Julio García Espinosa, una vida y mucha obra

Creador de fecunda carrera: guionista, director cinematográfico y cofundador del Nuevo Cine latinoamericano

Julio García Espinosa, una vida y mucha obra

Por: Ana Margarita Sánchez Soler  asanchez@enet.cu

Muy pronto se conmemorarán los primeros 40 años de vida de nuestro Festival de Cine Latinoamericano. Un evento que desde la distancia de los años parece aventura increíble forjada al calor de la unidad de artistas e intelectuales de nuestro continente interesados en proveer voz e imagen a los rostros de estas tierras caribeñas y latinoamericanas.

Una aventura intelectual de semejante índole sería imposible sin el empeño y la perseverancia de jóvenes y experimentados cineastas revolucionarios que entendieron la necesidad de preservar identidades culturales sin menoscabo del multiculturalismo. De ahí que sus proyectos se dirigieran a la fundación de un evento aglutinador marcado por sapiencias regionales siempre respetuosas de tendencias, autores o movimientos artísticos que pudieran aportar al desarrollo del cine continental.

Julio García Espinosa fue una de esas mentes preclaras que ofrecieron talento e ingenio para hacer sostenible en el tiempo la idea de forjar un Cine Nuevo con fisionomía latinoamericanista, mestiza y tercermundista. De ahí que merezca nuestra atención, no solo en virtud de su rol como promotor de un cine alternativo a los códigos hollywoodenses; sino como creador con personalidad propia, lo cual se revelaría en su fecunda carrera: guionista, director cinematográfico y cofundador del Nuevo Cine latinoamericano.

Premio Nacional de Cine en el año 2004, la trayectoria creativa de García Espinosa se remonta a la realización de su ya mítico filme El Mégano, devenido clásico del cine en Revolución y donde el entonces cronista emergente de la realidad enfocaría la vida de los cenagueros humildes de la Ciénaga de Zapata.

Si bien fue un filme de precaria factura realizado en 1955, sus alcances conceptuales y el aliento naif que lo signara entonces, devino referencia visual para la fragua de una filmografía que solo con la Revolución tomaría identidad; pero señaló el camino de nuevas prácticas artísticas posibles desde el bajo presupuesto y la mirada honda en la intención escrutadora de la realidad.

El Mégano fue solo el comienzo de una ruta indetenible y siempre en ascenso que el notable creador compartiría con múltiples labores, incluida la creación de Teatro Estudio; la membresía de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, que llegaría a presidir en su sección de cine; hasta la formidable fundación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, junto a eminentes intelectuales cubanos; entre los cuales Alfredo Guevara y Tomás Gutiérrez Alea fungirían como amigos inseparables.

Director indetenible frente a un contexto que reclama constantemente su atención, sus obras se suceden con relativa prontitud estando muchas de ellas marcadas por el humor criollo, la sagacidad insular y una penetración honda en los procesos culturales cubanos.

Entre sus filmes destacan siempre El joven rebelde, 1961; Aventuras de Juan QuinQuin, 1961; Tercer Mundo, Tercera guerra mundial, 1970; sin olvidar La inútil muerte de mi socio Manolo, 1989; y Reina y Rey, 1994.

Ensayista e investigador, sus crónicas y estudios dedicados al cine abarcaron múltiples aristas del universo audiovisual. Destacables por su repercusión en Cuba y Latinoamérica fueron sus textos Por un cine imperfecto, En busca del cine perdido, Los cuatro medios de comunicación son tres: cine y tv, Cine nacional, decadencia o muerte; entre otros muchos libros y artículos de opinión publicados en nuestros diarios y siempre esperados por el público conocedor.

Durante 1982 al año 1990 dirige el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, colofón de una obra y una vida que bien podría ser anécdota propicia para uno de sus filmes.

De esa historia sobre el cine cubano, fraguada por hombres que ensayaron un cambio de la visualidad para nuestras latitudes, continuaremos departiendo en próximas entregas.

 

 

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