cuba hace ya sesenta años.

Desde aquel 4 de marzo cuántos crímenes han mutilado cuerpos, quebrantado vidas y enlutado familias en un país que sólo pretende edificar soberanamente su destino, pese a la adversa y amenazante cercanía de un vecino poderoso que no le perdona a Cuba la audacia de su dignidad, de su firmeza y de su ejemplo.

Seis décadas después de aquel monstruoso crimen no han cambiado demasiado las fórmulas del imperio que pretende rendirnos acrecentando cada vez más un bloqueo que representa el más cruel y prolongado genocidio cometido contra un pueblo entero en la historia de la humanidad.

Sin embargo aún sigue viva y pujante la Revolución forjada con el heroísmo, la lealtad y el compromiso de varias generaciones de cubanos dignos. Millones de patriotas dispuestos a darlo todo -hasta la vida- para que nada ni nadie consiga que alguna otra tarde que pueda ser como todas se ensombrezca el cielo, se espanten las aves, se acallen pregones y se interrumpan romances. Para que alguna tarde que pueda ser como todas, alguien se quede sin brazos con los que alzar en vilo una patria mejor.

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