Capitolio de La Habana

Esta joya arquitectónica es sede del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente de nuestro país

Ana Margarita Sánchez Soler   asanchez@enet.cu

Nos gustaría dedicarle un espacio de nuestras reseñas a un grupo pequeño, pero sólido de edificaciones.

La capital cubana cuenta con uno de los seis palacios más relevantes del mundo, atendiendo al criterio de algunos especialistas. El Capitolio, joya arquitectónica nacional, transita la fase final de un extenso período de restauración.

Su construcción comenzó en 1925, durante el período de gobierno de Gerardo Machado. El proyecto reunió a un colectivo de destacados arquitectos y diseñadores de la época. La empresa norteamericana Pudrí & Henderson Company tuvo a su cargo la construcción del edificio y de otros tantos como el banco Gómez Mena y el Centro Gallego, hoy Gran Teatro de La Habana.

La obra, inspirada en su similar de Estados Unidos, fue concluida el 20 de mayo de 1929 y estuvo a cargo de la labor del maestro Eugenio Raynieri Piedra. Esta tenía el objetivo de acoger al Poder Legislativo, la Cámara de Representantes y el Senado de la República.

¿Quién imaginaría que el inmueble considerado por muchos como el más importante de La Habana estuviese enclavado en los terrenos que otrora ocupara una ciénaga contaminada?

A principios del siglo XX el Congreso se interesó en aquel espacio aprovechado entonces por la Estación Ferroviaria de Villanueva. El área comenzaba a ser un complejo eje estratégico y cultural en la ciudad debido a la presencia de múltiples teatros, vías de acceso y hoteles. En la actualidad la elegancia, el magistral diseño y la historia del Capitolio roban la atención de los múltiples visitantes que suelen recorrerlo.

Entre los atractivos de la construcción se encuentran, al exterior, su gigantesca cúpula con 32 m de diámetro y 92 m de altura, dimensión que la convirtió en la quinta más elevada de la época republicana. Al interior, la Estatua de la República, laminada en oro, la más alta del mundo bajo techo y el famoso diamante (25 quilates) del vestíbulo (una réplica en el presente), que traza el kilómetro cero de la Carretera Central. Diversos sitios digitales registran que la piedra había pertenecido al último zar de Rusia, Nicolás II, y arribó a la capital en manos de un joyero turco, quien la obtuvo en la conocida Ciudad de las Luces.

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