Salvador Allende y la experiencia de Chile
Este martes se cumplen 45 años del golpe de estado militar en su contra

Mariela Pérez Valenzuela
Cuarenta y cinco años se cumplen este martes del golpe de estado militar contra el presidente constitucional de Chile, Salvador Allende, una dura lección para la izquierda latinoamericana, que aun trata de encontrar la unidad interna, mientras la derecha avanza con pasos firmes contra el progresismo.
Allende, médico de profesión, senador de la República, revolucionario desde su temprana juventud, asumió en 1970 mediante el voto popular, que entregó su confianza a la Unidad Popular (UP), una coalición de partidos izquierdistas que, sin embargo, no logró cohesionarse durante el gobierno, una de los errores que permitieron a Estados Unidos y los traidores internos apoderarse de Chile.
Pacífico, conciliador, con absoluto respeto por la Constitución Nacional y las instituciones, el Mandatario derrotado por un golpe militar orquestado en la embajada de la Casa Blanca en Santiago de Chile y ejecutado por el general Augusto Pinochet, nunca imaginó ser traicionado por los uniformados.
Admirador de la Revolución Cubana y amigo personal de su líder, Fidel Castro, el Mandatario chileno dio un vuelco de 180 grados a la política nacional. En pocos meses nacionalizó la minería, dictó la reforma agraria, puso la banca en manos del pueblo, creó programas sociales.
Para Washington, que desde aun antes de que ganara las elecciones ya conspiraba en su contra, Allende constituía un grave peligro para la hegemonía que ejercía sobre América Latina. Impidió, valiéndose de sus agencias, como la Central de Inteligencia, el Pentágono, y otras entidades oficiales que el político socialista ganara las elecciones de 1964 contra Eduardo Frei.
Y luego, cuando seis años más tarde se alzó con la victoria, puso sus identidades en función del derrocamiento de quien –según ellos- gestaba en Chile una versión de la Revolución Cubana, contra la cual han usado todo tipo de armas sin que ganar una sola batalla.
El presidente norteamericano de entonces Richard Nixon dio órdenes expresas para derrocar al Mandatario, conociendo por sus espías la desunión que se observaba entre los partidos que integraron la Unidad Popular y la confianza a ultranza de Allende en sus compañeros y en las Fuerzas Armadas.
Documentos desclasificados de la CIA años después afirman que el 15 de septiembre de 1970, apenas días después de las elecciones, Nixon celebró una reunión en la que participaron Henry Kissinger, consejero de Seguridad Nacional, Richard Helms, director de la CIA y otros funcionarios de alto nivel para elaborar una urgente política contra el gobierno de Santiago.
William Colby, su director adjunto, escribió que “Nixon estaba furioso” porque estaba convencido de que ¨la presidencia de Allende potenciaría la diseminación de la revolución comunista pregonada por Fidel Castro no solo a Chile sino al resto de América Latina¨.
Helms recibió las instrucciones precisas del mandatario: “Una chance en 10, tal vez, pero salven a Chile”; “vale la pena el gasto”; “no involucrar a la embajada”; “no preocuparse por los riesgos implicados en la operación”; “destinar 10 millones de dólares para comenzar, y más si es necesario¨; hacer un trabajo de tiempo completo”; “mandemos los mejores hombres que tengamos”; “en lo inmediato, hagan que la economía grite. Ni una tuerca ni un tornillo para Chile” y “en 48 horas quiero un plan de acción”.
Al gobierno socialista de Allende, al igual que ahora hace la administración de Donald Trump, y antes la de Barak Obama contra Venezuela, Washington la atacó con una guerra económica, boicoteando mercados, propiciando huelgas; mientras medios hegemónicos de comunicación tergiversaron verdades e inventaron mentiras; atentaron contra instituciones gubernamentales, movilizaron la burguesía para protestas callejeras.
Aunque tenia fe en su pueblo pobre y generoso, y en un reducido grupo de colaboradores, este médico que quiso lo mejor para su país, se sabía rodeado de personas poco confiables en la Unidad Popular, una división que continua hasta ahora en esa alianza pues en las últimas elecciones ni siquiera pudieron unirse para llevar un candidato único, cediendo el paso al presidente derechista Sebastián Piñera.
Sin embargo, nunca pensó Allende que Pinochet lo traicionaría, pues lo consideraba un digno militar de carrera. Acababa de ascenderlo a jefe del Ejército pocos días antes del golpe, mientras conspiraba con Estados Unidos para atacar de manera inusual y despiadada el Palacio de La Moneda, donde se encontraba el Presidente, parte de su gabinete, e incluso familiares el 11 de septiembre.
