El General Antonio

El 7 de diciembre de 1896 un Titán se hizo inmortal. Y tanta es la pervivencia del General Antonio, que aún su pensamiento y su acción dictan lecciones de vertical intransigencia, cuando en los tiempos que corren algunos trasnochados pretenden poner en tela de juicio la dignidad, los principios, la resistencia y la ejemplar ejecutoria de Cuba.

Hoy no es la manigua el lugar donde se dirime la disyuntiva entre la independencia y la muerte. No son los de Mal Tiempo, Ceja del Negro o Peralejo los campos de batalla donde se defiende la sobrevida de las conquistas por el bienestar de nuestro pueblo, pero el combate no es menos heroico y decisivo.

Las armas que hoy es preciso empuñar  –las del decoro y el juicio- no han perdido el temible filo que tuvieron las de aquellas cargas donde el Titán de Bronce se trasmutaba de guerrero en centauro, y de centauro en leyenda.

Ya no es a la sombra de unos mangos donde, en gesto de sublime y vertical lealtad a la sangre derramada durante diez años de contienda, proclamamos en alta voz y con la frente erguida la voluntad de llevar adelante y hasta las últimas consecuencias los sueños de soberanía y justicia que alentaron la epopeya iniciada por nuestros precursores.

Esta vez no se trata –como en Baraguá- del compromiso con un decenio de contienda libertaria. Ahora lo que está en juego es nuestro derecho a seguir mereciendo con honor el sacrificio vertido a sangre y sudor por los cubanos, durante más de ciento cincuenta años de batallar independentista.

Y en el lugar reservado a los jefes imprescindibles; en la primera línea del combate que nos imponen estos tiempos, nos seguirán convocando el patriotismo, la intransigencia revolucionaria y la voz de mando del General Antonio.

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