Cuba, arraigada al tronco de su soberanía, su independencia y su dignidad

Rosa Pérez

El descendiente de inmigrantes, figurín de frívolos shows televisivos y empresario de bienes raíces que desde el 20 de enero de 2017 ocupa la Oficina Oval de la Casa Blanca, no sabe absolutamente nada de fruticultura… y mucho menos de historia.

Su garrafal ignorancia y también su desmedida soberbia le han hecho creer en la posibilidad de revitalizar a estas alturas del siglo XXI la política de la fruta madura -instaurada para Cuba en 1823 por el entonces presidente norteamericano John Quincy Adams– la cual sustentaba que una vez emancipado del coloniaje de España, nuestro país caería irremediablemente en las fauces de Estados Unidos.

Bien sabemos los cubanos que el inminente triunfo de los mambises sobre la Metrópoli española fue escamoteado por la intrusión del ejército yanqui en aquella contienda independentista, tomando como pretexto la voladura del acorazado Maine; por la posterior ocupación militar norteamericana en nuestro territorio y por la Enmienda Platt, apéndice intervencionista impuesto al texto de la primera Constitución de la República de Cuba.

En consecuencia, nuestro país no cayó por sí mismo como una fruta madura en las garras del imperial vecino norteño. Fueron los Estados Unidos los que cayeron “con esa fuerza más” sobre nuestra patria, para reducirla a un estatus neocolonial del cual se redimiera definitivamente el primero de enero de 1959.

Pero tal parece que nada de esto sabe el misógino, xenófobo, racista y homofóbico mandatario que no ganara las elecciones por el voto popular de Norteamérica, sino por obra y gracia -o más bien desgracia- de su arbitrario sistema electoral. Se contenta el fantoche con enarbolar el trasnochado delirio de socavar la revolución y revertir el socialismo en Cuba. Algo que no lograra ninguno de sus antecesores, desde Dwight Enseinhower hasta el mismísimo Barack Obama, cada cual en su momento y estilo.

Para ello se sirve el actual presidente de la ilegal Ley Helms-Burton, con el exacerbado, casi histérico respaldo de los más reaccionarios sectores anticubanos de Miami: un potencial electorado que le es indispensable a sus propósitos de resultar electo para un segundo mandato presidencial.

De tener más sensatez que prepotencia, el usufructuario de la Casa Blanca repararía en que sesenta años de cruento y cruel bloqueo no han conseguido doblegar a una nación que se ha nutrido de la savia ejemplar de varias generaciones de patriotas decididos a vivir para ella y dispuestos a morir por ella.

Nada ni nadie conseguirá jamás que nuestra patria sea esa fruta madura que se desprenda de sus convicciones, sus principios y su historia para satisfacer la voracidad hegemónica del imperialismo. En estos tiempos desafiantes, Cuba más que nunca -o mejor aún, como siempre- está arraigada al tronco de su soberanía, su independencia y su dignidad.

 

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