El Mandatario socialista no ofreció resistencia a sus enemigos. Evitó que el pueblo que le seguía se enfrentara a los militares para salvaguardar el proceso socialista. Mientras la población esperaba órdenes y armas para enfrentar los ataques del Ejército, en su último mensaje por Radio Magalhaes Allende les ordenó retornar a sus hogares, pues las calles estaban repletas de personas que querían armas. Quizás quiso evitar el derramamiento de sangre de civiles. Estaba equivocado. Más de 40 000 victimas causó la dictadura implantada por Pinochet entre 1973 y 1990 entre asesinados, desaparecidos, torturados, y asilados.
La mayoría de los ministros de la Unidad Popular buscaron refugio diplomático, otros líderes políticos que debían hacerlo nunca recogieron el armamento que manos amigas guardaban para el enfrentamiento que desde días antes del aciago día de septiembre ya se consideraba inevitable. Solo Allende se negaba a aceptar las señales del golpe militar.
Allende, hombres de su escolta y los mas fieles de su gobierno enfrentaron en solitario el bombardeo y posterior incendio de La Moneda. Cuando se vio perdido, decidió el suicidio como solución para no entregarse a los militares. Ante su pueblo, él había prometido que solo saldría del Palacio con los pies para adelante. O sea, muerto.
El estacazo de Chile, reproducido ahora como un viejo guión con ligeros cambios por el actual régimen ultraderechista de Washington en varios países de Latinoamérica, deja muchas lecturas para la izquierda de la región, aun sin la unidad necesaria para enfrentar los nuevos ataques del imperio norteño.
En momentos en que la Casa Blanca pone en práctica nuevos golpes de estado con distintos formatos –judiciales, parlamentarios, ejecutivos- salvo el caso de Venezuela, donde además nunció un eventual ataque militar, la izquierda a pesar de sus muchas reuniones, congresos y otros eventos, no cuenta aun con un plan conjunto para enfrentar lo que aun se avecina en América Latina.
Los movimientos sociales y populares han ido desbancando a los partidos tradicionales de esa ideología y sus superados métodos, y son ahora la vanguardia en el enfrentamiento al conservadurismo.
Hace pocos días, Nicaragua fue atacada de manera violenta para desalojar del gobierno al presidente Daniel Ortega; Bolivia sufre amenazas de desestabilización, al igual que El Salvador; Ecuador dejó atrás sus posiciones izquierdistas y su proceso socialista luego de que ganara los comicios Lenin Moreno, a quien se consideraba sería continuador y garante de las ideas del revolucionario Rafael Correa.
Washington cohesionó en uno solo el sistema de poderes democráticos –ejecutivo, judicial, legislativo- para evitar que ex presidentes progresistas puedan retornar al poder en los próximos comicios de este año y 2019.
Condenado a 12 años y un mes, encarcelado en Curitiba, Paraná, se encuentra el ex presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva, quien ocupó el primer lugar en las intenciones de voto para el próximo 7 de octubre. Sin pruebas concluyentes, la Justicia brasileña y el Tribunal Supremo Electoral impidieron su candidatura para tratar de poner en su lugar a uno de sus títeres.
También la exmandataria Cristina Fernández, con posibilidades de retornar a la Casa Rosada luego del pésimo gobierno del derechista Mauricio Macri enfrenta acusaciones inventadas por el sistema de justicia, en tanto contra Correa, residiendo ahora en Bélgica, existe una orden de detención dictada por los jueces ecuatorianos.
La historia de lo que ocurrió durante los tres años de gobierno de Allende, y el legado que dejó a los posteriores dirigentes revolucionarios latinoamericanos debía ser estudiada y aplicada con rigor. El legado de Allende aun no alcanza la dimensión necesaria para luchar contra una derecha que actúa como una maquinaria bien engrasada.
Solo la unidad cívico-militar lograda en Venezuela durante el liderazgo del fallecido presidente Hugo Chávez y mantenida hasta ahora por su sucesor Nicolás Maduro, ha logrado que durante una década la Revolución Bolivariana sobreviva a los ataques imperiales.
Este 11 de septiembre, 45 años después de que fuera frustrado en Chile el proceso revolucionario, miles de personas exigen justicia para sus seres queridos, cuyos victimarios en su gran mayoría permanecen en libertad gracias a los servicios prestados a la derecha y su líder Estados Unidos.
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