Sergio y Serguei, filme inteligente en manos de sabio director

Desde el guion cinematográfico, no caben dudas de que Daranas es hombre de fina sensibilidad que aúna una excelente factura audiovisual y su tesis

 

Sergio y Serguei, filme inteligente en manos de sabio director

Por: Ana Margarita Sánchez Soler  asanchez@enet.cu

Hace pocos días nos reunimos en familia. Una de esas ocasiones gratas en que nos permitimos cierta parada para el sosiego del hogar, tras un almuerzo de domingo y donde se añora compartir un ocio gratificante: algo como una película o un buen espectáculo musical, mediado por la imprescindible taza de café.

En mi caso me declaro cinéfila y esa afición la he sembrado en miembros de mi familia. No hace falta suponer que, el postre del almuerzo, fue mi invitación al disfrute de un filme cubano.

Sobrecogida aún por el impacto que causara en mí Conducta, la producción cinematográfica del director Ernesto Daranas, me negaba a aceptar, tan pronto, otra película del mismo guionista; pues suponía no desbordaría mis expectativas, como sí lo logró el estremecedor relato visual que coloca en su centro la historia de una maestra cubana y los avatares de la vida cotidiana, marcados por retos de toda índole.

Sin embargo, la realidad fue otra, pues Sergio y Serguei, el nuevo filme del afamado director isleño, abrió ante mí la posibilidad de un recuento sobre años difíciles que, aunque aquí están trasvasados por la imprescindible cuota de humor criollo, son un punto de partida para develar zonas de la vida nacional no exentas de contradicciones y cuyo epicentro se focaliza en las consecuencias que para nuestro país -y para el mundo- tuvo el derrumbe del campo socialista.

Un cosmonauta que permanece “atascado” en el espacio, esperando por ayudas para regresar a su tierra, ayer Unión Soviética y, de momento, transformada en Rusia; un cubano que tras el duro golpe del colapso soviético ve endurecidas sus condiciones de existencia, por más señas, el mismo profesor de filosofía marxista-leninista, y los azarosos vínculos que la casualidad dispone para que ambos seres se comuniquen y mutuamente queden “salvados”, son parte de las peripecias argumentales que atrapan al espectador desde el principio de la ficción en una trama tejida por la ironía y la realidad, sin que ambos territorios puedan quedar deslindados.

Excelentes interpretaciones a cargo de las vidas de un cubano (Tomás Cao), de un soviético devenido ruso (Héctor Noas) y de un americano (Ron Perlman), que por contingencias radiofónicas conjugan una amistad capaz de enfrentarlos a complejos cambios emergentes en sus realidades, son el panorama de una fábula que discurre haciéndonos pensar en capítulos de la historia universal y cubana, pero también en los procesos de recepción y manipulación que estos eventos generan a partir de los círculos de poder, las interpretaciones estereotipadas y los prejuicios culturales.

Yuliet Cruz en el personaje de Lía y Mario Guerra como Ramiro, son otros actores del elenco, ni inferiores ni intrascendentes, que contribuyeron con su pericia al sesgo absurdo de la trama. La caracterización psicológica de ambos coloca una cresta en sus reconocidas trayectorias actorales.

La aparición de la pequeña Ailín de la Caridad Rodríguez en la interpretación de Mariana (la niña), junto a colosos de la actuación como Ana Gloria Budén (Caridad) y noveles, pero convincentes en sus roles como Camila Arteche (Paula), Armando Miguel Gómez (Ulises) e Idalmis García (Sonia) completan la nómina de un reparto de actores bien balanceado y proporcionado en función de un montaje ágil; así como una dramaturgia precisa que no descuida el ritmo narrativo de la trama.

Por otra parte, la cuidada fotografía, que revela la necesidad de afirmar sin herir, de recordar sin evocar con amargura tiempos ásperos, es doblemente gratificante. Posiblemente un reto conceptual para el director de imagen, quien nos convida a unos paisajes tamizados por miradas cenitales y donde el tono amarrillo suaviza el entorno agreste de una crisis económica galopante.

El saldo del filme cada cual lo asumirá desde su mirada personal. Para mí y para los que junto recordamos y reflexionamos sobre estos tópicos, fue un puente para repensar el valor de la amistad por encima de todas las pruebas, incluso las más duras, aquellas que sitúan nuestras existencias en situaciones límites, muchas veces arrinconándonos frente a callejones aparentemente sin salidas.

Desde el guion cinematográfico, no caben dudas de que Daranas es un hombre de fina sensibilidad que sabe aunar una excelente factura audiovisual y su tesis. Hombre comprometido con su tiempo y con el futuro, ha hecho crónica de nuestra psicología criolla, de nuestra historia más reciente sin renunciar a las esperanzas de un mañana que, aunque incierto, obliga a asumir el amor y la amistad como ineludibles tablas de salvación.

 

 

 

 

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