Tomas Gutiérrez Alea

Ahora que estamos cerca de un nuevo aniversario de la fundación del Nuevo Cine Latinoamericano es de justicia recordar a algunos de los colosos cubanos

Tomás Gutiérrez Alea es uno de los iconos indiscutibles del cine cubano

Por: Ana Margarita Sánchez Soler asanchez@enet.cu

Tomás Gutiérrez Alea es uno de los iconos indiscutibles del cine cubano. Gigante desde su creación, que abriría nuevos derroteros para la cinematografía cubana a partir de relatos fílmicos inspirados en la realidad emergente de los años 60’, cuando fundar un nuevo cine parecía utopía; no solo se distinguió por su labor como realizador, sino también por la de promotor cultural en razón de su entrega a la noble tarea de consolidar ese cine desde la perspectiva de un rostro y una voz tercermundista.

Esa vocación pedagógica, traducida en su acertada filosofía sobre el arte, donde ofrecer era el mejor modo de servir; y si este acto se realiza desde “la voluntad de experimentación y autoexamen”, aun mejor, sus contribuciones a una estética realista que hunde raíces en el neorrealismo italiano y el cine documental lo presentan como un hombre dueño de una voluntad de acero y un intelectual de vanguardia inquisitivo en el contexto de los estudios teóricos sobre la imagen.

Justamente la plataforma de un Nuevo Cine Latinoamericano del cual él fue cofundador junto a otras eximias figuras del momento, lo relacionó con un perfil del cine que descansaba en la “filosofía de la liberación” producida en nuestro continente bajo la influencia de los movimientos populares y guerrilleros que, luego integrados a las teorías de autores como Frantz Fanon, abonaron la tierra de la especulación fílmica en función de discursos antimperialistas y anti-burgueses.  Transcurrían entonces los años 70’, ricos en eventos históricos que removieron el alma latinoamericana.

De esta primera década de florecimiento trascendieron títulos como Dios y el diablo en la tierra del sol (1964), de Glauber Rocha; La hora de los hornos (1968), del argentino Fernando Solanas; La sangre del cóndor (1969); Memorias del subdesarrollo (1968), de Tomás Gutiérrez Alea; Now (1965); y Hanoi, Martes 13 (1967), del cubano Santiago Álvarez.

Nacía así un cine especular que se proponía descongelar los estereotipos del cine comercial y avanzar desde la renovación y el ennoblecimiento de las historias latinoamericanas al realce de un cine que fuese crónica y ejercicio intelectivo vinculado a las identidades múltiples de Latinoamérica.

Ahora que estamos cerca de un nuevo aniversario de la fundación del Nuevo Cine Latinoamericano es de justicia recordar a algunos de los colosos cubanos que durante estos años sumaron su talento, imaginación y coraje a abrir un nuevo capítulo para la historia cultural de las Américas: Tomas Gutiérrez Alea.

 

 

 

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