Entrada del Ejército Rebelde a La Habana

Era una caravana diferente la que llegó a La Habana en los inicios de 1959, como si enero hubiera dedicado su octavo día a hacerse promesa verdeolivo, multitud, esperanza y vaticinios de futuros por vencer, con la certeza de que en lo adelante todo sería más difícil. Aquella era una caravana diferente, de brazaletes rojinegros y fusiles que disfrutaban su reposo después de tantas batallas justicieras.
Era aquel 8 de enero como un presagio hecho palomas que detuvieron su vuelo en los hombros señeros de la gran victoria. Era como un compromiso con la frase con la que un guerrero confirmaba que todo iba bien por esos rumbos recién inaugurados. Era como si el sol no quisiera despedirse, incluso después de muy entrada la noche en aquel campamento militar, que días después iba a transformarse en gigantesca escuela.
Detrás quedaban siglos enteros de injusticias, penurias, ignorancia, humillación y latrocinio, para que la historia se abriera paso desde entonces de un modo diferente: como sólo es posible cuando lo hace confiada en las nobles razones de su andar.
Y así vamos 61 años después: bien, como dijo Camilo aquella vez, pero ahora mucho más maduros y convencidos como nunca de que el camino difícil no es inútil. Así vamos 61 eneros después, en una caravana gigantesca de 11 millones de cubanos guiados por las inmortales enseñanzas de Fidel Castro y escoltados por palomas que alientan nuestra marcha indetenible al porvenir.
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